EL LIMITE DE MI PIEL Capítulo 12 Pecados sin Culpa #2
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Capítulo 12 Pecados sin Culpa #2

-Como siempre, complaciéndome. Acomódate, que te voy a amarrar de nuevo.

Me tumbó en la cama, me sujetó otra vez de las extremidades y se posicionó entre mis piernas.

Se introdujo en mí sin previo aviso. Gimí por el impacto de dolor y placer.

Me sujetó firme de las caderas y comenzó a embestirme con salvajismo.

La corriente eléctrica volvió a recorrer mi espalda hasta hacerme colapsar en un segundo orgasmo.

Él continuó embistiendo hasta alcanzar su propio clímax con un rugido.

Salió de mí, me desató y fue al baño. Me quedé recostada observando mi reflejo en el espejo del techo, viendo cómo mi cuerpo se recuperaba del éxtasis. Me levanté, me aseé y al regresar lo encontré tumbado en la cama.

-Ven acá -me dijo.

Me acerqué y me acosté a su lado. Me acarició el rostro con una delicadeza inusual.

-Ya tenemos que irnos -le dije en voz baja.

-Sí, pero quiero decirte algo...

Un presentimiento extraño me cruzó el pecho.

-Te complací con lo del trío porque tú siempre estás dispuesta para mí; eres muy abierta al sexo y eso me encanta.

Aunque me hubiera gustado que la tercera persona fuera otra mujer, no quiero volver a repetirlo.

Ver que otro hombre te pone caliente no me da morbo.

No son celos, amor, porque estoy claro en lo que somos tú y yo, pero quiero ser el único dueño de tus gemidos.

-Entiendo -respondí mirándolo a los ojos-. No te voy a mentir diciendo que no me gustó, porque me encantó, pero entiendo y respeto tu decisión.

-Sé que no voy a encontrar a otra mujer como tú -sonrió con ternura.

-¿Qué? ¿Porque no soy una loca tóxica que te jode la vida? -bromeé.

-Bueno, sí... pero no solo por eso. Eres una mujer completa, Carolina. Eres trabajadora, inteligente, honesta, sabes lo que quieres y eres libre en todos los sentidos. Como pareja debes ser maravillosa. Yo solo he tenido un pedacito de ti, no me quiero imaginar lo que sería tenerte por completo.

Tragué grueso. En todo el tiempo que llevábamos conociéndonos, jamás me había dicho palabras tan profundas.

-Esto suena a despedida, Julián.

-Dios mío, siempre tan directa... -suspiró-. Sí, mi amor. Por motivos personales me tengo que ausentar un tiempo, no sé cuánto. Pero quería que supieras cómo te veo. Eres increíble y muy sexy; afortunado el hombre que llegue a tu vida, porque después de ti no creo conseguir a otra igual.

Fiel a mi regla de no cruzar la línea, no pregunté cuáles eran esos motivos personales, aunque la curiosidad me carcomiera por dentro.

-Entiendo, mi amor. Tú también eres increíble, y créeme que cuando use mis juguetes pensaré en ti, aunque ellos no me vayan a dar las nalgadas que tú me das.

Soltó una carcajada y me besó.

-De eso no te quepa duda. Pero antes... ¿me vas a dar culito?

Sonreí. Sabía que no me iría limpia de esa habitación.

Nos entregamos de nuevo, pero esta vez con una pasión distinta, como si quisiera dejar una marca imborrable no solo en mi piel, sino en mi alma.

Por primera vez sentí que la Bestia no me estaba dominando: me estaba poseyendo.

Nos acomodamos, aplicó lubricante y se introdujo por mi ano con lentitud mientras me mordía los hombros.

Arqueé la espalda y me entregué al éxtasis hasta que llegamos juntos al clímax.

Nos vestimos en silencio. Antes de salir, se me acercó, me dio un abrazo apretado y me plantó un beso tierno en la coronilla. Nos montamos en la camioneta.

-¿Tienes hambre, amor?

-Sí. Quiero comer cachapas.

-Comeremos cachapas entonces.

Fuimos a un restaurante, pedimos la comida y hablamos de cosas triviales. De pronto, se me quedó mirando y suspiró:

-No te voy a poder olvidar.

-Yo tampoco. Eres mi amor bello y la fantasía más erótica de mi vida.

Terminamos de comer entre risas. Me llevó a mi casa y, al estacionar, me tomó del cabello para darme un último beso profundo, tal como el primer día.

-Cuídate, amor -le dije al despegarme.

-Tú también, mi amor. Y recuerda que siempre serás mía.

-Un placer conocerte y cumplir mil y una fantasías contigo -sonreí con picardía.

Me bajé de la camioneta. Él solo me miró, sonrió y se perdió en la calle.

Al llegar a mi habitación, me quité los tacones y me desnudé frente al espejo.

Tenía el cuerpo cansado, marcas sutiles del desgaste del placer en la piel y el aroma apagado de dos mundos que se separaban.

Pero mi rostro reflejaba a una mujer completamente distinta.

Julián no había sido el amor de mi vida; había sido el catalizador que necesité para romper mis propios tabús, el miedo al juicio ajeno y la absurda necesidad de aprobación.

Caminé hacia la mesa de noche, donde reposaban mis libros de Eva Muñoz y Megan Maxwell.

Los miré y sonreí. La literatura se quedaba corta ante la realidad de quien se atreve a traspasar sus propios límites sin culpa.

Comprendí que no necesitaba a ningún hombre a mi lado para validar mi valor, mi sensualidad o mi libertad.

Ni las exigencias de la sociedad ni las etiquetas de «buena» o «mala» mujer tenían ya poder sobre mí.

***

Volví a mi rutina cargada de energía Julián me había dejado una dosis de dopamina imborrable; no le guardé luto, pero sí un recuerdo bonito.

Me sumergí de lleno en mi trabajo, en mis lecturas y en mis series.

De vez en cuando hablaba con Ray sobre sus deseos más profundos y me reía de sus anécdotas.

Salí con mis amigas en varias oportunidades, aunque jamás les mencioné mi fantasía secreta.

Meses después, decidí hacer un viaje sola a la Colonia Tovar.

Una tarde, sentada en la montaña viendo el atardecer y sintiendo el frío de la niebla, me puse a reflexionar.

Si ante los ojos de la sociedad era una «puta» o una «zorra sin escrúpulos» -algo para lo que mis padres definitivamente no me criaron-, no me importaba.

Hay deseos que se instalan hasta la tuétano y te empujan al éxtasis más profundo del placer.

Por primera vez en mi vida disfruté de mi sexualidad sin culpas, sin tabús y sin dañar mis emociones.

No hubo promesas vacías ni la vana ilusión de un amor de cuento.

El sexo no me dolió en el alma, como me ocurrió en el pasado con hombres cobardes que fingían quererme solo para obtener algo carnal.

Amé la libertad de elegir sin prejuicios.

A lo largo de mi vida pasé por muchas tormentas familiares, amorosas, religiosas y laborales.

Entendí que las tormentas son necesarias para construir una mejor versión de uno mismo; cada herida es un recordatorio de que maduramos.

Aprendí a hacer lo que me hace feliz, aunque a veces vaya en contra de lo establecido.

Comprendí que no necesito un «príncipe azul» en mi vida.

Necesito un hombre en todo el sentido de la palabra: una bestia que sepa dominarme y poseerme en la intimidad, que sea mi lugar seguro, pero que encienda los deseos más oscuros debajo de mi piel.

Me divertí mucho con Julián, pero ahora quiero a alguien que sea **fuego y agua** en mi vida; alguien con la misma lascivia y amor hacia mí.

Un hombre que rompa mis límites en privado, pero que delante del mundo tenga más de cincuenta razones para estar orgulloso de amarme.

Sé que Dios no es malo conmigo y que en algún lugar está ese hombre que será mi complemento, porque el hombre que sea capaz de quererme completa será muy afortunado.

Terminé mi taza de chocolate caliente mirando caer la noche, recargada y con los pensamientos en orden. Regresé de ese viaje en paz y celebré las fiestas de fin de año rodeada de mi familia.

***

Pasó un año entero. Nunca volví a saber nada del hombre que se transformó en bestia, que jugó con mis juguetes y me dominó a su manera.

Una tarde de intenso trabajo en la unidad de la clínica, mi teléfono vibró sobre el escritorio. Revisé la pantalla y vi una notificación de Telegram:

**Julián:** *Te extraño *

**FIN**