Capítulo 2 El Despertar del Demonio
Era temprano, pero me dio por revisar las aplicaciones con música de fondo. Entre el mar de notificaciones, una respuesta hizo que una sonrisa estúpida -e inevitable- escapara de mis labios. Era un mensaje de él: Julián Montero.
Algo que tienen las aplicaciones de citas es que debes colocar una descripción.
La mía decía: «Te atreves a abrir una caja de Pandora?
». En ese primer intercambio, Julián me dejó claro que quería abrirla; estaba dispuesto a descubrir qué podía sorprenderlo de lo que guardaba allí dentro.
Ambos nos asombramos de coincidir despiertos a esa hora.
Él, como buen militar, tenía una rutina estricta que intentaba cumplir cada día.
No sé por qué sentí una sensación rara al hablar con él, pero la forma en que me escribía me sacaba sonrisas frente a la pantalla.
Al menos no había empezado con el típico «Hola, ¿cómo estás?
» soso, ni exigiendo una foto subida de tono.
Tenía iniciativa, aunque aún estaba en la categoría de las palabras...
y a mí las palabras me aburren rápido si no hay sustancia detrás.
Se interesó por mi día a día, sin morbosidades.
Por primera vez sentí que alguien quería conocerme de verdad.
Fue sincero desde el inicio: me contó que estaba comprometido.
No lo tomé a mal. Le dejé claro que no me interesaban los hombres casados, pero que estaba abierta a una amistad.
Me compartió su experiencia en las aplicaciones y, a partir de ese momento, empezamos a hablar casi a diario.
Cuando la confianza creció, le di mi Telegram.
Las conversaciones continuaron fluyendo, respetando mis tiempos y mis espacios; al igual que él trabajaba, yo también tenía mi rutina.
Poco a poco fuimos revelando más de nuestras vidas.
Me contó que era militar, que tenía un negocio, que tocaba en un grupo de tambores y en la orquesta de la Guardia, que contaba con una carrera universitaria en Diseño Gráfico y que actualmente se desempeñaba como jefe de seguridad de una empresa.
Cuando me envió las primeras notas de voz, sentí que me derretía.
Dios mío, habla tan bien, se expresa con una elegancia...
Y cuando me mandó una foto vestido de negro con la gorra militar, pensé: si su misión es enamorarme, lo está logrando.
Bromeé con él al respecto; se veía sumamente atractivo.
Esos pensamientos morbosos me invadieron de golpe, obligándome a darme dos cachetadas mentales: «Aterriza, es casado, solo amigos, jajaja».
Así transcurrieron los días. Me daba nervios la idea de verme con alguien que no conocía en persona, pero su manera de expresarse demostraba que era un hombre maduro, seguro y claro con lo que quería.
Sé que solo buscaba una distracción, al igual que yo.
Después de todo, dudo que el amor verdadero se consiga a través de una aplicación.
Sin embargo, hablar con él se sentía relajado y natural.
Lo único que me molestaba era que mis gustos me guiaran, una vez más, hacia un militar.
Con el paso de las jornadas, las charlas subieron de tono.
Pasamos a conversaciones hot sobre lo que nos gustaba en el ámbito sexual.
Le hablé con total naturalidad -como si lo conociera de toda la vida- sobre mis gustos oscuros, mi perversión y el BDSM consensuado.
Por primera vez le hablé a un hombre de mi vibrador.
Para mi sorpresa, no reaccionó como el típico tipo que dice «quiero verte usándolo», sino que se interesó por la razón detrás de ello.
Le conté brevemente lo mucho que me excita y me hace sentir divina usar lencería roja y negra.
Lo que empezó como un solo juguete para experimentar se convirtió en una colección de cuatro, porque el mundo del sexo me intriga y, una vez que defines lo que realmente te gusta, pocos hombres llegan a satisfacerte.
Resultó que su mente era igual de perversa que la mía: le gustaba ser dominante y había experimentado tríos.
Escuchar sus historias me ponía caliente con solo leerlas; tenía una mente muy abierta.
No era el tipo de hombre que te juzga o piensa que eres una puta por hablar de estos temas.
Se puso en un plan de amigo interesado en todo, teniendo claro que no había compromiso de por medio, solo una retroalimentación de experiencias sexuales...
pero con la tensión latente de « ¿y si llega a pasar algo entre nosotros?
». Entre mensajes subliminales, yo me seguía dando cachetadas mentales para mantenerme al margen. Me estaba costando un mundo.
La química era innegable, así que planeamos conocernos en persona para desayunar o tomar algo.
Los nervios me comían cuando llegó el sábado acordado.
Amaneció lloviendo, con un cielo gris hermoso.
Amo los días lluviosos, pero esa mañana tenía la agenda llena: una salida con mis amigas para celebrar el Día del Enfermero y la cita con él.
El clima, que tanto disfrutaba, terminó amargándome la existencia porque no nos pudimos ver a la hora planeada.
Además, me prometí a mí misma que jamás pondría a un hombre por encima de mis amistades.
Me arreglé para la noche: peiné mi cabello, me puse un suéter tejido color beige, un jean tipo cargo, tacones y un maquillaje sencillo.
Pedí un taxi bajo la lluvia y me dirigí hacia la zona norte, a un bar en la avenida Fuerzas Armadas, cerca del centro comercial Doral Mall.
Llegué temprano, antes que mis amigas. Me ubiqué en una mesa y seguí texteando con él.
Me preguntó dónde estaba; le di mi ubicación y le comenté que el sitio no era del todo de mi agrado.
-¿Qué tal si llego allá y nos vemos un rato? -propuso.
Lo pensé, creyendo que no se atrevería. Vaya sorpresa me llevé. Ya estaban mis amigas en la mesa cuando leí su mensaje: «Estoy aquí. ¿Sales o entro yo?».
Casi me atraganto con la cerveza. Un cosquilleo recorrió mi cuerpo desde la cabeza hasta el vientre.
Sentí una ola de calor instantánea y una sonrisa estúpida se dibujó en mi rostro.
Este hombre estaba demostrando interés y determinación; otro se habría ido al saber que estaba con mis amigas, pero él no.
-Ya salgo -respondí de inmediato.
-Estoy en un Aveo blanco que tiene el logo de la empresa, justo al frente del bar -contestó Julián.
Salí del local. El frío y el olor a lluvia me impregnaron, pero nada apagaba el calor que llevaba por dentro.
Traté de verme segura y de esconder el centenar de emociones que me avasallaban.
Atravesé la avenida, abrí la puerta del carro y ahí estaba él, con esa sonrisa.
Dios, esa sonrisa... Era mucho más bello en persona que en fotos: moreno, alto, de espalda gruesa y unos brazos que me hicieron tragar grueso.
(Lo bueno de ser enfermera es que el ojo clínico lo detalla todo).
El auto olía a perfume de hombre y sonaba un vallenato de fondo. No podía ser mejor.
-Hola, mi amor, ¿cómo estás? Mucho gusto, Julián Montero -me saludó con un beso en la mejilla.
Respondí de la misma manera mientras mis ojos lo analizaban.
Llevaba jeas ajustados y una franela beige, pero mis ojos viajaron inevitablemente hacia su entrepierna.
Intenté que los nervios no me traicionaran.
Odio perder el control, especialmente cuando suelo ser tan rápida e inteligente para dominar cualquier situación. Con él no podía mantener el mando.
Julián cruzó los brazos y me miró divertido.
-Y bien, ¿qué tal te parezco? ¿Soy real o no? Sé que soy feíto.
Solté una risa, conteniendo mis ganas de tocarlo.
-No eres feíto, eres tal cual como en las fotos.
Me comentó que su negocio quedaba cerca, en el Doral, y que al ver que venía hacia esta zona no quiso perder la oportunidad de conocerme. Me encantó que buscara la manera de verme.
-¿Por qué tienes los brazos cruzados? -le pregunté-. Los psicólogos dicen que es una señal de inseguridad. ¿Acaso te produzco inseguridad?
Me miró y soltó una carcajada.
-Claro que no. Solo estoy conteniendo mis impulsos.
-¿Impulsos de qué?
No me dio tiempo de reaccionar. De la nada, me plantó un beso en la boca.
Toda yo respondió a ese contacto. Sentí su lengua explorar la mía, uniéndose en un compás cargado de ganas.
Me quedé inmóvil por un segundo. Su mano viajó a mi cabello suelto y lo jaló suavemente hacia atrás, sacándome un gemido, mientras sus labios bajaban hacia mi oreja y mi cuello antes de volver a mi boca.
Con la otra mano se metió debajo de mi suéter, apartó la copa de mi sostén y me apretó el pecho.
Dios mío... La ola de calor se volvió devastadora.
Mantuvo el ritmo del beso y me elevó a un punto donde sentí que la ropa me estorbaba.
Mi mente quedó completamente en blanco hasta que nos soltamos, ambos buscando aire.
Tenía la cara roja y los nervios a flor de piel; no sabía qué hacer ni hacia dónde mirar.
Como pude, tomé aire, me acomodé la ropa y bajé el parasol del carro para buscar el espejo y arreglarme el cabello. Un par de llaves cayeron sobre mí en el proceso. Al mirarme, vi que me había quitado todo el labial. Intenté mantener la calma. Él sonreía a mi lado.
-Por eso tenía los brazos cruzados -dijo con complicidad-, para contener el impulso de besarte.
Me eché a reír.
-¿Y no que solo nos íbamos a conocer cómo amigos?
Se encogió de hombros, riendo. Debe pensar que soy una fácil, pensé automáticamente, pero qué más da, capaz ni lo vuelvo a ver. Mi cuerpo necesitaba una dosis de dopamina así.
En ese momento, mi teléfono empezó a vibrar con la llamada de mis amigas.
-Ya voy -contesté al teléfono.
Lo miré.
-Aunque no quiera, debo volver.
Me dio otro beso profundo.
-Me encantó conocerte.
-Lo mismo digo. Espero que no me dejes de escribir -le dije.
Él se rió.
-Claro que no.
La tanda de besos se repitió hasta que finalmente me bajé del carro con una sonrisa de satisfacción. Disfruté cada segundo de ese beso; hacía tiempo no sentía estas emociones eróticas que me hacían sentir viva... y la humedad en mi ropa interior lo confirmaba.
Entré al bar con una sonrisa estúpida. Mis amigas me miraron al instante.
-¿Por qué tardaste tanto? ¿Estabas con alguien? -preguntó una.
La otra la miró y se burló:
-¡Claro! ¿No ves que ya no tiene labial?
Me dio risa y sentí la cara caliente. Para restarle importancia, sonreí con picardía:
-Claro, estaba buscando un balde más de cerveza.
Los mensajes continuaron a lo largo de la noche hasta que me avisó que se iba a dormir.
Seguí festejando con mis amigas, pero conservando el sabor de sus besos.
Julián estaba despertando al demonio que había tenido dormido y escondido por mucho tiempo.
Porque ante todos debo ser la mujer buena y trabajadora de siempre, manteniendo la máscara fría para ocultar el fuego que llevo por dentro.