EL LIMITE DE MI PIEL Capítulo 10 Entre la lujuria y el santuario #2
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Capítulo 10 Entre la lujuria y el santuario #2

Me colocó boca arriba, abriendo mis piernas por completo y elevando mis caderas.

Al mirarlo a los ojos, el negro de sus pupilas lo dominaba todo; sentía que me poseía con la firme intención de romperme.

Sin embargo, la intensidad de la posición se transformó en un dolor agudo.

Incapaz de soportar la tensión de mis músculos, le pedí que parara.

Asintió de inmediato. Me maldije internamente por no aguantar la postura que tanto lo excitaba, pero él no mostró ni un ápice de molestia.

En su lugar, buscó la manera de devolverme al reino del placer.

Para mi delicia, este hombre conoce a la perfección mi botón de la felicidad.

Volvió a besarme, descendiendo con su lengua por mis pechos con una delicadeza extrema hasta posarse en mi clítoris.

Sentir el calor de su lengua en mis labios mayores, moviéndose de forma circular y precisa con la punta, fue mil veces mejor que cualquier vibrador.

Cerré los ojos con fuerza, arqueando la espalda y apretando las sábanas en un clímax absoluto.

Pero queriendo grabar esa imagen en mi memoria, abrí los ojos para mirarlo: era la estampa más deliciosa y perversa que había visto jamás.

Antes de que pudiera derretirme por completo, se detuvo y me pidió que me colocara arriba.

Obedecí sin titubear. Cada encuentro con él es más exquisito que el anterior.

Me generaba un morbo tremendo ver cómo me grababa con su teléfono, capturando el instante en que me sentía completamente suya y de nadie más.

Con Julián no existen los tabús ni el pudor; amo cabalgar sobre él, ver cómo mi cuerpo lo absorbe por completo mientras él me nalgueaba con una fuerza que me dejaba un leve ardor en la piel.

Mi lado masoquista se encendía aún más con cada golpe, haciéndome arquear la espalda y gemir sin descanso.

Me jalaba el cabello con fuerza mientras lo montaba, haciéndome sentir una puta entregada por completo a su ritmo; solo él tiene el poder de ponerme así.

Al mirar hacia el espejo lateral, contemplar la silueta de mi propio cuerpo me hizo amarme y desearme más.

Julián posee una manera única de penetrar, buscando ángulos distintos, asegurándose de que ninguna experiencia sea igual a la anterior, sin importar si estamos en la intimidad de una cama o en la adrenalina del carro.

Las embestidas se volvieron cada vez más bruscas y mis gemidos no cesaban.

De repente, cambió de rumbo hacia mi canal trasero.

Sentí el mismo temor de la primera vez; cuando entró, experimenté un ardor intenso, un calor abrasador que me quemaba por dentro debido al tiempo que llevaba sin explorar ese terreno.

-Sácalo... -le supliqué, al borde de las lágrimas.

Pero no se retiró; se introdujo un poco más.

Respiré hondo y le pedí un minuto para adaptarme, exigiéndole que no se moviera.

Mi naturaleza masoquista ganó la partida: esperé a que mi cuerpo se acoplara a su tamaño y le permití continuar.

Volví a romper mis propios límites con él.

Me poseyó por allí con una fuerza tan brutal que jamás, ni en mis pensamientos más oscuros, creí que sería capaz de soportar tanto.

Mi cuerpo se amoldó por completo a su ritmo, y las sensaciones que vibraron desde mis caderas hasta mis muslos me confirmaron que ningún juguete de plástico podría competir jamás con él.

-No lo saques... -le pedí con la voz temblorosa-. Si lo sacas, te mato.

Esa frase fue el detonante final. Me sujetó firmemente del cabello y aceleró el ritmo con una potencia arrolladora hasta que se corrió profundamente dentro de mí, dejándome una intensa sensación de hormigueo y debilidad en las piernas.

Fue al baño a asearse y luego entré yo. Al regresar a la habitación, lo encontré acostado.

Me tumbé a su lado y encendí mi curiosidad al acariciar su pecho; su piel es increíblemente suave.

Comencé a besarlo, descendiendo por su abdomen con la intención de continuar el juego, pero él me acarició el cabello y, con un tono dulce y pausado, me hizo entender que debíamos marcharnos. Detuve mis movimientos y lo miré fija.

-Amor, no te vayas a enojar, pero tengo que ir a Galerías a buscar algo -me dijo.

-No me voy a enojar si me dejas hacer algo primero.

Arrugó el entrecejo, mirándome con intriga.

-¿Qué? -preguntó.

-Déjame tomar tu arma. Nunca he tenido una en mis manos y quiero saber qué se siente.

Me miró con incredulidad, pero cedió.

-Está bien. Pero vístete primero.

Me dio un beso de despedida y me levanté para vestirme y medio recoger mi cabello desordenado. Caminó hacia mí, ya cambiado, y me entregó la pistola. Una sonrisa se dibujó en mis labios al sostenerla; se sentía fría, pesada y poderosa. La empuñé y apunté directamente hacia la pared.

-¿Dónde se le quita el seguro? -le pregunté, examinándola.

-Eso no usa seguro, mi amor.

Seguí observándola y noté que le había extraído el proveedor de municiones.

-¿Por qué le quitaste el cartucho?

-Porque sí... ¿y si me matas? Uno nunca sabe -respondió con una sonrisa pícara.

Solté una carcajada limpia y le devolví el arma.

-¿Cómo voy a matar al único hombre que me coge rico?

-Uno nunca sabe -insistió divertido.

Nos subimos a la camioneta y reanudamos el viaje.

En el camino, le confesé que tenía mucha sed y, a pesar de la prisa que llevaba, se desvió de la carretera para comprarme algo de tomar.

Durante el trayecto conversamos de cosas triviales, pero volvimos a tocar el tema de los tríos.

Le reiteré mi fantasía de una doble penetración con otro hombre, y él se quedó pensativo, aunque también planteamos la posibilidad de incluir a otra mujer. Con él no existen los tabús.

Al llegar al centro comercial Galerías, antes de bajarnos, empecé a molestarlo:

-¿Y ahora hasta cuándo? ¿Hasta dentro de seis meses?

-Sí, sí, Carolina... hasta dentro de seis meses -me respondió imitando un tono resignado que me hizo sonreír.

Lo sujeté del brazo con firmeza antes de que abriera la puerta.

-Espera. Bésame bien antes de bajarnos.

Me dio un último beso profundo. Salimos de la camioneta, nos despedimos con la naturalidad de dos buenos amigos y cada quien tomó su rumbo.

Mientras caminaba a casa, mi mente no podía apartarse de él Julián irradia un carácter y una hombría imponentes.

Su olor y su perfume me persiguen. Esta vez me permití explorar su piel con detenimiento: su pecho, su espalda y sus glúteos firmes, dignos de admirar.

Su sonrisa, su mirada pícara y ese efecto tan suyo de sonreír con los ojos me derriten por completo.

Me siento como una tonta sonriendo a solas en la calle, pero es que ese hombre me encanta.

Simplemente disfruto de cada minuto a su lado.

Adoro su mente perversa y la naturalidad con la que nos compenetramos.

Sus besos son una mezcla agridulce cargada de un deseo puro.

Solo Dios sabe cuánto lo extrañaba; porque sé perfectamente que, aunque pasemos meses sin escribirnos, a él le bastará un solo mensaje para tenerme de vuelta.