El lienzo de tus sueños Capítulo 12
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Capítulo 12

La nieve había caído durante toda la noche, y el pueblo amaneció envuelto en una claridad perlada que suavizaba los contornos de las casas y hacía brillar como cristales las ramas desnudas de los tilos.

Los tejados lucían un espesor blanco y pulcro, y los caminos que conducían a la plaza principal se abrían entre huellas recientes, dispersas como notas en una partitura.

Katja avanzaba por el pavimento escurridizo junto a Rosalind, sosteniéndole la mano enguantada, y a su alrededor, el aire olía a pino fresco, a cera derretida y a pan de especias.

El mercado navideño ocupaba todo el corazón de la villa: una sucesión de casetas de madera decoradas con guirnaldas, ramas de abeto y cintas rojas, donde los comerciantes ofrecían figurillas talladas, dulces de miel, juguetes de hojalata y velas con aromas de canela.

Los niños corrían entre los puestos, deslumbrados por el tintineo de las campanillas y las voces que entonaban villancicos.

Desde una esquina llegaba el sonido áspero de un violín, y Katja creyó reconocer en su melodía la nostalgia de un invierno lejano, cuando aún creía en la inocencia de las fiestas.

Rosalind, con las mejillas arreboladas y los rizos cubiertos de copos, tiraba suavemente de su abrigo.

Quería probar un mazapán, mirar las muñecas de trapo y observar el tren de madera que daba vueltas incansables sobre una vía diminuta.

Katja sonrió ante la impaciencia de su hija y dejó que la condujera hacia el puesto de dulces; sin embargo, mientras el vendedor envolvía los mazapanes en un papel encerado, su pensamiento se deslizó lejos del bullicio, hacia una ausencia que la acompañaba desde el final del verano.

No sabía nada de Roderick desde la última vez que hablaron.

Cada día, al regresar a casa, abría el buzón con una esperanza que ya comenzaba a parecerle infantil, y aun así, persistía.

Esperaba una carta. Una sola línea, acaso una fecha, una señal de que seguía pensando en ella.

Pero los meses transcurrían sin noticias, y el silencio era ahora un peso más severo que el propio frío.

—Mamá —dijo Rosalind mientras se arreglaba la bufanda—, ¿recuerdas que fräulein Schulz trabajó un tiempo en Possenhofen?

—Por supuesto —respondió Katja, ajustándole el gorro—. Siempre habla del castillo con mucha nostalgia.

—Pues me contó una cosa muy curiosa antes de marcharse a ver a sus parientes —continuó la criatura, jugueteando con un pequeño charco helado—. Cada Nochebuena, el guardia de correos traía una carta desde Viena dirigida al mayordomo. Era una felicitación firmada por la emperatriz.

Katja elevó las cejas, interesada.

—Qué detalle tan hermoso.

—Sí. Y un año, fräulein Schulz se atrevió a escribirle una postal, deseándole buena salud, un invierno apacible y un feliz cumpleaños.

—¿Y Sissi respondió?

—¡Claro! —exclamó Rosie, emocionada—. Le envió una tarjeta con un ramo de violetas dibujado. Ella la guarda aún, dentro de un misal.

Katja sonrió, conmovida. Tomó su pedido de manos del tendero y se alejó con la niña y su bolsita de mazapanes.

—Esa nota vale más que una condecoración imperial.

—Dice que la relee cada 24 de diciembre, como si la emperatriz siguiera viva.

Se detuvieron frente a un puesto donde colgaban estrellas de paja y corazones de tela bordada.

—Annette nos espera esta tarde para ir a patinar —recordó la dama—. Después tomaremos chocolate caliente, ¿te apetece?

—¡Me apunto! Pero primero quiero comprar una estrella, para regalársela a fräulein Schulz cuando vuelva, antes del Dreikönigstag [8] .

—Escógela tú, querida. Que brille tanto como la que guio a los Reyes.

Rosalind se decantó por la estrella más delicada: una figura trenzada con hilo de plata que centelleaba bajo la luz de los faroles. Luego madre e hija se encaminaron hacia el coche que aguardaba al final de la calle principal.

El vehículo, un Benz de dos plazas con capota de lona y faros de cobre, destacaba entre los carruajes tirados por caballos.

Algunos transeúntes se detenían a contemplar con abierta fascinación aquel artilugio que resoplaba vapor y olía a aceite.

Katja sintió sus miradas, pero no se amilanó.

Había aprendido a conducir bajo la paciente guía de Annette, en los caminos que bordeaban el lago, y aunque todavía le temblaban las manos al girar la manivela, no podía negar la emoción que le producía dominar aquella máquina nueva.

—¿Y si se cala, mamá? —preguntó Rosalind, acomodándose junto a ella bajo una manta de viaje.

—Entonces lo volveremos a encender.

El motor tosió dos veces antes de arrancar.

El coche avanzó a trompicones, dejando tras de sí un sendero oscuro sobre la nieve.

Los cascos de los caballos resonaban a lo lejos, como el eco de un mundo que se desvanecía.

El viento les azotaba el rostro, y el olor a invierno se colaba por cada costura de sus abrigos.

A medida que se alejaban del mercado, las luces del pueblo se fueron difuminando entre la bruma.

Katja mantenía la vista fija al frente, concentrada en el traqueteo del automóvil y en el parpadeo del faro derecho, que titilaba de manera irregular.

Rosalind, entretanto, observaba embelesada los campos dormidos bajo la nieve, los setos cubiertos de escarcha y las chimeneas que humeaban en la distancia.

Cuando por fin divisaron las verjas de Sunny Hütte, el cielo había adquirido un radiante tono rosado. Katja detuvo el coche frente al portón y apagó el motor.

—¿Ves? —dijo la mujer, soltando el volante—. Ni un solo contratiempo.

—Creí que nos iba a dejar tiradas, pero hemos llegado sanas y salvas —replicó Rosalind, plantándole un beso en la frente.

Subieron la escalinata y entraron en la casa, donde el aire tibio y el olor a leña las envolvieron de inmediato. Desde la cocina llegaba el chasquido del fuego, y el reloj del vestíbulo marcaba las once y media. Mielke apareció al instante, visiblemente alterada.

—¡Señora Bramwell! —exclamó—. Gracias al cielo que han vuelto.

—¿Qué ocurre, Mielke? —preguntó Katja, quitándose los guantes.

La sirvienta dudó antes de hablar. Sus ojos, normalmente dulces, reflejaban ahora una mezcla de nerviosismo y expectación.

—Hay un visitante en la salita de invierno, señora.

—¿Un visitante? ¿A estas horas? —repitió el ama, sorprendida.

—Así es. Llegó hace cosa de treinta minutos. No quiso dar su nombre... solo pidió esperarla.

Katja sintió cómo el desasosiego le recorría el pecho. Se volvió hacia Rosalind, que la miraba esperando instrucciones.

—Acompaña a Mielke a la cocina, cariño. Ve poniendo los mazapanes en un plato.

—¿Quién será? —preguntó la niña en voz baja.

—No lo sé todavía —replicó su madre, procurando sonreír—, pero lo averiguaré enseguida.

Katja cruzó el pasillo cautelosa, aún sin saber qué esperar.

El murmullo de la lumbre le llegó antes que la visión del visitante, y el aire tibio de la salita le rozó el rostro.

Junto a la ventana, de espaldas, un hombre observaba el jardín nevado.

Katja se detuvo, y el corazón le dio un salto.

Cuando él se volvió, una leve sonrisa bastó para desarmarla.

—Roderick.

***

—Así que este es el retrato culpable de que nos hayamos conocido —dijo él, señalando el cuadro colgado sobre la repisa—. Vives aquí con tu hija.

Katja cerró la puerta tras de sí, intentando dominar el temblor que escalaba por sus manos. En el lienzo, la figura de Katja Rose parecía mirarlos como si aprobara aquel encuentro.

—Es mi manera de estar cerca de ella. Y me otorga independencia y solaz. Ni en un millón de años habría esperado verte en esta casa.

—¿Dónde está la niña?

—En las cocinas, con mi doncella. Pensé... que no volveríamos a vernos.

—Tú misma lo pediste —repuso Roderick, sin reproche—. Que no te buscara.

Katja bajó la vista, intentando dominar su agitación.

Las semanas de espera volvieron a su mente como un murmullo persistente: los días que pasaban sin noticias, las esquelas que comenzó y rompió antes de terminar, las noches de absoluta soledad.

Todo aquel sosiego, tan largo y denso, parecía ahora latir entre ellos con la fuerza de lo no dicho.

—Y, sin embargo, estás aquí.

—Decidí no hacerte caso —admitió Weber—. La añoranza dolía demasiado. Fingir que podía olvidarte fue inútil.

—Eres incorregible... hasta cuando tienes razón.

La joven se apartó un poco, simulando alisar el mantel de la mesa baja, pero no pudo ocultar la emoción que le vibraba en la voz.

—Liesel ha firmado los papeles. Iba a escribirte para contártelo, pero pensé que sería más adecuado hacerlo en persona.

—Felicitaciones. Ya eres libre.

Roderick negó con la cabeza.

—Creo... que esa aseveración no es del todo exacta —indicó, dando un paso hacia su objetivo.

—Pero si acabas de decir..., bueno, sé que el divorcio tardará unos meses en hacerse efectivo, mas...

—Y es el único motivo que me impide ponerme de rodillas ahora mismo.

—¿Qué?

—Sé que haberte ocultado lo de Liesel te ha hecho perder la confianza en mí —prosiguió él—.

Merezco que desees salir de mi vida. Pero no quiero dejarte ir sin luchar, ¿me entiendes?

Me niego a repetir el error de mi padre.

Debió buscar a Katja Rose, averiguar la verdad, resistirse a creer que ella lo había olvidado tan fácilmente.

Tú también me quieres. Nadie se entrega de la manera que tú lo hiciste sin comprometer su corazón.

Contigo he descubierto la plenitud del amor verdadero, y en tus brazos encuentro la paz que anhelo, la felicidad que busco y la pasión que me consume. Solo te pido que me esperes. Solo eso.

Katja tendría que haberse opuesto a su propuesta, pues era lo que su sentido común le exigía a gritos, pero la cobardía que selló sus labios no fue capaz de dominar sus ojos, y las lágrimas brotaron de ellos, imparables.