Capítulo 12 #3
—No te estoy robando nada, August —aseveró Roderick, tuteándole aposta para sacudir su ego—. Ni Katja ni Rosie son posesiones de las que disponer cuando lo consideres oportuno.
Bauer volvió a sentarse. Decían que la venganza se servía en plato frío, y que el último en reír reía mejor.
Echar a Roderick padre a la calle, separarlo de Katja Rose y destruir todas las pruebas de la relación de Jürgen y Mathilde no había sido suficiente.
Esa peste contagiosa transformada en seres humanos brotaba en su jardín como la mala hierba, sin ser plantada ni regada.
Si Katja se casaba con aquel mequetrefe, Rosie lo querría como a un padre, añadiría su apellido a sus documentos legales, y algún día sabría lo que había hecho su abuelo.
—¿Cuánto quieres para dejarnos tranquilos? —inquirió, prácticamente sin voz.
—¿Cómo dices?
—Todos los hombres tenemos un precio. Dime cuál es el tuyo y te firmo un cheque hoy mismo.
—No estoy en venta —siseó Roderick, irritado—.
No todos somos como tú, aunque entiendo que, en tu caso, careces de un alma con la que negociar con el diablo.
Quédate con Sohlenkunst enterita para ti.
Podrás ofrecérsela a Satanás para sobornarlo cuando cierres los ojos a esta dimensión y te halles a las puertas del averno.
August quería llorar de rabia. Chillar hasta desgañitarse.
Él carecía de los arrestos de Hans para tomar ciertas precauciones.
Si fuese su padre el que estuviese sentado en aquel sillón presidencial, habría descargado todo el cartucho de balas de su revólver en el pecho de ese jovenzuelo desvergonzado.
No replicó a los hirientes desaires de Roderick, y se limitó a bajar la cabeza y suspirar.
—Está invitado al enlace —prosiguió Weber, volviendo al trato formal mientras se distanciaba, alcanzando la salida—. Cuando tengamos una fecha concretada, le enviaremos el convite. Y..., señor Bauer...
—¿Y ahora qué?
Roderick se aseguró de decir las siguientes palabras mirando fijamente a los ojos de su enemigo. Las pronunció despacio, para cerciorarse de que el viejo le entendería.
—Si vuelve a agredir de cualquier forma a mi prometida..., aunque sea un solo bofetón..., le amputaré ambas manos con el primer objeto cortante que encuentre.
***
Kirche der Gnade [9] había sido el templo escogido por la pareja para la ceremonia que estaba a punto de celebrarse, después de ocho meses de larga espera.
En el abrazo sereno de praderas verdes y alamedas, se levantaba esta estructura resplandeciente anidada en el seno de la naturaleza, un santuario de la fe luterana, faro de piedad y bonanza en el corazón de la campiña, adornado con la elegancia eterna de la arquitectura gótica.
Rodeando la capilla, se extendía un mosaico de campos y árboles que se balanceaban suavemente, inclinados en sagrada reverencia a lo divino.
En medio del murmullo de las hojas y el canto de los pájaros, los feligreses eran recibidos por la fragancia embriagadora de las flores silvestres que crecían por todo el vergel.
Oculta dentro del carruaje que la había trasladado hasta allí, Katja inspiraba y espiraba rítmicamente, buscando relajarse.
Esa mañana, al salir de la iglesia de cuyos servicios dominicales tantas veces participó en su niñez, lo haría con un estado civil y apellido distintos, y ese sería el primero de muchos días futuros de plenitud junto al amor de su vida.
Desde su visita en diciembre del año anterior, Roderick había viajado a Vilbruck tres veces más.
Ahora que se mudaba oficialmente con ella a Sunny Hütte , su estudio estaba en manos de Ernst, aunque la sociedad que los unía aún no se había disuelto, y Katja había mostrado su conformidad con el nuevo acuerdo, hasta que Kissinger determinara cuál sería el destino de su negocio compartido.
—¿Cómo te encuentras? —cuestionó Annette, acomodada frente a la novia en la cabina—. Ese vestido te sienta muy bien. Weber va a echarse a llorar en cuanto te vea.
Katja repasó su atuendo con un rápido vistazo. Al ser su segundo matrimonio, el blanco quedaba descartado, por lo que había escogido un elegante satén color crema.
Su ramo, por supuesto, eran lirios, símbolos de pureza y paz. Rosalind llevaría los anillos, y la señorita Müller sería su dama de honor. La negativa de su padre a asistir no la afectaba tanto como creyó que lo haría, pero reconocía que la ausencia de Ingrid la había entristecido.
—Ahora mismo, no consigo definir mis sentimientos con palabras —declaró, fijándose en el encaje de sus guantes—. Madre no está.
—Y tú volverás a estar casada en unos minutos —le recordó su amiga—. ¿Seguro que quieres hacer esto?
—Amo a Rod —rebatió la chica, vehemente—.
Sé que es un riesgo, pero es uno tomado por mí.
Cuando me enteré de la historia de su enlace con Liesel, pensé que nunca podríamos estar juntos.
No obstante, su separación al fin se ha validado, y tras evaluar nuestro caso, el reverendo Becker ha accedido a bendecir nuestra unión.
No te convence, lo sé, pero tendrás infinitas oportunidades de tratarlo a partir de hoy.
Roderick se gana el corazón de todos los que lo conocen, a excepción de mi padre. Pero eso no es culpa suya.
—Si no te trata bien, lo mataré —sentenció Annette.
Katja rio.
—Te estás volviendo muy violenta últimamente.
—No bromeo, Kat.
Se oyeron unos pasos en la grava, y las jóvenes descorrieron la cortinita, asomándose por la ventanilla del coche. Annette arqueó las cejas al divisar a un caballero también rubio, bien vestido y con unos rasgos irresistiblemente apuestos, que se aproximaba.
Vaya. ¿Sería él algún pariente de Katja que no conocía o vendría de parte del novio?
—¿Y ese quién es? —musitó, inclinándose en el oído de su compañera, para que el desconocido no la oyera.
—Ernst Kissinger, amigo y socio de Roderick. Será el padrino y el segundo testigo en la firma del acta.
—¿El pintor?
—Hmm.
—¿Y para qué...?
No logró terminar la frase, porque Ernst las alcanzó y abrió la portezuela del vehículo.
—Señora —saludó, tocándose el ala del sombrero de copa—. Ha llegado el momento. Su futuro esposo la espera. ¿La acompaño?
—¿Vas a... llevarme al altar? —preguntó Katja, confusa.
—Si no tienes inconveniente. Roderick me ha dicho que el señor Bauer no acudirá, y...
Ernst no se había fijado en que había una segunda dama dentro, y al alzar la mirada, vio que unos curiosos y enormes ojos verdes lo escrutaban con sospecha. Katja procedió a introducirlos de inmediato.
—Ernst, te presento a la señorita Annette Müller, mi amiga de la infancia, dama de honor y...
—Primera testigo en la firma del acta —completó Kissinger.
La aludida miró al joven con condescendencia.
—Un placer, señorita Müller.
—Lo mismo digo.
El hombre ayudó a la novia a bajar por la escalerilla, y cuando le tendió la mano también a su acompañante, esta se negó.
—Puedo sola, gracias.
Annette se les adelantó, caminando unos metros por delante, arrastrando la cola de su vestido azulado por los guijarros esparcidos por el terreno.
—¿Le he caído mal o son imaginaciones mías? —preguntó él, contrariado, ofreciendo su brazo a Katja.
—Sabe que me ayudaste a tenderle la trampa a Liesel. No aprueba esta boda. No te lo tomes como algo personal, es así prácticamente con todos los hombres.
—¿Y por qué diablos ha aceptado ser uno de los testigos entonces?
—Porque no estar de acuerdo conmigo no impide que esté de mi parte y me respalde en lo que necesite —explicó ella—. Es uno de los seres humanos más íntegros que conozco. Y ya ha amenazado de muerte a Roderick por si se le ocurre convertirse en una versión más atractiva de Thomas.
Ernst hizo una mueca de desagrado que arrancó una risita jovial a la mujer. Se detuvieron en el umbral de entrada a la iglesia, y Kissinger dijo:
—Ahí detrás, impaciente por verte, está tu felicidad, apuesto por ello. Que Dios te bendiga, Katja.
Cruzaron las puertas abiertas y, mientras desfilaban por el pasillo alfombrado, ella reparó en que Ingrid estaba de pie al fondo de la sala, vestida de gala, contemplándola con lágrimas en los ojos.
Le sonrió, agradeciendo su presencia. Desvió después la mirada a su prometido, y suspiró al comprobar lo guapo que estaba con aquel sobrio traje negro y el cravat de color granate.
Weber no le quitó la vista de encima durante todo el recorrido, y la observaba emocionado. Al llegar a su altura, Ernst se apartó y se colocó al lado de Roderick, mientras Annette ocupaba su puesto junto a Katja.
Los invitados que acudieron a la ceremonia eran apenas una veintena de personas entre conocidos, amigos y familia.
Una celebración sencilla e íntima, tal y como ambos habían deseado desde el comienzo.
Tras el discurso de bienvenida del reverendo Becker, cantaron algunos himnos y luego procedieron a la lectura bíblica (seguida de un breve sermón) y a la pronunciación de los votos.
Obedeciendo a la señal de la dama de honor, Rosalind se acercó con el cojín que contenía las alianzas, y Katja retuvo las lágrimas, conmovida, cuando Roderick se inclinó y, tomando la alhaja, acarició la mejilla de la niña y le guiñó un ojo.
Le introdujo el anillo en el dedo, besó el dorso de su mano, y la joven imitó su gesto.
El pastor entonces hizo una oración bendiciendo a la pareja y los despidió en paz, no sin antes darle permiso al novio para besar a su ahora recién declarada esposa.