Capítulo 4 La mente correcta
La euforia de haber despertado a mi demonio interno no se detenía. Ahora, más que nunca, deseaba ser domada por Julián Montero. Lo que me seducía de él no era tanto su físico, sino su mente: su determinación, su hombría y esa capacidad innata para complacerme y tomar el control sin dudar.
Mis semanas venían siendo devoradas por la rutina.
El colapso en el trabajo y los cuidados de mi papá me consumían los días enteros.
Era agotador. Sin embargo, hablar con él se había convertido en mi grieta de escape; me sacaba por completo de mi realidad.
Como nuestros horarios hacían casi imposible que coincidiéramos, aproveché un día de fiesta nacional. Agarré el teléfono y empecé a textear.
—Estoy libre —le solté por mensaje.
—Nos vemos mañana —respondió él de inmediato.
Organizamos la hora y el lugar. Me fascinaba la seguridad que emanaba. Recordar cómo apareció semanas atrás en el bar, frente a mis amigas, me ponía los pies sobre la tierra: no estaba tratando con un niño, sino con un hombre en todo el sentido de la palabra.
A mí me gusta la autoridad, los hombres dominantes que imponen respeto; tal vez por eso siempre he sentido una fuerte atracción por los militares. De tanto conversar, él ya conocía mis secretos más oscuros en cuanto al sexo morboso que me fascina. Compartíamos ese mismo código sin juzgarnos.
Cuando le hablé de mis dos vibradores y del plug anal —siendo estos uno manual y el otro un Lush que se maneja a distancia por aplicación—, le encantó la idea.
Ambos tenían varias velocidades. Me pidió que los llevara el día del encuentro y no dudé ni un segundo; le daría un toque extra a la cita para que saliera de lo común y sumáramos nuevas experiencias.
El día llegó. Me alisté por la mañana, me arreglé con un maquillaje sencillo y me dirigí al sitio pautado. Me recogió puntualmente. Estaba guapísimo: llevaba una franela negra, jeans azules ajustados, sus lentes de contacto color miel y ese perfume que me mata.
Al abrir la puerta de su camioneta, me recibió con una sonrisa pícara:
—Hola, mi amor.
Me comentó la ruta a seguir. Primero compraríamos lo que le pedí, ya que para usar los juguetes necesitábamos lubricante y condones. Luego me dijo que lo acompañaría a resolver unos pendientes de su trabajo. En el camino, la confianza fluyó. Quiso saber por qué una mujer como yo estaba soltera.
—Porque no ha llegado el hombre indicado. Todos me parecen aburridos —le confesé entre risas.
Luego fui yo quien preguntó por su carrera militar y su promoción.
Se sorprendió de mis conocimientos. Le confesé mi debilidad por el uniforme y la autoridad, y le conté la parte en la que estuve a punto de casarme con un oficial tras cinco años de novio, hasta que me engañó con otra y me soltó un frío: «no te quiero, me aburrí de ti».
Me eché a reír recordándolo; terminó siendo el peor de todos, pero en fin, pasó hace tiempo. Julián solo me miró y asintió en silencio. Cambié el tema rápido para hablar de lo que nos esperaba, ya que teníamos lo necesario para estrenar el primer juguete.
Una sonrisa pícara se formó en sus labios. Él no perdió el tiempo:
—Ok, enséñame pues.
No dudé. Me bajé el jean en el asiento del copiloto y me volteé, dándole una vista perfecta de mi trasero. Le coloqué un preservativo al Lush y se lo entregué. Mientras tomaba asiento nuevamente, le di el control de la aplicación desde mi teléfono mientras él manejaba.
La sensación fue maravillosa, nada comparado a jugar a solas.
Cada vez que la camioneta caía en un bache de la carretera, el aparato se movía en mi interior.
Julián me miraba con una sonrisa cargada de malicia y satisfacción, aumentando la intensidad a su antojo.
Sentía que las vibraciones me llegaban directo al cerebro; mi cuerpo se tensaba tanto que solo podía morder los labios.
Mi cara debía ser un poema: la sentía roja y caliente.
Probó todas las modalidades, especialmente la función en la que uno decide el ritmo, y sentí cómo me empapaba cada vez más. Me contraje, aferrándome con fuerza a la manilla de la puerta.
Él se rió, mirándome de reojo con sus ojos oscuros:
— ¿Tú aguantas, verdad? —Y le siguió aumentando la velocidad.
— Amor, ya... no aguanto —balbuceé en medio de un susurro, completamente ida, dándole paso al primer orgasmo.
Al llegar al hotel, la adrenalina estaba en su punto máximo.
Nos asignaron una habitación muy amplia, decorada en tonos marrones y con una distribución que me gustó mucho.
Al entrar, había una pequeña mesa con sillas de hierro que le daban un aire acogedor.
A pocos pasos, una media pared dividía esa salita de estar del área de descanso, donde destacaba una cama grande vestida con sábanas blancas impecables.
Las mesitas de noche estaban a ambos lados y el baño quedaba justo en medio de ambos ambientes.
Además, la habitación tenía espejos a los costados y frente a la cama.
Julián pidió una cobija extra y nos entregaron las toallas y el jabón. Me desvestí con los nervios a mil. Llevaba un conjunto rojo de encaje con rosas, muy elegante y sexy, pero siendo sincera, el encaje fue lo que menos detalló. Me quité el vibrador y él me tomó de inmediato en sus brazos.
Envolví mis piernas alrededor de su cadera y buscó la manera de penetrarme así, suspendida.
No le costó nada; yo era un mar de fluidos debido a la estimulación previa.
Tenerlo dentro superó cualquier expectativa; sentir cómo mis paredes vaginales se abrían para recibirlo fue una delicia.
Me abrí de piernas como si no fuera la primera vez que estábamos juntos, sin tabúes, sin presiones ni vergüenza.
Tras varias estocadas fuertes, nada sutiles, me ordenó:
—Entrégame el otro vibrador y el plug.
Me levanté y se los di. Le entregué mi juguete favorito y le expliqué cómo usarlo.
Dios, ese hombre hará que usarlos nunca vuelva a ser lo mismo, porque los aplicó en mis puntos clave de una forma que desató una oleada de sensaciones divinas y fuera de lo normal.
Me torturó jugando con mi clítoris mientras me poseía.
Siempre había querido experimentar eso y él estaba cumpliendo mis fantasías una a una; me sentía en otra galaxia.
Luego me cambió de posición. Me puso en cuatro patas y me ordenó seguir con el vibrador en el clítoris. Con las manos temblorosas por la intensidad, obedecí. No podía con tanto: el juguete más sus embestidas me rompieron; me corrí dejándome ir, gimiendo sin parar, presa del placer.
Me mantuvo en esa misma posición y tomó el lubricante para el plug.
Sentí el frío del líquido recorriendo mi piel, erizándome por completo mientras me preparaba para la ola de dolor y placer que se avecinaba.
Pero no introdujo el juguete de golpe; comenzó a estimularme analmente con él, de afuera hacia adentro, con un ritmo implacable. El sudor y mis gemidos lo decían todo.
Verme reflejada en el espejo que tenía a mi derecha —en cuatro patas, con el trasero bien arriba y él arrodillado usándome de esa manera— habría parecido enfermo para muchos, pero para mí era el escalofrío más excitante del mundo.
Disfruté ver cómo se deleitaba dominándome.
Justo después, sentir su miembro invadiendo mi recto fue riquísimo.
Sus embestidas eran duras, salvajes. Me manejó como a una muñeca de trapo entre sus brazos, cambiándome a cuanta posición quiso.
Acabé dos veces más. Las piernas me temblaban, sus mordiscos me encendían el alma y las nalgadas me humedecían aún más.
Me encanta este hombre; con él rompí todas mis barreras.
Era sexo en todo el sentido de la palabra: sexo duro, la lujuria en su máxima expresión.
Su manera de dominarme en la cama me vuelve loca; sabe ser sutil y violento al mismo tiempo.
Para el final, me colocó boca abajo. Me levantó la pelvis con una mano, me dobló una pierna obligándome a alzar el trasero, abrió mis glúteos y me penetró. Con una mano fija en mi cadera y la otra jalándome el cabello con fuerza, me gritó dónde quería que acabara.
— ¡En mi boca! —le supliqué.
Me embistió con una brutalidad tan deliciosa que solo pude gemir hasta que lo sentí eyacular. Me soltó y, ardida pero hambrienta, abrí la boca por instinto automático para recibir el derrame caliente.
Me lo tragué todo, succionando hasta la última gota. Él se fue al baño y yo me quedé acostada en la cama, intentando calmar los latidos de mi corazón y procesar la nube de lujuria en la que estaba sumida.
Me levanté, me higienicé y lavé mis juguetes.
Al volver, él estaba acostado y me invitó a ponerme a su lado.
Lo miré y pensé: «Ni se te ocurra nada de romance».
Sin embargo, por instinto, caminé hacia él y apoyé mi mentón en su pecho, mirándolo fijamente en silencio mientras asimilaba todo lo que había pasado.
Su rostro era la viva imagen de la satisfacción. Me miró:
— ¿Tienes hambre?
—Sí —le respondí.
—Vamos a comer, que debo regresar al trabajo.
Me arreglé el cabello, me vestí y me retoqué el maquillaje. Salimos y Julián me preguntó qué quería comer. Con la comida soy sumamente payasa, no todo me gusta, así que opté por lo seguro:
—Parrilla.
Fuimos a un restaurante. Él pidió un servicio para llevar a su casa y otro para comer allí. Me preguntó si quería sopa y le dije que no, confesándole que no me gustaba; le pareció rarísimo.
Yo me sentía extraña, atontada. Era la primera vez que un hombre me trataba con esa mezcla de atención y complicidad.
Miraba el lugar —un sitio normal, lleno de familias y parejas— mientras detallaba cada facción de su cara.
Le hice preguntas sobre su vida, su historia militar y su familia.
Él me contestó todo con fluidez y luego me hizo las mismas preguntas a mí. Estábamos en completa confianza.
Como era de esperarse, no me terminé el plato y él se comió lo mío.
Al momento de pagar, lo miré de espaldas; tiene una silueta imponente que me encanta.
No me aguanté las ganas de abrazarlo por detrás, pensando en que quizás no lo vería más.
Sentí una ligera incomodidad de su parte por el gesto en público, así que lo solté rápido, pero me fui satisfecha.
Subimos a la camioneta y avanzamos. Hicimos un par de paradas para unas cosas que él tenía que resolver, cuando de repente lo llamó su jefe por teléfono. Vi su afán y preocupación por llegar rápido al trabajo, así que le dije:
—Déjame aquí, yo sigo sola. Ve a trabajar.
Dudó un segundo, alegando que cómo me iba a dejar tirada por ahí así como así. Sonreí para mis adentros pensando en lo bello que era, pero le reiteré que no había problema, que aún estaba cerca. Al final terminó cediendo.
Me pidió disculpas por no llevarme hasta la casa, nos dimos un beso y le dije:
—Hasta pronto.
Ese beso suave al finalizar todo me encantó. Julián era la mezcla perfecta de sexo duro con una pizca de dulzura y complicidad que, al término del día, se resumía en sexo puro... Porque hay fantasías que ni siquiera sabes que tienes, hasta que entras en sintonía con lamente correcta