EL LIMITE DE MI PIEL Capítulo 9 El arte de florecer en la tormenta
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Capítulo 9 El arte de florecer en la tormenta

Hoy en día, la vida se pinta perfecta a través de las redes sociales, y no hay nada más vano que eso.

Yo soy de las que prefiere vivir en lo tangible, mirando siempre la realidad de frente.

Evito las ilusiones; esas solo te llenan de expectativas sobre situaciones que no pasarán -o tal vez sí, quién sabe-, pero, en fin, prefiero vivir sorprendida que desilusionada.

La vida no es lineal. No todo lo que planeas resulta tal y como lo esperas.

Me tomó años entenderlo, pero es así. Desde mi perspectiva, la vida es un camino largo lleno de piedras, arena y lodo, con diferentes escenarios y paisajes.

Como me escuché decir un día: no importa cómo llegues, sino que disfrutes el viaje.

En este trayecto he experimentado diferentes heridas, muchas de las cuales dejaron cicatrices en el alma, pero de todas vuelvo a florecer más linda, más fuerte y más bella. Al fin y al cabo, la tormenta es necesaria para poder ver el cielo despejado más hermoso y valorar los pequeños detalles.

Si algo me caracteriza es mi carácter y mi actitud.

Tengo un temperamento fuerte; a la hora de decir las cosas, las digo tal como las siento.

No soy todo amor, pero soy realista y respetuosa.

También soy de las que poco confía, y en el momento en que alguien me decepciona, me alejo sin más ni más.

Cuando me rompen el corazón, actúo aún más rápido: por mi paz y tranquilidad, lo más sano para mí es cerrar definitivamente los capítulos que me lastiman.

Los días pasaron y, después de mi último encuentro con Andrés, no supe más de él.

No me inmuté a buscarlo y él mucho menos a mí.

Sin embargo, bajé la guardia. Me dedico a dormir durante horas de más, dejé de orar, dejé de ejercitarme, abandoné mi rutina y me limité a ir al trabajo.

Allí entendí que estaba sumergida en una crisis depresiva de nuevo.

Aunque trataba mis heridas internas, la espina seguía clavada, y sabía perfectamente que era por él, por Andrés.

El tiempo siguió corriendo. Un día, aburrida y asqueada de sentirme miserable, busqué la manera de enfocarme otra vez.

Decidí, como suelo decir, volver a los pies de Jesús, y poco a poco retomé mis hábitos diarios.

Comencé a sentirme con más energía y regresaron las ganas de comerme el mundo en el trabajo.

Una tarde cualquiera, llegó un mensaje. Mi corazón sintió un amargo dolor y mi mente, implacable, me susurró: «Te lo dije, pero ya sabes que volverá a lo mismo». Era Andrés. Sus palabras volvieron a hacer eco en mi memoria.

Le respondí de la manera más fría posible; algo que no me costó mucho porque me salió natural.

Él, como siempre, venía con sus promesas vacías.

Me dio risa ver cómo pensaba que yo caería en lo mismo de antes: en los videos y las llamadas hot.

Lo más irónico es que, esta vez, la decepción era tanta que solo quería gritarle que no jorobara más; pero no soy una loca ni me voy a rebajar a eso.

Mantuvimos una conversación gélida y distante, donde le dejé en claro las cosas:

-La última vez dejaste todo claro. A buen entendedor, pocas palabras.

Su respuesta fue un simple y seco:

-Ok, cielo.

A los días, recibí un mensaje suyo con un video erótico.

Ni siquiera me inmute a abrirlo. Al ver que no obtenía respuesta, volvió a escribirme, y mi única reacción fue eliminar el chat.

No voy a negar que me dolió, pero hay cortes que son estrictamente necesarios para cerrar ciclos de una vez por todas.

La vida siguió su curso. En la unidad donde trabajo empezaron los estudios especiales, de los cuales soy la enfermera a cargo. Comencé a estudiar poco a poco, a retomar mi hábito de lectura y acepté salir con Ray, un chico que había conocido.

Resultó ser muy divertido. Todo fluyó en plan de amigos: fuimos a comer, dimos un paseo por las Galerías y charlamos muchísimo.

Físicamente no es tan alto; es delgado, pero tiene buen cuerpo, ojos claros, pestañas abundantes y barba.

Fue un caballero en todo el sentido de la palabra.

Además, es sumamente inteligente, y eso es algo que me encanta; un hombre inteligente me seduce con sus conocimientos.

No es el típico tipo común que lo sexualiza todo desde el primer segundo.

Seguimos hablando por chat. Me contó de su vida: es ingeniero arquitecto, trabaja en una buena empresa y tiene una relación abierta para evitarse los rollos de poner cuernos.

Me pareció raro, pero entre gustos y colores hay una gama infinita.

Eventualmente tocamos el tema del sexo y me confesó que tiene fetiches muy específicos: le gusta ver cómo se acuestan con su pareja, ofrecerla a otras personas y le genera un morbo increíble escuchar o ver historias sexuales. Su excitación está en el voyerismo.

Al compartir algunos gustos en cuanto a fetiches, me sentí en total confianza con él. Los días pasaban y me seguía interesando; no era el hombre aburrido de siempre pidiendo sexo básico, su inteligencia se notaba en su forma de expresarse.

Un día decidí jugar su juego. Comencé a contarle anécdotas sexuales que sabía que le pondrían la erección de piedra y, mientras él se bañaba, me la mostró por cámara.

Dios, se me hizo agua la boca. Con una voz ronca y profunda, me llamó "puta".

Era la primera vez que una palabra así me ponía tan caliente. ¿Me excitaba? Vaya que sí.

Me fue inevitable no tocarme y, para mi sorpresa, estaba empapada.

Me invadió una urgencia tremenda de estar encima de él.

No quería amor; quería el sexo divertido que él me podía dar.

Así que me sumergí de lleno en ese juego verbal, dejándome llevar por las guarradas que me decía y que me hacían mojarme y acariciarme cada vez más.

Era divino, riquísimo; sexo experimentado de otra manera.

Por un instante olvidé que me estaba mirando a través de la pantalla: me abrí más de piernas mientras mis muslos se contraen por la intensidad del orgasmo.

La palabra "puta" seguía resonando en mi cabeza, humedeciéndome aún más.

Él quedó encantado conmigo, y yo con él. Adoré lo que logramos de forma virtual.

Sin embargo, como siempre, por cuestiones de su trabajo y del mío, no nos podíamos ver en persona.

En parte sentí un leve atisbo de decepción, y a mi mente vino inevitablemente el recuerdo de mi bello Julián.

Es que no he conocido a otro hombre con la determinación que él tiene cuando quiere algo, y eso me fascina.

En fin, los chats con Ray continuaron casi a diario pero, como sé que no pasará de lo virtual, simplemente lo disfruto cuando tengo ganas.

Una noche, cansada de la rutina, recordé lo que sentí cuando Ray me llamaba "puta", "mi puta", con su voz ronca y sus ojos oscuros.

Sentí de inmediato que la ropa me estorbaba.

Poco a poco me desnudé por completo, abrí mi gaveta y saqué mi vibrador de mayor potencia.

Lo encendí a .máxima velocidad y lo coloqué justo en el lugar que me llena de placer y me desconecta del universo: mi clítoris, mi botón de la felicidad.

Cerré los ojos, dejé que mi cuerpo se relajara, me apliqué lubricante y me dejé llevar. Mi mente evocaba aquellas palabras sucias y me corrí, empapándome de una manera tan deliciosa que mojé hasta las sábanas. Al terminar, me levanté, me lavé, sonreí y me fui a dormir en paz.

Una tarde de esas en las que el trabajo está a reventar, justo entre un estudio y otro, mi corazón dio un brinco. El recuerdo de Julián me asaltó de repente. Sonreí para mis adentros.

«Lo extraño», pensé.

Ya había pasado mes y medio sin saber nada de él. Agarré mi teléfono y le escribí:

-Hola, amor, ¿Cómo estás?

Casi de inmediato, Julián me envió una nota de voz. Escuchar su tono melodioso me derritió por completo, aunque también me causó mucha gracia:

-Hola, mi amor, ¿Cómo estás, mi vida? ¿Cómo te voy a olvidar? Eso es imposible, olvidarte a ti...

Le respondí bromeando que a juro debía ser locutor y sonreí. Tras saludarnos y hacerle saber que lo extrañaba, busqué en mi galería una foto bastante sugerente. Se la envié con un texto corto: «Para que pienses en mí».

Me quedé mirando la pantalla, sonriendo como una tonta al recordar sus ojitos achinados y su sonrisa irresistible. Terminé mi jornada laboral y me fui a casa con el ánimo renovado.

Los días transcurrieron y llegó el viernes. Al terminar la semana laboral, me sentía mentalmente agotada. Me di un baño largo con agua fría, me apliqué crema por todo el cuerpo y, mientras escuchaba vallenato de fondo, me tiré en la cama envuelta aún en la toalla.

Al revisar mi teléfono, vi un mensaje de Julián enviado a las 11:00 p.m. Quedé sorprendida.

-Hola, mi vida, ¿Cómo estás? -decía su texto.

-Hola, mi amor. ¿Y tú por acá a esta hora? -le respondí.

-Bien, amor, ¿y tú? Estoy en casa de mi mamá. Estaba trabajando.

-¿Ah, sí? ¿A esta hora? Me parece muy raro...

-Sí, con el grupo de tambores.

-¿Ah, sí? ¿Andas mostrándole a alguien tus sexys movimientos? -bromeé, divertida-. Eso solo es mío... y de tu esposa.

-No, amor, a nadie -se apresuró a contestar-. Era un evento en una plaza.

Me envió un video del evento y yo solo sonreí mientras leía sus explicaciones.

-Más te vale -sentencié.

Acto seguido, le mandé una foto mía envuelta en la toalla.

-Amor, déjame verte -escribió de inmediato.

-Llámame y me ves.

Al segundo entró la videollamada. Coloqué el teléfono en el aro de luz y contesté. Me levanté de la cama y, frente a la cámara, dejé caer la tela despacio, mostrándome al desnudo.

-Estás rica, mi amor -dijo él con la respiración alterada.

-¿Te gusta?

-Sí... ponte en cuatro, amor.

Automáticamente me volteé. Me tumbé en la cama bien abierta y me coloqué en la posición que me pedía, dándole una vista perfecta de lo que tanto quería.

-Te lo quiero meter así, mi amor... -gimió.

En esa misma posición comencé a tocarme, dejando escapar mis gemidos frente a la pantalla sin ningún pudor.

-Demasiado rica, mi amor... -susurró él, completamente excitado.

Cortó la llamada poco después y le escribí un mensaje final: «Me iré a dormir feliz. Besos».

Julián Montero tiene esa habilidad única de alegrarme la existencia en esos momentos fugaces.

Y no es que sea una "migajera" o que me conforme con poco; es que disfruto de mi sexualidad con absoluta libertad.

No corro detrás de él suplicando amor o atención.

Lo hago sin que mis emociones se alteren, sin sufrir por un amor no correspondido y sin entregarle mi corazón a alguien que solo juega a quererme.

Simplemente disfruto de la lujuria que llevo dentro, bajo mis propias reglas.