El lienzo de tus sueños Capítulo 11 #4
89%

Capítulo 11 #4

Roderick tomó el cartapacio que su esposa le extendía.

Su mirada se detuvo unos segundos en los ojos de Liesel, en los que en otro tiempo creyó ser capaz de ver lo mejor de sí mismo cuando en realidad estos solo reflejaban una ambición desmedida.

Durante años, Liesel había sido su norte, su voz secreta, la llama que lo mantenía despierto incluso cuando todo lo demás se derrumbaba.

Su partida lo dejó convertido en un montón de escombros, y lo peor no fue el derrumbe, sino el eco que persistió durante tanto tiempo después, recordándole que ya no quedaba nadie que pudiera reconstruirlo.

Y entonces llegó ella.

Como una aparición inverosímil en mitad del páramo, como un rayo de luz que lo inundaba todo.

Con ella, el caos interior halló orden, las paredes mudas se llenaron de música, y el hombre que había olvidado cómo se amaba comenzó a recordar.

Su presencia fue como una tormenta tropical que no se anuncia, y ahora que se había ido, lo único que quedaba era el vacío.

Un abismo insondable que su esposa, con toda su retórica y sus provocaciones, jamás podría comprender.

—¿Sabes qué es lo más triste de todo, Liesel? —sentenció—. Que durante años pensé que tú habías sido la herida. Pero hoy me doy cuenta de que no fuiste más que el cuchillo que la causó.

No hubo respuesta.

—¿Qué es esto que me entregas? —Quiso saber él, al tiempo que deslizaba los dedos por la solapa de la carpeta, abriéndola receloso—. ¿Acaso más deudas por saldar?

—Tu demanda de divorcio —declaró ella—. Ya está firmada.

—¿Me devuelves la libertad? ¿Por qué? —musitó, incrédulo—. Te he rogado incontables veces que zanjáramos este vínculo legal. Nunca quisiste escucharme.

—Porque, por fin, lo comprendo —dijo Liesel, cruzándose de brazos—. Lo nuestro fue un pacto tácito, un juego que dejó de divertirme. Katja Grosley me abrió los ojos, aunque no fuera esa su intención. Me reveló tu engaño con tanta franqueza que no me quedó más remedio que rendirme a la evidencia.

—¿Engaño? —Roderick frunció el ceño, aún procesando la acusación.

—No finjas sorpresa. Nos prometiste el mundo cuando sabías que no poseías ni una parcela en él.

Me gustabas lo bastante para pasar buenos ratos, Rod, pero nunca para formar una vida verdadera.

Me casé contigo por ambición, sí, y tú me envolviste con fantasías que no pensabas cumplir.

Al menos estamos en paz: tú, con tus fracasos; yo, con mi penitencia.

—Te quise, Liesel. Más de lo que crees.

—A tu manera, quizá. Siento lástima por ti. Aun así, espero que encuentres a alguien que te ame como deseas, sin necesidad de fingir. Ernst me entregó el sobre de tu parte. Gracias por tu ayuda.

Le rozó la mejilla con los labios, un gesto tan vacío como significativo, un adiós más simbólico que afectuoso. Él recibió aquel roce como quien acoge un beso de Judas: con resignación, sin rencor, sabiendo que el final era inevitable.

De camino al estudio, cruzando la plaza empedrada de Marktplatz , una voz conocida lo sacó de sus pensamientos.

—Dime que lo tienes, hermano. Dime que lo has conseguido —clamó Kissinger, con el entusiasmo propio de quien ha apostado fuerte y vencido.

Roderick alzó el cartapacio como un trofeo improvisado. Ernst se abalanzó sobre él, estrechándolo jubiloso.

—¡Ha funcionado! ¡Por fin! Confieso que dudaba de que la actuación de tu palomita surtiera efecto, pero... ¡qué talento, madre mía!

—La próxima vez que maquines una conjura contra mi esposa, al menos avísame —bromeó Weber, dándole un codazo—. Casi arruino el plan con mi desconcierto. Por suerte, recordé tus palabras justo a tiempo.

—Esa fue la clave. Tu sorpresa fue genuina, y Liesel lo notó. No hay mejor artimaña que la espontaneidad.

—Mencionó un sobre...

—Un incentivo para desaparecer de tu vida —explicó Ernst—. No fue un soborno, si es lo que temes. Fue... una despedida con dignidad.

—¿Le diste dinero?

—Sí.

—¿Cuánto?

—El importe íntegro de El vuelo del abejorro .

Roderick empalideció.

—¡Ernst! Ese es tu cuadro más valioso. No puedo aceptarlo.

—Lo has aceptado ya, amigo. No hay marcha atrás.

—Te lo devolveré. Con creces.

—Considéralo una ofrenda por tu libertad.

Además, ¿sabes por qué lo pinté? Por una vieja historia que escuché de niño.

Dicen que el abejorro no debería poder volar.

Sus alas son demasiado pequeñas para su voluminoso cuerpecito.

Pero nadie le ha explicado que es imposible...

así que vuela igual. Cargas con más peso del que cualquiera podría soportar, y sin embargo sigues en pie.

Te empeñas en desafiar la gravedad de tu pasado, tus errores, tus pérdidas.

Tal vez no vueles alto, pero vuelas. Y eso basta.

Weber se quedó inmóvil unos segundos, como si el eco de esas afirmaciones resonara en lo más hondo de su alma. Luego asintió sin pronunciar palabra.

—Sé lo que Katja Bramwell significa para ti —dijo su colega—. No vayas a su encuentro con las manos vacías la próxima vez que la veas. Hacedles justicia a tu padre y a Katja Rose, y vivid la vida que ellos hubieran querido para sí.