Capítulo 12 #2
—Claro que te quiero, Roderick —confesó la joven finalmente—. Pero los obstáculos que se nos van a presentar en el camino podrían matar lo que sentimos y acabar con nosotros. Y yo... no puedo más. Mis brazos están cansados de tratar de mantenerme a flote.
—Entonces deja que yo te sostenga —dijo él, acortando la distancia que los separaba y estrechándola contra su pecho—. Deja que te ame y te cure las heridas. Yo seré tu escudo, y tú serás el mío.
Ella recorrió con los dedos la costura de su chaleco, cerró el puño alrededor de la tela y tiró del hombre, haciéndolo inclinarse hasta sus labios. Antes de que estos se tocaran, susurró:
—¿Tienes alguna esposa más escondida bajo la manga?
—Te prometo que Liesel era la única, madame —alegó Weber, solemne—. Y tú serás la siguiente, si me lo permites.
—Desde luego que te lo permito, caballero. Pero yo, al contrario que esa pérfida cazafortunas, no pienso concederte el divorcio.
—¿Me obligarás a quedarme hasta que la muerte nos separe?
Katja rodeó su cuello con los brazos y lo besó. Fue un beso anegado de anhelo y nostalgia, un abrazo vibrante donde no había espacio para la duda ni para el temor; solo la certeza de estar donde debían, buscando saciar una sed que hallaba sosiego únicamente en la mutua entrega.
—Te he echado tanto de menos —gimió ella, reclinando la cabeza y balbuciendo atropelladamente—. A veces temía que aparecieras, y otras, que no lo hicieras nunca. Mis noches han sido tan frías, solitarias y oscuras...
Apoyó la frente en su hombro, sintiendo la calidez de su cuerpo y el ritmo cadencioso de su respiración. Quiso continuar hablando, pero las palabras se le antojaron frágiles, incapaces de abarcar lo que sentía.
—No deseo arrastrarte a otra vida —declaró él—. No sería justo alejarte de tus raíces, como hizo Thomas. Quiero aprender a adaptarme a tu mundo, no imponerte el mío. Baviera será nuestro punto de partida, y no me moveré de aquí mientras pueda construir algo sólido contigo.
—Entonces... ¿te quedarás? Mi padre no te lo va a poner fácil.
—No temo a August. Su desprecio no podrá quebrarme. Y si intenta un enfrentamiento, lo hará sabiendo que no cedo terreno cuando se trata de mi felicidad.
Un chillido seguido de risas infantiles les llegó desde el otro lado de la pared. Katja se separó de Roderick, lo tomó de la mano y tiró de él, diciendo:
—Pero antes de decidir si me conviene tu oferta, deberás pasar un exigente control de calidad.
—¿A quién tengo que impresionar para ello?
Katja rio, giró el pomo de la puerta y salió con él al corredor.
—Ven, te presentaré a Rosalind, la experta en mazapanes de Sunny Hütte. Prepárate, porque aquí los estándares son muy altos.
***
Era la primera vez que ponía un pie en Sohlenkunst, y le sobrevino un sentimiento de pura aprensión que sacudió por completo su entereza, haciéndole sentirse tan pequeño e insignificante como una hormiga.
Katja había aceptado convertirse en su esposa y por fin había conocido a Rosalind, una criatura encantadora de espíritu animoso y carácter risueño, y nada podría estropear la explosiva dicha que le desbordaba, pero aún quedaba un gigante al que vencer en el campo de batalla: la animadversión de August Bauer y su empeño en barrer del mapa a quien él, en su delirio, consideraba un peligro para su continuidad como director al frente de la fábrica que tanto adoraba.
Entró en el coloso industrial que alimentaba las ambiciones de la emergente ciudad.
Los ríos de trabajadores, ataviados con monótonos overoles y gorros de tonos amarronados, fluían hacia las puertas de la factoría, ansiosos por dar inicio a una nueva jornada de labor.
El bullicio de voces y el traqueteo de carros cargados de materiales completaban el telón sonoro que envolvía el lugar, y Roderick, inspirando hondo, avanzó por el corredor principal, pidiendo a uno de los recaderos que le indicara en qué parte quedaba el despacho del presidente.
El secretario de August lo vio acercarse, se levantó de su asiento y preguntó el motivo de su visita. Weber le dio su nombre, mas en vez de esperar a ser llamado, lo siguió a la oficina y se asomó detrás del subalterno en cuanto este pidió permiso a su jefe para pasar.
Al divisar a aquel desconocido alto, atractivo y fornido, August primero se mostró molesto por la intrusión, pero sus facciones le trajeron a la memoria muchas vivencias de juventud, llevándolo a reconocerlo sin que tuviera que abrir siquiera la boca.
Su asistente le hablaba, pero él había dejado de oírlo.
No podía quitarle los ojos de encima a Roderick.
—Déjanos solos, Klein.
—Pero, señor Bauer, tiene una cita con el gerente del Deutsche Bank a las diez y media...
—Cancélala —ladró el anciano—. Esa y la siguiente. Voy a estar ocupado con asuntos más importantes.
Klein observó de reojo al visitante y luego al patrón. Este tenía las mejillas encendidas, y su mirada irradiaba un extraño destello a camino entre la sorpresa y la ira. ¿Sería aquel joven algún acreedor o un antiguo trabajador de la fábrica?
—Sí, señor —contestó el pasante.
—Y si viene alguien más, dile que no estoy —completó Bauer—. No quiero interrupciones.
—Como usted mande.
Klein se retiró, cerrando detrás suyo, y Roderick entró en el despacho. August se abstuvo de ofrecerle asiento, y gruñó:
—El parecido que tienes con tu padre es casi obsceno.
—Lo tomaré como un cumplido.
—No pretendo elogiarte, lo sabes bien.
Los labios de Weber se estiraron en una sonrisa mordaz. Estaba preparado para defenderse de toda la artillería con la que Bauer deseara tirotearlo. Sus flechas envenenadas no le harían daño a su pellejo engrosado y curtido por los años de penurias y aflicción.
—¿Qué quieres, mocoso?
—Explicaciones —declaró Roderick—. Sé que no me dará ninguna y que es una pérdida de tiempo, pero se lo debo a Katja.
—No tutees a mi hija como si fuerais compañeros de colegio —bufó August—. Ella no es ni será nada tuyo.
—Es mi prima en segundo grado, y pronto será mi mujer.
El rostro del viejo pasó del escarlata al blanco mortecino en segundos.
—¿Qué clase de broma es esta?
—No es ninguna inocentada. Pensamos celebrar la boda en la iglesia luterana de Vilbruck el año que viene a lo más tardar.
August buscó a tientas su sillón y se desplomó en él.
De los cientos de escenarios que había imaginado en su reencuentro con los Weber, si algún día se producía, este era el peor de todos.
Parecía que una especie de maldición generacional lo perseguía.
En el pasado fueron Jürgen y Mathilde, luego Roderick y Katja Rose, y ahora... su propia hija.
—¿Piensas que así lograrás echar mano de Sohlenkunst?
¿A través de una unión marital con mi única heredera?
—vomitó el patriarca, inclinándose hacia adelante—.
No vais a rendiros, ¿verdad? Primero, el hermano juerguista de mi padre nos obliga a dar la bienvenida a la familia a una advenediza sureña, con la que se casó motivado por la sublevación contra los designios de sus parientes, y...
—Reconoce entonces que sí hubo una ceremonia legal —intervino Roderick—. Por lo tanto, mi padre también es un Bauer. Usted lo supo desde el primer momento.
—¿Qué más da que lo supiera?
—No esperaron ni a que se enfriara el cadáver de Jürgen, y expulsaron de su casa a su viuda y a su hijo nonato. Ella lo lloró durante años. Nunca volvió a casarse.
—¿Esperas que me conmueva la versión de esa puta?
El joven dio un puñetazo sobre la mesa, y August pegó un salto en su silla, amedrentado.
Ese era el modus operandi de los cobardes.
Instigar a la violencia y luego victimizarse.
Bauer llamaría a los guardias y estos lo arrestarían por intento de agresión.
No caería en su trampa. Él no era Thomas Bramwell.
—No apelo a su compasión, porque no la posee —enfatizó—. Ni mi prometida ni yo necesitamos la fortuna que ha estado amontonando desde que Hans le traspasó una empresa que debió estar en manos de Jürgen y, después, de su descendencia. Se puede meter su dinero por donde le quepa.
—¿Entonces qué haces aquí?
—Solicitar la mano de Katja.
August soltó una sonora carcajada. Roderick permaneció serio, sin mover un músculo.
—Tienes un sentido del humor inigualable, muchacho.
—No. Simplemente, soy mejor persona que usted.
—Katja no va a heredar la fábrica. Y no te concedo su mano. Ahórrate el formalismo.
—Lo hago por ella. Porque el hombre con el que la obligó a desposarse no le tuvo ni una milésima parte del respeto y el amor que yo le tengo.
—Qué enternecedor. Pero no tienes derecho a juzgarme. Ni a mí ni a su madre. Si hubiera sabido que la golpeaba, la hubiera arrancado de sus garras.
Roderick quiso reírse, pero se refrenó. El tiempo que Katja pasó en Inglaterra, encerrada en su hogar en Birmingham, durante el cual no pudo visitar a sus padres en una sola ocasión, habría sido una advertencia más que clara de que algo terrible sucedía en el hogar de los Bramwell.
La negativa de su marido a costear su viaje a Alemania para asistir al entierro de Katja Rose, su escasa correspondencia...
Estando aún en Rothenburg, le contó que, una vez, Thomas la forzó a un ayuno de dos días de duración porque su cintura se había ensanchado tras el embarazo de Rosie.
En el fondo, August era conocedor de la naturaleza del engendro al que había entregado su mayor tesoro.
Que no quisiera reconocerlo era otra cosa.
—Voy a dar mi apellido a Rosalind —dijo, aguardando la reacción de su futuro suegro.
—¡Ni se te ocurra! —vociferó August, levantándose y señalándolo con el índice—. ¡La niña es mi nieta!
—Sé que no puedo adoptarla y convertirla en mi hija con todas las de la ley, puesto que fue reconocida por Thomas. Una lástima. Pero en la práctica, me encargaré de ser el único padre que recuerde cuando crezca.
—¡Arribista insolente! ¡No puedes quitarme mi empresa e intentas robarme a mi familia!