Epílogo
La capital francesa hervía bajo la luz de la tarde, y en las aceras de Montmartre se mezclaban los perfumes de los cafés con el olor acre del óleo y el barniz fresco. Los músicos improvisaban valses en las esquinas, y desde la ventana del hotel, Roderick observaba el espectáculo.
—París no duerme —dijo, apartándose del cristal con una sonrisa—. Ni deja dormir a nadie.
Katja, reclinada sobre el diván, levantó la vista del bordado que tenía entre las manos y se acarició el abultado vientre.
—¿Ha ido bien la reunión con el galerista? —preguntó.
—Sí, bastante. Quiere incluir dos de mis paisajes en la exposición colectiva del mes próximo. Pero lo más curioso ha sido el joven que me presentó después —respondió Roderick, pensativo—. Un pintor español. Vive aquí, en Montmartre.
—¿Y qué tiene de curioso?
—Todo. Su manera de mirar las cosas, de hablar del arte, de la forma, del color... Dibuja los cuerpos como si los deshiciera y los volviera a armar desde distintos puntos de vista. Dice que la realidad no tiene un solo rostro.
—¿Y tú qué piensas?
—Su obra no busca agradar, sino sacudir. Me ha invitado mañana a su estudio, en el Bateau- Lavoir. Quiere mi opinión antes de mostrar su cuadro a Braque.
—¿Irás?
—Por supuesto. Quiero entender cómo piensa. Lo que está haciendo... es algo que aún no sé si admiro o si temo. Si tiene razón, la pintura no volverá a ser la misma. Algunos lo acusan de destruir la belleza. Otros aseguran que está reinventándola.
—¿Cómo se llama ese artista?
—Pablo Picasso. Apenas tiene veintiséis años, pero habla como si hubiera vivido siglos. Creo que el mundo empezará a verlo pronto con otros ojos.
—Eso suena peligroso.
—Tal vez lo sea —admitió él—. Esto podría ser el principio de un nuevo movimiento. Un lenguaje. Quizá incluso una revolución.
Roderick se acercó al diván. Se arrodilló junto a Katja y, con gesto reverente, apoyó la palma sobre su abdomen. Sintió, bajo la suavidad de la tela, un leve movimiento.
—Cada vez que lo toco me da una patada. Nos va a salir con carácter este bebé.
—Espero que no herede tu terquedad. No sé si el planeta resistiría a dos como tú.
Roderick dejó escapar una risita.
—Le he contado a mi padre que volverá a ser abuelo.
—¿Y no ha soltado maldiciones y conjuros contra nuestra descendencia? Vaya, el viejo Bauer se va ablandando poco a poco.
Katja le dio un manotazo y se cruzó de brazos.
—Por lo menos ya no se dirige a ti con apodos peyorativos. Vamos avanzando. Por cierto... ¿Qué sabes de Ernst?
—Me escribió hace unas semanas —contestó Roderick—. Está en Egipto, explorando tumbas y bocetando relieves antiguos. Dice que el calor lo vuelve loco, pero que las sombras del desierto le enseñan más sobre la luz que cualquier maestro de Europa.
—Qué pena que vaya a perderse la boda de Annette, si es que el señor Müller logra su propósito y la casa con alguno de los burgueses que ha respondido a su anuncio.
Roderick se sentó a sus pies, y suspiró, dubitativo. Conociendo a Annette, antes preferiría que la quemaran viva a acceder a desposarse con un mequetrefe que no supiera distinguir un libro de contabilidad de un poema.
—Annie siempre encuentra la forma de salirse con la suya —sostuvo Katja—. Aunque a veces haga falta un pequeño milagro.
—O una pequeña conspiración —replicó él, arqueando una ceja—. Con algo de suerte, conseguimos que Ernst adelante su regreso, la rapte y la salve de tener que acatar la orden de su padre.
Katja se mordió el labio inferior, divertida.
—¿Un secuestro romántico en el desierto? ¡Qué idea más descabellada!
—No necesariamente en el desierto. Podría esperarla en la estación de tren, aparecer cubierto de polvo del Sinaí y con un ramo de flores marchitas. Annette se desmayaría en el acto, no sé si de asco o de felicidad.
La joven se echó a reír.
—Confieso que he llegado a fantasear con verlos así, a los dos: Ernst, con su aire de héroe distraído; y Annette, con su temperamento imposible. Serían un desastre..., pero un desastre precioso.
—Como todos los amores que merecen la pena —dijo Roderick, guiñándole un ojo.
Una ráfaga de aire entró por la ventana, trayendo el sonido de un organillo y el murmullo de los álamos del bulevar. Katja se incorporó un poco, buscando la mano de Roderick.
—¿Sabes? Creo que nuestro bomboncito va a crecer en un mundo distinto del que conocimos.
—Eso espero —contestó él, apretándole los dedos—. Si todo sale bien, lo hará entre lienzos nuevos, entre ideas que aún no tienen nombre. Quizá un día pinte algo que ni Picasso se atreva a imaginar.
Roderick se inclinó para besarla. Afuera, el sol se hundía tras los tejados de zinc y la ciudad seguía despierta, como si el panorama estuviera a punto de reinventarse —otra vez—, pincelada a pincelada.
—Entonces, que venga pronto. No querrá perderse el comienzo de la revolución.