EL LIMITE DE MI PIEL Capítulo 7 Demasiado voltaje
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Capítulo 7 Demasiado voltaje

Después de liberar el cortisol acumulado, me sentí más liviana, extrañamente feliz y más que satisfecha.

Pero el tiempo no se detiene. Pronto llegaron las fiestas decembrinas y, para ser sincera, hace mucho que me convertí en el Grinch de la familia.

No es que odie la Navidad; lo que aborrezco es la gastadera de dinero típica de este mes.

Definitivamente, ser adulto es un fraude.

Es agotador cómo te consumen las responsabilidades, y más en un país como Venezuela, donde todo cuesta el triple.

Afortunadamente, tengo un buen trabajo que me permite cubrir casi el ochenta por ciento de los gastos, pero el desgaste mental no te lo quita nadie.

Aun así, la satisfacción y la energía de mi último encuentro con Julián se mantuvieron a flote durante semanas, tanto que acepté salir con Stiven, un chamo que llevaba meses insistiéndome.

El día de la fiesta de fin de año de mi trabajo, le pasé la ubicación y le dije que pasara por mí.

No lo voy a negar: el tipo es bien parecido.

Dimos una vuelta nocturna por Maracaibo, que en diciembre se torna colorida, alegre y repleta de luces.

La salida fue divertida y conversamos chévere, pero detesto que los hombres pretendan darte trato de novios cuando no somos absolutamente nada.

Intentó tocarme y besarme como si tuviera derechos sobre mí. No se lo permití.

Terminé siendo mucho más cruel y cortante que en mis viejos tiempos, obligándolo a llevarme a casa. Al llegar, me miré al espejo y no pude evitar sonreír al evocar la silueta de Julián tocándome por detrás.

Me desmaquillé, me di un baño y me fui a la cama.

Al día siguiente me tocó cumplir con mi sagrada rutina mensual de uñas, cejas y pestañas.

Sin embargo, la calma duró poco. Los días de Navidad me tocó pasarlos internada en la clínica cuidando a mi abuela.

Como cosa rara en mi vida, el drama nunca puede faltar.

Gracias a Dios no pasó a mayores y pronto me la llevé a casa para continuar con sus cuidados médicos diarios.

Es en estas fechas cuando suelo ponerme más sensible.

Esa máscara de mujer de hielo, empoderada y sin sentimientos se quiebra un poco para darle paso a la verdadera Carolina: la mujer a la que le gusta amar a manos llenas, la que ora incansablemente por cumplir sus metas, la que busca proveerle más a los suyos y la que llora en silencio una vez al mes cuando la soledad le estruja el pecho.

Pero por cuestiones de supervivencia, decidí guardar a esa Carolina en lo más profundo de mí ser y mostrársela únicamente a quien de verdad valga la pena.

Los últimos días del año transcurrieron en paz; mi abuelita mejoró notablemente y regresó a su hogar, permitiéndome retomar el ánimo para la fiesta de fin de año.

Pero el destino tiene caminos muy torcidos.

Decidió desenterrar un fantasma del pasado, un recuerdo hecho persona capaz de alterar mis fibras miocárdicas y acelerar cada uno de mis latidos.

Porque existen amores que jamás se olvidan, que dejan marcas profundas en el alma, aunque la vida los condene a ser solo instantes.

Una tarde cualquiera, mientras tomaba café y conversaba con mis padres, mi teléfono comenzó a vibrar con insistencia. Al revisarlo, casi me atraganto. En la pantalla brillaba su nombre, acompañado no de un texto, sino de su ubicación en tiempo real y fotos cruzando el Puente sobre el Lago.

Tenía que ser Él: Andrés Hernández. Tal como hacía quince años, volvía a demoler mi estabilidad mental y emocional, haciéndome sentir como una estúpida quinceañera. Con las manos temblorosas, le texteé rápido:

—Dime que no es mentira.

El teléfono vibró de inmediato:

—Claro, cielo, voy llegando a Maracaibo. Me enviaron a un operativo y aproveché para verte.

— ¿Ah, sí? Qué buena sorpresa. ¿Dónde vas a estar?

—En Fuerte Mara, cielo. Te aviso cuando llegue.

—Ok, está bien, amor.

Mi mente se volvió un caos en segundos. Y no, lo que siento por él no es igual a lo de Julián.

Lo de Julián es una atracción sexual pura y dura; lo de Andrés es algo que ni siquiera puedo explicar.

Lo conocí hace quince años y me deslumbró desde el primer segundo.

Hablando con él, tomé la decisión consciente de entregarle mi virginidad, mandando al diablo los mitos del amor romántico.

Me fascinaba todo de él: su acento, su aire liberal.

Esperó pacientemente a que yo estuviera lista y, a mis dieciocho años, regresó a Maracaibo solo para buscarme y hacerme suya.

Lo hizo con una mezcla de delicadeza y rudeza que me hizo inmensamente feliz, sin una pizca de culpa.

Después, la vida nos separó: él se fue al estado Aragua a hacer su carrera militar y yo me quedé en Maracaibo formándome profesionalmente.

Mantuvimos una comunicación esporádica, pero desde hacía dos años él había vuelto con una intensidad arrolladora.

Lo notaba más maduro y centrado en su rol como teniente de la Guardia Nacional.

Su voz y su sonrisa me seguían cautivando, pero Andrés tiene un lado tóxico: es fugaz.

No se atreve a decidirse por mí del todo y su regreso iba a ser el punto de quiebre.

Llevábamos dos años de textos, llamadas, videos y fotos de alto voltaje.

Él conoce mis gustos sexuales, mis fantasías y mis fetiches.

El sexo virtual es magnífico si lo haces con el hombre que te encanta y, con él, yo me transformaba en una actriz porno en cuestión de segundos.

Me fascinaba darle placer, que me viera y que me ordenara con esa lujuria tan suya.

Sentía que le pertenecía. Quizá estaba loca, pero desde el día en que lo escuché hablar supe que él tenía que ser el primero en mi vida.

Su operativo militar se extendió hasta Año Nuevo.

Pasaron los días y llegó mi cumpleaños, el cual celebré con mi familia en una piscina.

Andrés se hizo presente con sus mensajes.

Julián, en cambio, fiel a nuestro pacto, no apareció; el pobre ni siquiera sabe cuándo cumplo años, lo cual me causa gracia.

La pasé excelente, pero al retomar la rutina mis emociones se volvieron una montaña rusa debido a la incertidumbre de cuándo vería a Andrés.

Finalmente, salió del operativo, regresó a la base a cargo de su batallón y, tras coordinar en medio de sus ocupaciones, el día llegó:

—Cielo, mañana bajo a Maracaibo y te paso buscando. Envíame tu ubicación.

—Ok, amor. Dame la hora.

—Tipo mediodía.

—Está bien, amor.

Al día siguiente, con los nervios a flor de piel, esperé la hora.

Me recogió en el punto acordado a bordo de una Hylux oficial.

Vestía su uniforme deportivo; estaba más robusto, con los brazos y el pecho perfectamente definidos.

Al ver aparecer los hoyuelos en sus mejillas cuando sonreía, me derretí; su piel canela, sus ojos pequeños color café enmarcados por pestañas abundantes y cejas gruesas, y su corte militar me desarmaron por completo.

Frente a él me fue imposible sostener mi máscara de hierro; me convertí en una tonta enamorada porque, a pesar de los años y la distancia, seguía alimentando la ilusión de que podíamos escribir una historia juntos.

Llegamos al hotel, a una habitación sencilla de colores neutros.

A diferencia de Julián, Andrés se tomó su tiempo, pero no con delicadeza romántica, sino con una posesión implacable que me encendió las venas.

Sus manos toscas de militar me recorrieron la piel, desnudándome con una urgencia que me dejó completamente desarmada y destilando mis propios fluidos, empapada por la sola cercanía de su cuerpo.

Me levantó de la cama de un tirón, me tomó firmemente de la mandíbula, obligándome a clavar mis ojos en los suyos, y con un tono de voz duro que me vibró en el vientre, ordenó:

—Arrodíllate.

Como bajo un efecto de hipnosis, caí de rodillas frente a él.

En su mirada pequeña color café no había amor, había un hambre voraz; pero en la mía había una devoción ciega que llevaba quince años madurando.

Tomé su miembro erecto, saboreando el contraste de su piel canela, y comencé a chuparlo con el afán salvaje que me caracteriza.

Me empujaba con tanta fuerza hacia el fondo de su garganta que las arcadas me nublaban la vista, pero no retrocedí; adoraba esa dominación, quería tragarme su hombría, su distancia y aquel maldito «siempre serás tú» que una vez me tatuó en el cerebro.

Me levantó del cabello sin contemplaciones y me arrojó a la cama. Me ordenó abrirme de piernas y se introdujo de golpe, una embestida brusca, seca y profunda que me arrancó un grito que ahogó devorando mis senos. Mis fluidos facilitaban el castigo de sus embestidas.

Me obligó a ponerme arriba y lo monté con movimientos salvajes y rítmicos, buscando desesperadamente fundirme en él, que nuestras pieles se borraran para que me recordara en cada operativo. Él gruñía como una bestia desatada.

El clímax llegó cuando me ordenó ponerme en cuatro.

Me sujetó con fuerza implacable del cabello, jalándome la cabeza hacia atrás, obligándome a arquear la espalda mientras me daba duro, muy duro, con un ritmo sucio y militar que me hacía estallar las fibras miocárdicas.

Mi mente volaba en un caos de placer y dolor.

Mientras mis uñas se clavaban en las sábanas y su cuerpo golpeaba contra el mío, por dentro me rompía: estaba completamente desprotegida, amándolo a manos llenas en cada gemido, entregándole mi armadura al hombre más fugaz de mi vida, justo antes de sentir cómo se vaciaba en lo más hondo de mi ser, reclamándome suya por última vez.

Le di un beso corto antes de ir al baño, con las mejillas encendidas. Nos aseamos y, al salir, me clavó la mirada: —Cielo, me debo ir. «Qué raro —pensé con amargura—, nada dura para siempre».

Nos vestimos y, en el camino de regreso, como si pudiera leer mis pensamientos, me soltó la desilusión más grande de mi vida:

—No tengo tiempo para una relación, mi trabajo me consume. He terminado con mujeres que quieren ser el hombre de la relación y no quiero eso. Quiero enfocarme en ver a mi hijo de nuevo y construir un hogar que valga la pena.

Sentí como si una ráfaga de flechas me atravesara el pecho.

Asentí en silencio. A buen entendedor, pocas palabras: yo nunca sería esa mujer; él jamás apostaría por mí.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano por lucir serena, llegué a mi destino y me despedí.

—Cuando vuelva te busco, para tener más tiempo —añadió él.

Lo miré, solté una risa irónica y le respondí: —En mil años más.

Es más fácil que yo viaje a donde tú estás.

Por dentro me repetía a mí misma que eso jamás pasaría. —Es lo más seguro —concluyó él.

Me bajé de la camioneta respirando un sabor amargo que no se sentía en la boca, sino en el alma.

Hacía años que no me dolía el espíritu de esa manera.

A pesar de haber tenido sexo con el hombre con el que tanto había fantaseado, no se sintió igual; fue un sexo amargo que me dejó una opresión asfixiante en el pecho.

A mis treinta años es difícil llorar; me dolía demasiado, pero las lágrimas no salían.

Mi ego y mi autoestima quedaron lastimados, y lo peor es que acepté mi parte de la culpa por haber creído en palabras y no en hechos, por haber idealizado un romance donde no lo había.

La tristeza me arrastró. Al mirarme al espejo, me preguntaba por qué me ocurrió lo mismo otra vez: ¿Por qué nunca me eligen?

¿Qué hay de malo en mí? Sonreí con desgana ante mi reflejo y me respondí con firmeza:

«Eres mucho voltaje, Carolina, y no cualquiera tiene la capacidad de tolerarlo».

Con los días, dejé a Andrés en el único lugar donde debió quedarse: en el pasado.

Reafirmé mi regla de oro: hombre que no demuestra con hechos lo que dice, no merece lo mejor de mí.

Me coloqué mi armadura de hierro, esta vez más reforzada que nunca.

El alma no me vuelve a doler por migajas de sexo disfrazadas de amor.

Pasan los meses y, a medida que el trago amargo se disipa, los recuerdos de Julián regresan a mi mente y me hacen sonreír.

Admiro y deseo su hombría y su honestidad, porque él jamás tuvo que ofrecerme el cielo y las estrellas para tener sexo; hablando claro y siendo él mismo, disfrutamos el sexo exactamente como me gusta.

No lo amo, no estoy enamorada de él; Julián es mi escape para bajar el cortisol y el recordatorio viviente de que no puedo rebajarme ante nadie que no me dé lo que merezco.

Quien venga en el futuro debe ofrecerme la estabilidad que quiero y ser esa bestia que me domine con fuego, pasión, lujuria y, al mismo tiempo, paz.

Y aunque Julián no sea mi lugar seguro, es mi fuego y mi pasión.

Con él puedo ser la sumisa que no necesita tener el control para alcanzar el placer, porque él se encarga de todo.

Y aunque no hemos vuelto a hablar, algo me dice que, en cualquier momento, la bestia regresará...