Capítulo 5 Marcas de una bestia
¿Que si estoy feliz? No lo definiría de esa manera. Me siento liviana, relajada. He pasado los días flotando, pensando en lo que hice y en lo que sentí.
Lo curioso —lo verdaderamente extraño— es que, a diferencia de años anteriores, esta vez no hay espacio para la culpa. No me siento sucia. Ante los ojos de una sociedad moralista debería cargar con un remordimiento pesado, pero no; es todo lo contrario: estoy plenamente satisfecha.
Sé que lo que acababa de hacer desafiaba varios de mis principios tradicionales, pero por primera vez en la vida estaba pensando en mí, en regalarme un momento de felicidad absoluta y bajo mis propios términos.
El dolor en el trasero se volvió el recordatorio físico de aquella tarde. Era tolerable, pero me obligó a tomar analgésicos. Cada vez que intentaba sentarme, una puntada me devolvía a la realidad, y yo solo podía sonreír, como buena masoquista, sabiendo perfectamente a qué se debía la molestia.
No hubo mensajes de buenas noches ni de buenos días. Éramos simplemente dos adultos buscando un escape clandestino, disfrutando del sexo sin anestesia y de besos cargados de una lujuria implacable.
Por supuesto, la pequeña duda se instaló en mi mente: ¿me volvería a buscar?
¿Le habría gustado lo suficiente como para repetirlo?
Pero tenía algo muy claro: no iba a salir corriendo detrás de él ni a colapsarle el teléfono con mensajes como una loca desesperada.
Si tenía que volver a suceder, sucedería.
Mientras tanto, me dedicaba a saborear el recuerdo en mi mente, día tras día. Cuando quería usar mis juguetes, me bastaba con evocar su voz y su sonrisa pícara para encenderme por completo.
Los días transcurrieron y volví a mi rutina de lunes a sábado. Sin embargo, el dolor no cedía. Trague grueso y entendí que Julián de verdad me había roto. Seguía con los analgésicos; aliviaban, pero no del todo.
En medio de eso, planifiqué un escape a los cayos con mis amigas.
Sumar ese viaje a la playa con el excelente polvo de semanas atrás me mantuvo en un estado de éxtasis y desconexión total.
¿Qué si pensaba en él? Claro que sí, pero no desde la ansiedad, sino desde un fuego constante que se alojaba directo en mi vientre.
Al regresar del viaje, la molestia persistía, así que no me quedó más opción que ir al médico. Qué pena me daba pensarlo: ir al consultorio porque me habían partido el culo.
Aun así, contuve la vergüenza y llamé a una amiga gastroenteróloga. Me revisó y el diagnóstico fue claro: las hemorroides habían sufrido daños, así que me indicó tratamiento y una dieta estricta. Menos mal que no hizo preguntas incómodas, porque mi mamá me había acompañado a la consulta.
Por dentro, yo solo podía pensar con una mezcla de ironía y deseo: «Este malayo sí me partió el culo».
Con los días mejoré y, de pronto, recibí un mensaje suyo. Una nota de voz. Dios, esa voz cargada de hombría, con una mezcla de dulzura y elegancia que parecía de locutor. Me reclamaba mi olvido, pero sin sonar enojado.
Le contesté que jamás podría olvidarlo, aguantándome las ganas de confesarle que lo recordaba cada vez que me sentaba o iba al baño.
Definitivamente estoy mal. Pero ese mensaje fue la confirmación de que nuestro encuentro también lo había marcado.
Conversamos un rato y nos despedimos, manteniendo intacto nuestro acuerdo implícito: esto era sexo clandestino, una descarga mutua y el escape que ambos necesitábamos.
Fue ahí cuando entendí que finalmente había madurado emocionalmente. En otros tiempos, ya habría construido una película romántica en mi cabeza, pero de esa versión mía ya no quedaba nada.
Julián Montero llegó para confirmarme una gran verdad: cuando a un hombre le interesa algo, hace lo necesario por la mujer que desea.
Su actitud elevó mis estándares. Él fue capaz de aparecerse en el lugar donde yo estaba con mis amigas, entendió mis horarios colapsados y, en medio de sus propias ocupaciones, buscó el espacio para darme esa necesaria descarga de cortisol.
Pero lo que más me cautiva es que no usa palabras bonitas ni promesas falsas para llevarme a la cama; puso las cartas sobre la mesa desde el principio, y esa sinceridad y transparencia me enamoran.
Me gusta esta nueva versión de mí, una que entra al juego dejando a un lado el amor romántico que nos vendieron durante años.
Al diablo el príncipe azul y el amor para toda la vida; ahora estoy convencida de que no quiero un príncipe.
Quiero una bestia que me domine, que me cuide, que me proteja y que nos encierre en un mundo que solo nos pertenezca a los dos.
¿Qué si es egoísta? Sí, lo es, pero es lo que deseo ahora.
Julián es la bestia que domina mi demonio de la lujuria.
Encendemos nuestros cuerpos y cumplimos fantasías sabiendo que en cualquier momento esto puede acabar.
No hay reportes diarios ni intenciones de invadir la vida del otro; simplemente disfrutamos el momento y, de vez en cuando, nos dejamos un mensaje para saber cómo estamos, recalcando lo mucho que nos gustó el encuentro.
Intentando distraerme, seguí revisando las aplicaciones de citas.
No me voy a hacer la santa: hablé con un par de chicos, pero resultó ser más de lo mismo.
Tipos que prometían la luna, el cielo y las estrellas, pero que no hacían el más mínimo esfuerzo por concretar una salida real.
Me terminaron ladillando, así que borré y cerré todo eso.
Cada vez que su recuerdo me asaltaba, terminaba refugiándome en mis juguetes.
Recordaba perfectamente el día de su cumpleaños. Así que, cuando llegó la fecha, me arreglé el cabello, me hice un maquillaje especial, me coloqué accesorios rojos y me puse lencería a juego: un body de encaje de hilo con detalles en plateado.
Usé mi vibrador favorito y empecé con una serie de fotos eróticas mostrando mis mejores ángulos, sacando todo lo puta y zorra que puedo ser, y que solo él tiene el privilegio de ver.
Puse música en inglés, le hice un baile sensual y usé el vibrador pensando en todo lo que me había hecho; el solo hecho de imaginar que lo tenía de frente y recordar su mirada me prendía más.
Le envié las fotos y los videos justo a las doce de la noche. No tenía ni puta idea de qué estaba haciendo él en ese momento y solo esperaba no causarle problemas, pero me contestó de inmediato. Solo sonreí, satisfecha de haberme hecho notar en su día.
Luego me sumergí en mi vida y en mi trabajo.
Realicé varios viajes más, fui a discotecas y a conciertos; me desconecté un poco de la rutina, pero siempre con el sabor agridulce de no saber cuándo lo volvería a ver.
¿Que si le quería escribir? Sí, pero no quería verme como si lo presionara.
Cada vez que pensaba en él, terminaba usando mis juguetes.
Un día me coloqué el Lush y el juguete pequeño en el clítoris, queriendo recrear lo que hicimos en el hotel. Pensaba solo en él mientras grababa videos que guardaba solo para mí. Tengo ese defecto: cuando hago esos videos uso lencería, me maquillo y solo evoco su mirada llena de lujuria.
Sigue la duda cuando pienso en él y en cuándo lo volveré a ver, pero no es algo que me quite el sueño o altere mi estilo de vida. Solo lo pienso, lo recuerdo, y cuando pasa, uso mis juguetes a su nombre. El morbo conmigo misma aumentó muchísimo.
En fin, mi vida sigue su curso, entre mi rutina diaria y mi demonio interno que sueña con sentir unas manos como las de él. El tiempo transcurre, ya van seis meses y, si me preguntas si lo he olvidado, pues no. Es mi recuerdo erótico más divino.