Capítulo 12 Pecados sin Culpa
Al día siguiente, el dolor en mi cuerpo era insoportable; sentía como si hubiera completado una rutina de cardio extremo.
Y en realidad así había sido, solo que de una manera infinitamente más placentera.
Me desperté aún flotando en las nubes, repasando en mi mente la locura que acababa de protagonizar.
Como de costumbre, no había mensajes de buenos días en mi pantalla.
Pero esos dos personajes... mis "cómplices de pasiones prohibidas" -pensé entre risas, desechando la cursilería de llamarlos amantes-, seguían vivos en el recuerdo de mi piel.
Sonreí a solas en la cama, estremeciéndome al recordar la firmeza de sus manos recorriéndome, el ardor del látigo y la lujuria pura en sus miradas.
Definitivamente, Carolina no tiene límites.
Me levanté y me miré al espejo. Al observar las marcas rojas del látigo sobre mi piel, una sonrisa de autosuficiencia se me escapó.
Me cubrí y fui al baño a darme una ducha caliente.
Bajo el agua, analicé a ese par de hombres: Ray, acostumbrado a sus relaciones abiertas y a las aventuras casuales; y Julián, reservado, distante, pero capaz de hacerme sentir única cada vez que aparecía, a pesar de no tener ningún lazo emocional.
Esta vez no había promesas vacías, no había un «tal vez», ni la vana ilusión de un «feliz para siempre». Éramos simplemente tres adultos conscientes, buscando nuestro propio placer sin lastimar los sentimientos de nadie.
Los domingos siempre han sido mis días favoritos: el momento en que me permito tirarme en la cama a leer, escuchar música o ver series.
Pero este domingo fue especial. Lo disfruté sumergida en los recuerdos frescos de mi piel, orgullosa de haberme atrevido a vivir lo que la mayoría solo consume a través de una pantalla o en la lectura erótica.
Puedo dar fe de que la ficción se queda corta ante la realidad.
No me sentía sucia ni juzgada; me sentía plena, libre y feliz.
Hice lo que quise porque mi cuerpo lo necesitaba.
Mi corazón saltaba de alegría mientras mi voz interna me susurraba con ironía: *«Sí, eres una perra... pero la de ellos»*.
Los días transcurrieron y volví a mi rutina en la clínica y el gimnasio con una energía renovada.
De vez en cuando, el recuerdo de aquel sábado me provocaba una humedad repentina entre las piernas.
Mis juguetes volvieron a entrar en juego, pero esta vez teñidos por un matiz erótico mucho más intenso.
Pocos días después de la habitación roja, me reuní con Ray en un café tranquilo a media tarde.
El ambiente entre nosotros había cambiado para bien.
Ya no existía la tensión de la fantasía contenida ni la expectativa de lo desconocido; en su lugar, floreció una complicidad absoluta y la satisfacción madura de dos adultos de mente abierta que cruzaron una frontera juntos y salieron airosos.
-Aún no me creo lo del sábado -comentó Ray entre risas, dándole un sorbo a su taza-. Tu «Bestia» es un tipo de pocas palabras, pero habla muy claro cuando quiere imponer sus reglas.
-Te lo dije -sonreí, apoyando los codos sobre la mesa-. Ése es su estilo: furia contenida, control absoluto. Pero lo importante es que ambos supieron respetar el juego.
-Y que tú disfrutaste como nunca -añadió Ray, mirándome a los ojos con total desenvoltura-. Me alegra haber sido parte de eso, Caro. Eres una mujer increíble, sin complejos, y eso vale oro. Pero dime algo... ¿qué sigue con él?
-Nada diferente a lo que ya es -respondí con firmeza y sin titubear-. Lo de Julián y lo mío es química física, un pacto de piel y adrenalina. Ni él me debe nada, ni yo le debo nada a él. No hay amor de por medio, Ray, y eso es lo que me resulta perfecto.
Ray asintió con aprobación. Nos despedimos con un abrazo sincero. Con él no quedaban ataduras ni cuentas pendientes; solo la certeza de una amistad genuina que supo explorar el morbo sin romper el respeto.
***
Pasaron los días hasta que recibí un mensaje de Julian Mi corazón dio un vuelco de excitación.
**Julián: ** *Buenos días, mi amor, ¿cómo estás?*
**Carolina:** *Buen día, amor. Bien, ¿y tú?*
**Julián: ** *Bien, extrañándote. Te quiero ver, ¿a qué hora sales?*
**Carolina:** *Salgo a las 4:00 p.m.*
**Julián:** *Ok, pasaré por ti.*
**Carolina:** *Ok, amor.*
Nuestros mensajes, como siempre, eran fríos y directos. El tiempo en el trabajo se me hizo eterno. Con él, los nervios siempre estaban a flor de piel, y aunque no entendía del todo por qué, sabía que estar a su lado significaba diversión, placer sin tabús, sin culpas y sin miedos.
A las cuatro en punto, la camioneta se detuvo frente a la salida. Al abrir la puerta, me recibió con esa sonrisa picante y sus ojos achinados que tanto me gustaban.
-Hola, amor, ¿cómo estás? -dijo con su voz grave.
-Bien, ¿y tú, amor? -respondí, dándole un beso en los labios mientras acariciaba sus brazos marcados.
-Bien. Hoy te voy a recordar por qué eres solo mía.
Lo miré y me eché a reír.
-¿Celoso?
-No, para nada -respondió con superioridad-. Tu culito es mío, y ni los vibradores te van a hacer olvidarme. Solo quiero recordarte que no necesitas a nadie más para sentirte llena.
-Pues ya volviste un charco mis pantis, mi amor -le solté, tragándome la sonrisa.
Julián sonrió con malicia mientras su mirada se oscurecía por la lujuria. Tragué grueso.
Llegamos a un hotel que, como de costumbre, tenía espejos en el techo y en las paredes laterales.
Sin embargo, al fijarme en la mesa de noche, vi un látigo.
Sonreí como una niña pequeña ante un juguete nuevo.
Al mirar la cama, noté que en las cuatro esquinas había brazaletes de sujeción.
Él observó mi reacción, se acercó por la espalda, me abrazó y me susurró al oído:
-Ya que te gusta lo rudo, vamos a divertirnos hoy. ¿Estás de acuerdo, mi amor?
-Sí -sonreí, apoyando mi cabeza en su pecho-. Confío en ti y sé que me vas a dar mucho placer.
Empezó a besarme el cuello y, por primera vez, tomó la iniciativa de desvestirme él mismo.
Sentí una ráfaga de nervios inexplicables, pero me dejé llevar.
Me desabotonó la parte superior del uniforme entre besos profundos donde nuestras lenguas se buscaban con desesperación.
Sus manos apretaron mis senos, recorriéndolos con la lengua hasta erizarme la piel por completo.
Deslizó sus manos hasta mis caderas y me bajó el pantalón junto con los pantis.
Repartió besos por mi abdomen hasta dejarme completamente desnuda frente a él.
En cuestión de segundos, él se despojó de su ropa.
Me tomó en brazos, me cargó y enrosqué mis piernas alrededor de su cintura.
Me llevó hasta la cama, me acostó y jaló las correas de la cabecera para atarme las muñecas.
Luego bajó besando mi cuerpo hasta sujetar mis tobillos en las esquinas inferiores.
Al verme completamente desplegada y reflejada en el espejo del techo, no pude evitar soltar una carcajada.
-¿De qué te ríes? -preguntó deteniéndose.
-Parezco el Hombre de Vitruvio de Da Vinci, pero en versión erótica -bromeé.
-Jajaja... Hoy eres mi Mona Lisa, pero en versión sexual -respondió él, divertido.
Caminó hacia la mesa y tomó el látigo. Tragué grueso. Se acercó, me besó suavemente los labios y preguntó:
-¿Cuál es la palabra de seguridad?
-Rojo.
Sonrió con malicia y descargó el primer azote en mis muslos. El chasquido me hizo arquear la espalda, tensando los amarres.
-Me encanta cómo se ve tu cuerpo así -murmuró.
Otro azote resonó en la habitación, seguido inmediatamente por el contacto cálido de su lengua lamiendo las marcas rojas. Un gemido se me escapó. Se arrodilló entre mis piernas abiertas, pasando el cuero del látigo sobre mi clítoris de arriba abajo.
-Quiero ver qué tan mojada estás -susurró.
No pude responder; estaba hiperventilando, concentrada en el roce.
Elevó el instrumento y comenzó a dar pequeños golpes precisos en mi zona íntima.
Volví a arquearme sintiendo cómo el calor se acumulaba en mi vientre.
Posó sus labios en la parte interna de mis muslos, trazando círculos con la lengua hasta llegar a mi centro.
Empezó a lamer y morder suavemente mi clítoris.
Mis piernas temblaban por la restricción de las ataduras; empapé aún más la zona intentando buscar más fricción, pero él se apartó.
-Aún no -me ordenó.
Gimí de frustración. Volvió a pasar la lengua de arriba abajo y se concentró nuevamente en mi clítoris mientras introducía dos dedos en mi interior. El dolor y el placer se mezclaron de forma brutal.
-Te vas a venir mientras te lo chupo -sentenció.
Asentí torpemente. Su boca me devoró con ferocidad; succionaba, mordía y usaba su lengua en un ritmo frenético.
Una descarga eléctrica me recorrió la columna vertebral de abajo hacia arriba, explotando en mi cabeza.
Me vine violentamente, gritando su nombre mientras él se tragaba cada una de mis gotas.
Subió besándome desde el vientre hasta la boca.
-¿Te gustó, mi amor?
-Sí... -asentí, exhausta.
Me desató de pies y manos. Como me temblaban las piernas, me ayudó a ponerme de rodillas en el colchón.
-Ahora me toca a mí. Quiero que te tragues toda mi leche.
-Está bien, amor... Se me hace agua la boca.
Abrí la boca para recibir el miembro que tanto conocía.
Él tomó la base de su pene y lo golpeó suavemente contra mi lengua un par de veces, con la mirada oscurecida por la lujuria.
Enredó sus dedos en mi cabello, sujetándolo con fuerza mientras los gemidos se le escapaban de la garganta.
Ahuequé las mejillas y succioné con fuerza, recibiéndolo tan profundo que la punta golpeó el fondo de mi garganta.
Contuve las arcadas hasta que las lágrimas me nublaron la vista, permitiendo que me follara la boca a su antojo.
De pronto se tensó, y un chorro de líquido caliente me empapó la lengua. Me lo tragué todo sin dudar.
Me levantó del suelo y me besó.