Capítulo 3 Descarga de Estrés
La euforia de la noche anterior me acompañaba, pero no por los tragos ni el baile con mis amigas.
Lo que no salía de mi cabeza era la locura que había hecho con Julián.
Por primera vez en la vida no sentía culpa; no me atosigaban esos pensamientos de «mala persona» que me atormentaron la primera vez que decidí tener sexo casual.
Aquella vez había experimentado un vacío y un desagrado conmigo misma tan profundos que me juré no volver a repetirlo hasta no sentir algo por la otra persona.
Con Julián, en cambio, era todo lo contrario: o el tipo me gustaba demasiado, o de verdad me estaba volviendo loca.
Pero la semana arrancaba y debía volver a mi rutina y a mis mil responsabilidades.
Es agotador ser la cabeza de familia pese a no estar casada, llevando a cuestas la carga de mis padres y de la casa, por lo que siempre me enfoco en trabajar duro y sin distracciones.
Pese a mi disciplina, mi cuerpo y mi mente luchaban por contener la lascivia que me provocaba recordar los besos de ese hombre tan posesivo, tan dominante y cargado de deseo.
El demonio en mí se estaba despertando, y sabía que, cuando terminara de hacerlo, querría que me tomara y me dominara a su antojo.
Porque así como el alma no vibra con cualquiera, el cuerpo tampoco se enciende con cualquiera.Hacia el mundo exterior me mantenía impecable, exitosa y fría; por dentro era un volcán en cuenta regresiva, algo que los mensajes diarios de Julián no hacían más que confirmar.Sin embargo, el destino es impredecible.
La vida tenía preparados planes muy distintos para esos días: la cirugía de mi papá se juntó en la misma semana, llenándome de estrés y preocupación al ser él una persona mayor.
Mientras trabajaba, mi mamá se encontraba con él en el hospital y yo me mantenía al pendiente vía telefónica para todo lo que se necesitara.
Entre el estrés laboral y el previo a la operación, no tenía cabeza para nada más.
Aun así, el señorito no dejaba de textearme.
Conversábamos a diario; aunque yo tardara en responder por la sobrecarga, él siempre estaba ahí, convirtiéndose en un respiro en medio del caos.
Ambos habíamos quedado con ganas de morder el fruto prohibido, manteniendo siempre nuestro acuerdo de «nada de romance».
Llegó el día de la cirugía. Mi hermano, quien era mi apoyo principal, estaba de viaje.
En la sala de espera me tocó preparar a mi papá e integrarme con el equipo médico.
Me presenté ante ellos como Licenciada en Enfermería con especialidad en Medicina Crítica, y la recepción fue excelente.
Pasé a la sala para despedirme de él, salí a buscar un anestésico de último momento y afortunadamente todo se consiguió a tiempo.
La cirugía fue un éxito. Lo trasladaron a la habitación y me quedé a su lado los días venideros.
El estrés iba en aumento: eran pocas horas de descanso sumadas a las exigencias de mi trabajo.
Todo pesaba. No obstante, Julián seguía presente a través de la pantalla preguntando por la evolución de las cosas, sirviendo como mi único alivio.
El día que le darían el alta, mi papá presentó un cuadro febril.
Mi estadía en el hospital se prolongó, mi trabajo exigía mi regreso y, como pude, gestioné un día más de permiso.
Tras tres días sin descansar bien, la tensión no me daba tregua.
En medio de esa pesadez recibí un mensaje de él que, inconscientemente, me alegró: mi cuerpo suplicaba descargar la presión y sabía perfectamente que él podía dársela.
-Hola, mi amor, ¿cómo vas? ¿Cómo está tu papá? -preguntó Julián.
Le conté brevemente la situación y le mencioné que iba saliendo a bañarme a casa de mi tía.
-Ok, amor. ¿Te paso buscando? ¿Te parece?
Y nos vemos un ratico.Muero en tres, dos, uno.
Iba sin maquillaje, con un uniforme que no me favorecía en nada y unas ojeras monumentales.
Le respondí que sí, pero le advertí que andaba horrible, en mis últimos días del periodo y con la urgencia de pasar por una farmacia.
-No importa cómo estés, siempre estás linda.
Yo te llevo, pásame la dirección.Me bañé lo más rápido que pude, me apliqué crema y perfume en cantidad, le envié la ubicación y a los pocos minutos llegó en el Aveo blanco.
Nada más rico que entrar y verlo vestido de negro, con sus lentes de contacto color miel, su sonrisa y ese aroma que me ponía mal.
Sinceramente no me sentía segura: iba al natural, con una cola mal hecha, de uniforme, el bolso a cuestas y cero maquillajes.Me saludó con un beso casto en los labios y me llevó a la farmacia mientras preguntaba por mi padre y por mí.
En el primer establecimiento no conseguí lo que buscaba, así que le pregunté si podía llevarme a otro.
-Claro que no es molestia, mi amor -respondió sin dudar.
En la segunda farmacia intenté comprar rápido mientras me esperaba en el auto; sentía que hasta las cajeras se tardaban a propósito.
Al salir, me dirigí al vehículo, abrí la puerta y lo vi recostado hacia atrás en el asiento.
Me entraron unas ganas feroces de subirme encima de él y montarlo hasta acabar.
Una ola de calor recorrió mi cuerpo. Entré, acomodé las bolsas a mis pies y le dije:
-No te pongas en esa posición...
Se echó a reír y arrancó hacia el hospital.
Al entrar al estacionamiento, alcancé a divisar a mi hermano y a mi primo.
El susto que sentí no fue normal.Mi teléfono no paraba de vibrar.
Tenía varias llamadas perdidas y mensajes, pero no me apetecía contestar nada; solo quería disfrutar de su presencia.
Sin embargo, un número insistió tanto que terminé respondiendo de mala gana:
-Buenas, diga -hablé
-Hola, bebé, ¿cómo vas? Mi teléfono se dañó y te he estado llamando. ¿Cómo está tu papá? -era la voz de Yeli.
Una punzada de culpa se asomó. Tomé aire antes de contestar:-Tiene fiebre, aún no le dan el alta.Lo bueno de que tus amigas te conozcan es que detectan de inmediato cuándo llaman en un momento inoportuno.
-Estás ocupada, ¿cierto?
-Sí, te llamo luego.
Corté la llamada y le pedí disculpas a Julián.
Él, con su sonrisa tranquila, me dijo que no pasaba nada.
Le expliqué la situación de mi familia afuera y estacionó en el extremo opuesto del parqueo, un área sola donde nadie podía vernos.Dibujó una sonrisa pícara, maliciosa, y buscó mis labios.
No me negué. Lo toqué por encima de la ropa y ya estaba completamente duro; se me hizo agua la boca.
-¿Te la puedo chupar? -le susurré.No se negó.
Se desabrochó el jean y me fui encima. Mi boca intentó absorberlo todo; mi lengua lo envolvió de arriba abajo en espiral, chupando y repitiendo el movimiento sobre el glande.
Quería mirarlo, pero no deseaba perder la concentración, la cual empecé a descuidar cuando sentí su mano colándose por detrás.
Tocó mis nalgas, me bajó el mono junto con mi ropa interior y me dio una palmada firme que, en lugar de frenarme, me hizo gemir y prenderme aún más de su miembro.
Lo saboreé, succionando y pasando la lengua mientras acariciaba sus testículos.
Suelto un gemido gutural que terminó de encenderme.
Cuando desplazó sus manos hacia mi clítoris, me detuve un segundo: no estaba depilada.
A él no le importó. Siguió acariciando, pero no buscó mi canal vaginal; rozó el recto e introdujo un dedo sin previo aviso.
Gemí intentando controlar los movimientos en su miembro mientras la sensación se volvía exquisita.
Introdujo un segundo dedo y moví mis caderas hacia atrás pidiéndole más profundidad.
No lograba mantener el ritmo del sexo oral ante semejantes sensaciones; él me jaló del cabello mientras me penetraba con los dedos por detrás.
El carro comenzó a mecerse con el movimiento de mis caderas y me pidió que me detuviera un poco para no llamar la atención, lo que me sacó una risa involuntaria.
Me hizo alcanzar un orgasmo intenso rozando mis límites.
¿Que si parecía una puta? Tal vez, pero necesitaba descargar todo ese estrés y liberarme de la presión.
Él continuó masturbándose y, cuando sintió la eyaculación cercana, acerqué mi boca para recibirlo. Tragué todo su semen mientras sostenía su mirada. Su cara de incredulidad ante lo que acababa de hacer me hizo sonreír.
-Está rico... -le dije con picardía.
Tomó una toallita para limpiarse las manos mientras yo me subía el mono. Le di un último beso cargado de morbo y deseo:-Espero que el próximo sea mejor.
Sonrió de esa manera que me ponía a babear. Le agradecí por traerme, me dio otro beso, tomé mis cosas y bajé del carro. Me puse el tapabocas, entré al hospital y subí a la habitación de mi padre con mil cosas en la cabeza, pero infinitamente más liviana.
Una vez en la Habitación, fui al baño a asearme.
Revisé los mensajes y encontré uno de mi jefa exigiéndome volver al trabajo de inmediato o quedaría despedida.
Me senté y respiré profundo mientras la preocupación reaparecía.
Solo éramos mi mamá y yo para afrontar todo; mi hermano me notificó que debía viajar y mi mamá no podía quedarse sola en el hospital.
Mi instinto sobreprotector se puso en alerta máxima.
Empecé a poner en una balanza a mis padres o mi trabajo, preguntándome cómo pasé de estar en las nubes a sentirme tan obstinada por lo complicada que se tornaba la vida.
Le comenté la situación a mi amiga por mensaje y sus palabras fueron un llamado de atención directo:-Ni se te ocurra dejar el trabajo -me dijo Naidi-.
Sabes que ganas bien y no estás sola. Habla con las muchachas a ver quién puede acompañar y cuidar a tu papá mientras estás en la unidad y le pagas.
Tú no eres de las que se queda llorando; tú siempre resuelves.
Tenía toda la razón. Llamé a otra amiga para pedirle que cuidara a mi papá pagándole el turno y no lo pensó dos veces.
Inmediatamente me comuniqué con mi jefa para informarle que estaría en la unidad a más tardar a las 8:00 a.m. Hablé con mi mamá y mi hermano para coordinar los relevos de madrugada; al final, si había cubierto cinco días de guardia seguida en plena pandemia, esto no me iba a vencer.
Salí muy temprano. Mi mamá me llevó un bolso con uniforme limpio, fui a casa de mi tía, me bañé, me arreglé y me maquillé.No se notaba que llevaba cuatro días internada en un centro médico.
Me miré al espejo: «Puedes con esto y más».
Sonreí al recordar repentinamente lo sucedido en el estacionamiento del hospital y me dije a mí misma que definitivamente estaba mal de la cabeza.Me enrumbé al trabajo y el día transcurrió volando.
Por primera vez logramos salir temprano.Volví al hospital preparada para pasar la noche en una silla recostada de la cama de mi padre, pero mi cuñada Ori me llamó para salvar la noche:-Carol, yo me quedo con tu papá hoy para que descanses, ya que tienes que trabajar mañana.
Le agradecí en el alma. Mi papá siempre ha sido un amor y se llevaba excelente con ella.
Cuando llegó a las 8:00 p.m., me fui a descansar.
Llegué, me di un baño y el agotamiento acumulado me pasó factura.
Cené algo ligero, revisé que no hubiera pendientes en el teléfono y me quedé dormida recordando el orgasmo que me dio Julián.
Los días siguientes mi amiga se encargó de cuidar a mi papá durante mis mañanas de trabajo.
El viernes finalmente le dieron el alta y mi mamá con mi hermano coordinaron el traslado a casa.
El estrés disminuyó en un sesenta por ciento.Ya en mi hogar, recostada en la cama mirando al techo, rememoraba mis locuras con él.
Que los mensajes continuaran me confirmaba que le gustaba tanto como él a mí.
Si mi demonio estaba dormido, ya había despertado por completo.
Le había abierto la puerta a mi lado pervertido, a esa oscuridad que emana de mi alma y que descubrí tiempo atrás...
esa faceta donde la «niña buena» y tranquila de casa descubre cuánto le apasionan las experiencias intensas, morbosas y llenas de placer.