Capítulo 6 La Mirada Del Dominador
Pasaron seis meses antes de que volviera a verlo.
Hubo momentos en los que genuinamente pensé que no coincidiríamos más después de nuestro primer encuentro.
Por eso, cuando vi aparecer su mensaje en la pantalla de mi teléfono, sentí un vuelco en el pecho.
Era ese mismo cosquilleo eléctrico que me invadió la primera vez que subí a su camioneta.
No podía ocultar mi cara de felicidad; sabía perfectamente que me esperaba una noche inolvidable.
Esa semana la suerte estuvo de mi lado. Salía temprano porque el flujo de pacientes en las consultas había bajado.
Para este día, él me había pedido que llevara uno de mis vibradores; yo, queriendo sorprenderlo y romper la rutina, había comprado lencería comestible.
Coordinamos para vernos al día siguiente.
Durante la jornada recibí su mensaje de buenos días y, al llegar la hora pautada, le envié la ubicación de mi trabajo. Julián llegó puntual por mí.
Al abrir la puerta del vehículo me encontré de frente con su sonrisa, esa que tanto me encanta.
Me recibió con un beso corto pero firme en los labios.
Mi alegría era imposible de disimular. — ¿Qué tal has estado?
¿Cómo va todo? —le pregunté mientras me acomodaba.
—Todo bien, mi amor, ¿y tú? —Respondió con su tono imponente.
—Todo bien, mi amor... —recorrí el interior del carro con la mirada y añadí con picardía—: Aunque este carro no me gusta.
Él me miró de reojo, sonriendo de lado. — ¿Por qué?
—Porque aquí no te puedo tocar ni acariciar como yo quiero —le solté, dejando que mis ojos viajaran directamente hacia su entrepierna.
Julián solo se me quedó mirando y soltó una carcajada.
Durante el trayecto mantuvimos una conversación trivial, fluida, casi como dos buenos amigos que se ponen al día sobre sus jornadas. Al llegar al hotel, entregamos nuestras identificaciones y pedimos la habitación.
Él se bajó primero para revisar el lugar.
Al salir, me dio un beso rápido y me dijo con una sonrisa cómplice: —Esta habitación te va a gustar.
No se equivocó. Al entrar, me topé con un despliegue de erotismo visual: había espejos en la cabecera, un espejo enorme en el techo, otro justo frente a la cama y un tubo de pole dance en el centro del espacio.
Mientras él iba al baño, aproveché para desvestirme.
Me quedé únicamente con un hilo y un top de encaje rojo.
Caminé hacia el tubo, mirándome en los reflejos, cuando sentí sus manos envolverme por la espalda.
Julián me abrazó, besando mi cuello con urgencia mientras me recorría con las manos.
—Amor, no sé bailar en el tubo, lo siento —le susurré entre besos.
—No hay problema, mi amor —respondió pegado a mi oído.
Me volteó, me levantó y aferré mis piernas a su cintura. Me llevó a la cama y se sentó conmigo aún apoyada en sus piernas. Tomó mis senos con las manos, estrujándolos con delicadeza, y me quitó el top de encaje.
Al quedar expuesta, acercó su boca. En cuanto sentí el calor de sus labios, solté un pequeño gemido.
Se apoderó de mí de una manera posesiva, como si probara su dulce favorito; pasaba su lengua en círculos, chupaba y daba pequeños mordiscos.
Qué sensación más rica y placentera. Abrí los ojos y lo miré para grabarme su rostro en la memoria mientras me hacía tocar el cielo.
Justo en ese instante, su teléfono comenzó a sonar de forma insistente. Con un gesto de evidente fastidio, me soltó con cuidado.
—Lo siento, debo contestar. Yo solo asentí, entendiendo su dinámica.
Salió de la habitación para atender la llamada.
Me quedé sola en la cama, acostada boca abajo, contemplando el reflejo de mi propio cuerpo en el espejo del techo.
En la televisión se reproducía un video de vallenato de fondo; me puse a jugar con el control, pero como ningún otro canal sintonizaba, lo dejé allí.
La música se convirtió en la banda sonora de lo que vendría.
Cuando Julián entró y me encontró en esa posición, no perdió un segundo. Se lanzó sobre mí, cubriéndome de besos hambrientos que empezaron en mis glúteos y subieron por toda mi espalda. A mitad del recorrido, me plantó unos mordiscos tan profundos que me hicieron arquear la columna y gemir.
Tras tres mordiscos perfectos, me arrancó el hilo rojo. Abrí mis piernas de par en par, elevando la pelvis, y él se introdujo en mí con una brusquedad deliciosa. Gimiendo de placer puro, recibí varias estocadas duras antes de que saliera de mí para cambiar el ritmo.
Me excitaba de sobremanera lo peligroso que se volvía mi cuerpo bajo su mirada, como si fuera de su entera propiedad. Y en ese instante lo sentía así, porque nadie más lograba dominarme de esa forma tan única.
Me tomó de nuevo en sus brazos, me sentó sobre sus piernas y volví a enlazar mis muslos a su cadera; me elevó y me penetró de esa manera. Sus manos acariciaban mi espalda con lentitud. Esta vez no lo sentía urgido; al contrario, parecía estar saboreando cada beso, disfrutando el tacto de mi piel.
Bajó hacia mi pecho y apretó mis senos con una firmeza sutil, como si los hubiera deseado durante meses.
Posó su lengua y sus labios primero en uno y luego en el otro.
Dios mío, sentí tocar el cielo con el calor de su boca: me chupaba y me lamía con una suavidad tan demandante que me disolví por completo en el éxtasis.
Con cuidado, me recostó de espaldas en la cama sin desprenderse de mí.
Con las piernas bien abiertas a los lados de sus caderas, empezó a darme estocadas brutales mientras seguía devorando mi pecho.
Con la voz ronca de lujuria, me ordenó: —Ponte arriba.
Mientras me movía lentamente sobre él, estiró la mano hacia su teléfono.
— ¿Me das permiso de tomarte una foto, amor?
—Mejor haz un video —le respondió, elevando la vista hacia el espejo del techo para sostenerle la mirada a través del reflejo.
— ¿En serio, amor? ¿Estás segura? —Preguntó, mirándome fijamente.
—Sí, hazlo, pero que no salgan nuestras caras.
Con el vallenato resonando de fondo, cambié el ritmo.
Dejé los movimientos lentos y empecé a dar saltos rápidos sobre él, apoyando mis manos firmemente en sus piernas para ganar velocidad.
De pronto, sentí sus manos impactar contra mis nalgas; cuatro nalgadas secas resonaron en la habitación, haciéndome arquear la espalda y gemir el doble.
Justo después, sentí cómo abría mis glúteos e introducía sus dedos con fuerza. Me seguí moviendo, completamente ida por el placer, pensando para mis adentros que este señor definitivamente tenía una fijación obsesiva y deliciosa con mi trasero.
Me pidió que me bajara. Me colocó en una posición semisentada, alcanzó el vibrador que había llevado y lo colocó directamente en mi clítoris, logrando que me empapara de inmediato. Me abrió las piernas por completo, volvió a entrar en mí y elevó mi pelvis, dejando ambos orificios expuestos.
Tras unas estocadas, salió y, aprovechando que nuestros propios fluidos habían lubricado la zona, se deslizó hacia mi espalda baja.
Me mordería los labios con fuerza al sentir ese dolor tan increíblemente placentero.
Sus embestidas eran implacables, mientras yo le daba la máxima velocidad al juguete en mi vagina para estimular mi clítoris.
Sentía cómo una ola de calor recorría todo mi cuerpo.
Estaba tan sumida en esa oleada de estimulación que fijé la vista en el espejo frente a nosotros; me perdí en mis propios ojos, sintiéndome una verdadera diosa del sexo. Me estaba viendo ser follada tal y como siempre lo había deseado: sin reproches, sin tabúes, sin una pizca de vergüenza.
Amaba mi imagen en ese estado; me sentía libre, despojada del control que suelo cargar a diario, dándole rienda suelta a mi lado más lujurioso. Sabía que este instante de felicidad me duraría mucho tiempo en la memoria; cuánta razón hay en que un buen polvo te cambia el ánimo.
Al ser consciente de que el teléfono seguía grabando el momento, mis gemidos se intensificaron, volviéndose más sucios, más salvajes. Me sentía una mujer completamente entregada al placer puro.
En un segundo, mis ojos chocaron con los suyos y vi cómo su mirada se tornaba completamente oscura, la mirada del verdadero dominador. Tragué grueso entre gemidos.
Él soltó el teléfono y se enfocó por completo en darme duro, usando el vibrador en mi vagina y su hombría por mi ano
Gemí sin descanso hasta que mis fuerzas flaquearon, entregándome a un orgasmo tan devastador y placentero que sentí mi energía estallar antes de regresar, lentamente, a su centro.
Salió de mí y fue al baño. Después fui yo.
Al regresar a la habitación, me ordenó ponerme en cuatro patas justo en la orilla de la cama. Obedecí de inmediato, rendida a su juego. Me tomó por las caderas con una urgencia salvaje, embistiéndome con una fuerza brutal hasta que acabó en lo más profundo de mí ser.
Volvió al baño. Mientras tanto, me quedé sola en la cama y aproveché el espejo del techo para capturar varias fotos sumamente sensuales con mi teléfono.
Al salir, me miró fijamente. —Amor, nos tenemos que ir.
Fui al baño, lavé mis juguetes con cuidado, me higienicé y retoqué mi maquillaje. Me vestí con calma y salimos del lugar.
Ya en la camioneta, conversamos de temas triviales, como si el fuego de hace unos minutos hubiera sido solo un espejismo. Me dejó cerca de mi casa. Antes de bajarme, lo miré a los ojos con una sonrisa pícara: — ¿Hasta cuándo?—Hasta dentro de seis meses —respondió él, y ambos nos echamos a reír.
Es increíble la metamorfosis que sufro al traspasar las puertas de ese hotel.
Allá adentro se queda la mujer que se transforma en una fiera indomable, liberando cada gota de su lujuria sin restricciones.
Pero al bajarme de ese vehículo, vuelvo a ser la mujer empoderada, independiente y dueña de su vida que puede con todo.
Solo que hoy, camino con una sonrisa brillante en los ojos y sintiéndome más resplandeciente que nunca.