Capítulo 12 #4
Firmaron los documentos dispuestos en una mesa lateral y abandonaron Kirche der Gnade entre aplausos y felicitaciones.
El fotógrafo inmortalizó el momento con una imagen en la que los novios, junto con todos los convidados y el reverendo Becker, posaron en los jardines traseros del templo de piedra.
Entonces se dirigieron en una procesión de carruajes a Sunny Hütte para disfrutar de un modesto banquete al aire libre, aprovechando el cielo despejado de aquella preciosa mañana de agosto, y contando con un cuarteto de cuerdas que, según comentó Rosie más tarde, le recordaron al cuento Los músicos de Bremen.
Ingrid permaneció al margen la mayor parte del tiempo en el que los recién casados se mantuvieron entretenidos con los comensales, pero antes de marcharse, se acercó a ellos y besó a ambos, deseándoles lo mejor.
—Gracias por tu respaldo, madre —dijo Katja, sin soltar su mano—. Probablemente tu elección te traerá problemas.
—Llevo muchos años lidiando con el arduo carácter de August —enunció la matriarca, mirando a Roderick—. No haber podido salirse con la suya es una gran lección de humildad para él.
—No represento una amenaza, se lo aseguro, señora Bauer —terció Weber.
—La amenaza éramos nosotros, querido. Lo que se le hizo a tu padre y a tus abuelos fue una injusticia sin parangón. No llegué a conocer a Mathilde, pero estoy segura de que era una buena mujer.
Roderick sonrió a su suegra, reconfortado.
—Sohlenkunst continuará en posesión de los Bauer.
—No para siempre —lo corrigió Ingrid—. No tenemos ningún heredero varón que se haga cargo de la fábrica cuando hayamos partido con el Creador.
Los afluentes de un río siempre seguirán su curso natural, no importa cuántas presas y desvíos construyamos a su alrededor para amoldarlo a nuestra voluntad.
Eres la única opción de mi marido, Roderick.
Eso, o vender la empresa a cualquier extraño que podría acabar con ella.
Puede tardar años en admitirlo, pero lo hará. Sed felices, hijos míos.
La señora Bauer volvió a besar a su pequeña, esta vez en la frente, se despidió de su yerno y partió en un faetón propiedad de su esposo. Entonces Roderick, que llevaba ya unos minutos observando a dos invitados muy concretos, dijo a su mujer:
—Me parece que la señorita Müller y Ernst no han hecho buenas migas. Míralos. Ella se mantiene más tiesa que un poste mientras bailan.
Katja, que estudiaba con esmero los movimientos corporales de su amiga, emitió una risita traviesa.
—No han empezado con buen pie, no. Annie aún no se fía de ti del todo, y creo que Kissinger se ha tomado su cautela como una ofensa.
—No me digas. Mi socio actuando como una gallina clueca. Qué raro.
—Te quiere mucho —señaló la chica, abrazando a Weber por la cintura—. Y a él le debes que tú y yo hayamos pasado por el altar. ¿Recuerdas cuando me echaste de tu taller como a una ladrona al averiguar quién era y a qué fui al apartamento?
—¿Vas a seguir recriminándome por mi estupidez por el resto de mi vida? —se quejó él—. Y sí, Ernst me obligó a leer las cartas de Katja Rose, pero quien fue al Obelisk a arrastrarse fui yo. Y no me lo pusiste fácil.
—No merecías ni una gota de mi simpatía.
Weber le dio un pellizco disimulado en el trasero a su esposa.
—Me importa un bledo que me detestes, siempre y cuando nunca me cierres las puertas de tu alcoba —se mofó, juguetón—. Ese vestido que llevas es fabuloso, pero ya sé cómo luces cuando estás desnuda, y te prefiero sin ropa.
—¡Señor Weber, compórtese! —protestó Katja—. Sea un buen anfitrión, y le prometo que discutiremos lo de sus gustos en moda femenina más tarde, en la soledad de nuestro dormitorio.
Roderick no replicó, expectante ante la promesa implícita de su compañera de una inminente, excitante e inolvidable noche de bodas.
Se dejó guiar por ella a la zona del jardín que se había habilitado para el baile, y se unieron a la corriente humana que se mecía al compás del vals que había empezado a sonar, obra del caballero al que había conocido en la exposición de Würzburg: Richard Strauss.
Para cuando la melodía finalizó, Annette y Ernst habían desaparecido.
Impulsados por su animadversión mutua, la dama de honor y el padrino seguramente estarían tomando ponche lo más alejados el uno del otro, haciendo lo posible por evitarse.
Conociendo las tendencias pendencieras de Kissinger, Roderick sospechaba que él le habría hecho algún comentario fuera de lugar a la señorita Müller, ganándose después una réplica cáustica que le habría escocido en lo más profundo de su orgullo.
Algunas horas más tarde, cuando los invitados ya se habían marchado y la fiesta había concluido, los Weber se retiraron a descansar, pues a la mañana siguiente partirían temprano a Suiza a pasar su luna de miel en los Alpes.
Roderick pidió a Mielke que le preparara el baño en su habitación; y entretanto su esposa se cambiaba, él se desvistió y se metió en la tina, suspirando de alivio en cuanto sus tobillos entraron en contacto con el agua tibia.
Usando una esponja y un jabón de sándalo y cítricos, se aseó de la cabeza a los pies, y apoyó la nuca en el borde de la bañera, contemplando los patrones de las molduras del techo.
Cerró los párpados y dormitó por unos minutos, hasta que, notando un ligero toque en su melena húmeda, abrió los ojos.
Katja había entrado en la alcoba, e iba ataviada con un batín de lino blanco.
—¿He interrumpido tus dulces sueños?
—Soñaba contigo, así que no me incomoda que me despiertes. La protagonista de mis fantasías sigue siendo la misma, solo que ahora la puedo tocar en la vida real.
La joven sonrió, levemente ruborizada.
—¿Annette se ha llevado a Rosie a casa de tus padres?
—Sí, aunque me ha pedido permiso para hacer una excursión a la costa norte —informó ella—. ¿Estás conforme?
—Lo que decidas está bien —comentó él—. Me alegro de que nuestra niña disfrute un poco en nuestra ausencia. Así se le quitará el enfado por no haber podido acompañarnos a Suiza.
—Le hacía ilusión ir más por ti que por mí —puntualizó ella—. Con todo lo que la consientes, acabará queriéndote el doble.
—Eso es imposible —dijo Weber, tirando de su brazo—. Si tengo que competir contigo por los afectos de cualquier persona, tú siempre saldrás ganando.
Katja apartó la mano y desató el cinturón de su bata.
Cuando Roderick se percató de lo que su mujer llevaba debajo del albornoz, se le cortó el aliento.
La camisola era tan fina que su desnudez se notaba a la perfección, y sus marcadas curvas creaban bajo la tela un juego de luces y sombras que encendieron todos sus sentidos, haciéndolo arder.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó ella.
—¿Qué te he hecho yo para que me tortures así? —gimió su esposo—. Espera al menos a que termine mi baño y me acicale como debe ser antes de abalanzarte sobre mí como una tigresa hambrienta.
—No pensaba abalanzarme. Ante todo, soy una dama —protestó Katja, mordiendo sus labios.
Roderick se levantó como un resorte y la tomó en brazos.
Ella fingió resistirse, sacudiendo las piernas y riendo a carcajadas.
Aquel arrebato sería el punto de partida de una grandiosa noche que culminaría sobre el lecho que tenían a apenas unos metros, y por supuesto, el prólogo de la historia que, partiendo de ese instante, escribirían a dos manos por el resto de sus vidas.