EL LIMITE DE MI PIEL Capítulo 8 Dopamina, mar y cicatrices
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Capítulo 8 Dopamina, mar y cicatrices

Hace tiempo que odiaba ese mes. Siempre me ha parecido tan estúpida la gente que compra flores y peluches solo por cumplir con un día del calendario.

Desde mi punto de vista, si alguien es especial para ti, debe demostrártelo a diario con pequeños detalles; no hace falta una fecha impuesta para fingir afecto.

Para esas fechas, yo me limito a felicitar a mis verdaderas amigas y a organizar una cena tranquila con mis padres.

Fue una noche sencillamente increíble. No voy a negar que ciertos personajes del pasado se me vinieron a la memoria con algunas canciones, pero se quedaron allí, flotando como simples recuerdos. Me disfruté ese concierto al máximo, canté hasta quedar afónica y volví a sentirme feliz.

Soy feliz apreciando los pequeños detalles de la vida, contemplando la herida que dejó Andrés Hernández, pero esperando pacientemente a que termine de cicatrizar.

Las heridas internas toman su tiempo; si no las atiendes adecuadamente, vuelven a sangrar.

Son marcas que duelen muchísimo más que cualquier daño físico; mil veces prefiero una herida en la piel que una en el corazón.

Gracias a Dios, he aprendido a cuidar las mías.

A veces me descuido, no las mimo con el cariño que debería y vuelven a abrirse, pero entiendo que ese dolor es solo un recordatorio de que debo protegerme para no dejar que se hagan más grandes y me destruyan.

Al fin y al cabo, esto no es nada comparado con todo lo que ya he superado.

Cada persona vive sus procesos a su manera y, para alcanzar la madurez, todos debemos atravesar nuestras propias tormentas.

Unas son más devastadoras que otras, pero todo es cuestión de superación.

Me sumergí de nuevo en mi rutina: el trabajo diario, mis entrenamientos en el gimnasio y la llegada de nuevas oportunidades laborales que me llenan de emoción.

Aunque mi día a día seguía igual, mis pensamientos inevitablemente volaban hacia Julián cada vez que usaba mis juguetes o me quedaba mirando nuestros videos hot.

Para romper la monotonía, organicé una escapada con mis amigos y viajamos a Isla Larga.

¡Cómo me encanta esa playa! Puerto Cabello, con esa mezcla tan particular de arquitectura colonial y moderna, me hace sentir dentro de una película medieval.

Aunque presumo de tener un corazón de piedra, amo contemplar los amaneceres y los atardeceres.

Al llegar, ver cómo el color naranja se asoma tímidamente por las montañas para abrirle paso al sol, escuchar el susurro del mar y observar las nubes densas me genera una profunda sensación de gratitud y paz en el alma.

El azul del mar me fascina; el agua es tan cristalina y la brisa sopla con tanta fuerza que, a pesar del sol radiante, el viento se torna deliciosamente frío al recorrer la zona de piedras que da hacia el mar abierto, rodeada de imponentes montañas.

En ese instante me sentí completamente libre. Experimenté esa misma plenitud y libertad absoluta que sentí el día que me lancé en parapente. Miré al cielo y le di gracias a Dios por todo.

De regreso al puerto, me entusiasmó visitar el museo y empaparme de su historia.

Subiendo al tercer piso, encontré una ventana desde la cual se apreciaba el malecón bajo un cielo teñido de tonos naranjas y morados; quedé maravillada.

Caminé por las calles del malecón dejando que mi mente grabará cada rincón, hasta que me senté en uno de los restaurantes cerca del muelle a cenar.

El viaje fue sumamente placentero y rehabilitador.

Volví recargada y feliz a mi rutina de siempre.

Durante esos meses, recibía de vez en cuando algún mensaje de Julián que me sacaba una sonrisa.

El deseo seguía intacto entre los dos. Intentamos vernos en dos ocasiones, pero según él, el trabajo se lo complicó a última hora.

Ya estaba empezando a odiarlo un poco por dejarme con las ganas; sentía que se estaba convirtiendo en el típico hombre hablador que no acciona.

Pero decidí pagarle con su misma moneda: lo dejaba en visto, tal como él hacía conmigo. Yo también sé jugar al olvido.

Un día volvió a escribirme para preguntarme si podía pasar a verme por mi trabajo. Acepté. Me dijo que pasaría justo a la hora de mi salida. Transcurrió el resto de la jornada con una zozobra de emociones instalada en mi pecho.

A las 5:00 p.m., le dije a mis compañeros que iría a la farmacia, salí al estacionamiento, ubiqué su camioneta y abrí la puerta.

Allí estaba él, con esa sonrisa suya que siempre me altera los nervios y me provoca cólicos de pura expectativa.

Con Julián sé que el sexo nunca me va a doler en el alma; con él es puro placer, una dosis brutal de dopamina.

Sentí cómo se mojaban mis pantis con el solo hecho de subirme al vehículo y mirar esos ojos achinados que brillaron al decirme:

-Hola, mi amor, ¿cómo estás? -Su peculiar saludo llegó acompañado de esa sonrisa irresistible.

-Bien, amor, ¿y tú?

-Bien, mi amor, pensando en ti. ¿Me extrañaste? -me dijo, haciéndome caritas.

Lo miré intentando contener la sonrisa y le reclamé:

-Claro que te extraño, pero usted siempre me deja en visto.

-Amor, lo siento. Es que me ocupo tanto que se me pasa responderte.

-Sí, ajá, claro.

No sé a qué vino la pregunta, pero entre beso y beso, me soltó:

-Amor, ¿estás saliendo con alguien?

-No, no estoy con nadie. El día que tenga pareja te lo diré, y lo sabrás porque sencillamente dejaré de contestar o me alejaré de verdad.

Él me miró y me asintió. Los besos continuaron, subiendo de tono. Empezamos a tocarnos. Deslicé mi mano hacia su entrepierna y le susurré al oído:

-No sabes cuántas ganas tengo de chupárstelo.

No perdió el tiempo para darme lo que quería.

Sentir cómo crecía su erección dentro del pantalón me causó un morbo increíble.

Desabrochó su jean mientras yo me preparaba para pasar la lengua y devorarlo.

No me dio el más mínimo asco; comencé a chuparlo envolviéndolo con la lengua, concentrada por completo en saborearlo tras tanta espera.

Adoro hacerlo; con él es una descarga deliciosa de adrenalina y dopamina. Siempre está abierto a los encuentros más locos, y el riesgo de estar con su miembro en mi boca en pleno estacionamiento del trabajo le añadía un toque prohibido y emocionante.

Como de costumbre, no nos conformamos solo con eso. Me apresuré a quitarme el mono de ejercicio. Julián reclinó el asiento, me levantó con rapidez y abrí mis piernas para recibirlo.

Me penetró de un solo golpe, entrando sin dificultad gracias a la humedad que me desbordaba.

Me recosté contra su pecho mientras él me ordenaba que no me moviera; se encargaba de entrar y salir de mí con fuerza mientras me masajeaba el clítoris.

¡Dios, era la sensación más rica del mundo!

Definitivamente, él tiene la virtud de superar a cualquiera de mis vibradores.

Sentí un cosquilleo eléctrico que nació en mi clítoris, bajó por mis piernas y subió directo a mi cabeza.

Cerré los ojos mientras mis muslos se contraen por el orgasmo.

Al llegar al clímax, relajé el cuerpo. Aunque la posición en la camioneta era un poco incómoda, me acomodé en el asiento del copiloto.

Julián se ayudó con la mano para terminar y, justo cuando estaba por venirse, me lo introduje de nuevo en la boca para succionar y tragarme toda su leche, saboreando cada gota.

Fue un encuentro fugaz, pero me encanta verlo y sentirlo.

Sus besos son una mezcla perfecta de dulzura y caricias perversas que te hacen caer en la tentación y perder la razón.

Incluso chatear con él me deja una sonrisa estúpida en la cara que me hace olvidar el enojo de sus silencios.

Este encuentro furtivo en la camioneta no disminuyó en nada la intensidad de lo que siento por él.

Lo miré, me eché a reír y le dije:

-Gracias. De verdad extrañaba esto, lo necesitaba.

Me dio un par de besos más. En ese momento, entró una llamada de su esposa a su teléfono. Me limité a mirarlo sin sentir la más mínima pizca de celos. Cortó la llamada y le anuncié que debía marcharme.

-No te me pierdas tanto, mi amor -me dijo.

Sonreí como una niña chiquita.

-Yo no me pierdo, tú eres el que me deja de responder. Ya me acordé de que sigo enojada contigo.

Él se limitó a reírse de mi berrinche.

-En otro momento lo hacemos mejor y con más calma.

-¿Cuándo? ¿En seis meses? -le respondí con sarcasmo.

-No seas exagerada, que no me perdí seis meses. Fue menos. Ya vamos disminuyendo el tiempo: antes eran seis, ahora fueron tres.

Volví a sonreír, le di un último beso y me bajé de la camioneta oliendo a él, con la satisfacción y la descarga de cortisol más feliz que he tenido en mucho tiempo.