EL LIMITE DE MI PIEL
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Capítulo 1 Fachadas y Fuego
Qué difícil es conseguir pareja en estos tiempos.
Alguien con quien tener complicidad y un morbo lujurioso.
La mayoría de los hombres que conozco carecen de lo que tanto me gusta: si no tienen más carácter que yo, simplemente no me interesan.
Y la situación se vuelve más compleja cuando ya tienes treinta años.
Mi pequeño defecto es que soy una bomba de tiempo en cuanto a carácter.
No vivo riéndome cada dos por tres; de hecho, hay cosas y personas que me parecen netamente estúpidas y ridículas.
El mundo ha cambiado tanto que el cuento del príncipe azul que te venden desde niña -ese que vendrá a tu rescate, te jurará amor eterno y te hará vivir feliz para siempre- ya no existe.
¿La vida? La vida es cruel. Te forma a través de golpes y personas que siempre dejan una marca, un antes y un después en tu historia.
Así como hay hombres que, cuando están contigo, cambian por completo tu forma de ver el sexo.
A mí me tocó uno que terminó de introducirme al pecado capital más delicioso: la lujuria.
Él despertó al demonio que vive en mí; ese que yo sabía que existía, pero que no había despertado por completo.
Me atraía el mundo del BDSM, descubrir el placer a través del dolor y experimentar los orgasmos más intensos de mi vida.
Pero ese mismo hombre también me lastimó el alma y el corazón.
Por eso, hace años, decidí dormir a ese demonio y guardarlo en lo más profundo de mi ser.
A raíz de esa experiencia, tengo muy claro lo que busco: me atrae un hombre dominante en todo el sentido de la palabra.
Ojo, no hablo de alguien tóxico; los tóxicos son solo personas inseguras.
Soy más del tipo de hombre que impone respeto y autoridad con su sola presencia o con una mirada.
Ese hombre que no duda a la hora de tomar decisiones o de actuar.
El tipo de hombre que en la cama me haga mojar las bragas mucho antes de llevarme a ella.
En fin. Si alguien me viera en mí día a día, pensaría que tengo la vida perfectamente resuelta.
Me levanto a las cuatro de la mañana, sigo mis rutinas al pie de la letra, hago ejercicio, preparo el desayuno y el almuerzo, y luego me voy a trabajar hasta tarde en la unidad de cuidados intensivos.
Me enfoco en mi crecimiento, en mis proyectos y en producir.
Cumplo con mis horarios, cuido mi cuerpo, me miro al espejo y veo a una mujer dueña de sí misma, centrada y en control absoluto de su entorno.
Nadie, absolutamente nadie, podría adivinar la perversión que late debajo de esa fachada tan limpia.
Y más que perversión, es lascivia, lujuria y morbo en todos los sentidos.
Últimamente mi cuerpo pide a gritos una distracción.
Los vibradores son divertidos, pero llega un punto en que aburren. Siento que la rutina me asfixia.
De la nada, recuerdo las aplicaciones de citas que me recomendó un amigo.
Busco la versión heterosexual y la descargo.
Al principio empieza a tornarse divertida, sacándome un poco del encierro diario.
Hago match con varios hombres. No todos logran llamar mi atención, pero recibo muchos mensajes y termino texteando con algunos.
Pronto surge la decepción de siempre: más de lo mismo.
Está el típico espécimen que quiere fotos íntimas de la nada, otros que son demasiado sosos, algunos que se creen los dioses del Olimpo y, por supuesto, no falta el Romeo que a punta de palabras bonitas cree que me voy a idear una vida a su lado o a amarlo hasta la eternidad sin siquiera conocerlo en persona.
Me río sola. Lo he dicho siempre y cada vez me convenzo más: soy una mujer de hechos, no de palabras. La aplicación es entretenida, pero nada capta mi atención ni mi confianza. Pasan los días y sigo entrando al llegar a casa.
Una noche, mientras reviso los perfiles que me aparecen, me topo con uno: Julián Montero.
Piel morena, ojos claros, labios carnosos, alto y con muy buen cuerpo.
Sonríe con los labios, pero su mirada es lo que la vuelve pícara.
Reviso sus fotos y, para mi sorpresa, encuentro una donde está vestido de militar.
Para mis adentros, sonrío.-Es lindo -pienso-.
Militar tenía que ser. Le doy me gusta, cierro la aplicación y me dispongo a dormir.