El lienzo de tus sueños Capítulo 11 #3
86%

Capítulo 11 #3

Un breve silencio cayó entre ellas, cargado de nostalgia.

Recordaron cómo, siete años atrás, la emperatriz Isabel de Baviera fue víctima de un atentado que conmocionó a toda Europa.

Luigi Lucheni, un anarquista italiano, la apuñaló con una lima de aguja en el corazón, mientras salía de su hotel Beau-Rivage en Ginebra para dar un paseo tranquilo.

El asesinato, motivado por la rabia hacia la aristocracia y el odio hacia las monarquías, truncó abruptamente la vida de una mujer que había luchado por mantener su libertad en un mundo de rigideces.

La noticia les causó profunda tristeza, no solo por la pérdida de una figura tan emblemática, sino también por la brutalidad y el sinsentido de aquel crimen.

Annette se incorporó y, al alisar las arrugas de su falda, expresó:

—¡Fantástico! ¿Cuándo llegará?

Katja la imitó, y juntas recogieron la vajilla, doblaron la manta y tomaron la cesta con los restos del pícnic.

—En dos semanas —informó—. Por fin puedo tachar otra tarea de mi lista. Es la segunda buena noticia que recibo en pocos días desde mi regreso a Vilbruck, y confío en que no sea la última.

Mientras se encaminaban hacia la casa, empezaron a hacer planes relacionados con la llegada de fräulein Schulz.

Su contratación representaba no solo la esperanza de una educación digna para Rosalind, sino también un símbolo de nuevos comienzos en medio de las ruinas emocionales que la familia Bauer arrastraba.

El aire estaba impregnado de promesas, como si la brisa que acariciaba los árboles anunciara un futuro más luminoso, pese a las sombras que aún pendían sobre ellas.

Katja sabía que, aunque el camino fuera arduo, no estaba sola. A su lado, Annie, siempre leal, ofrecía un refugio seguro. Y en el horizonte, más allá de las disputas familiares y las heridas abiertas, se perfilaba un porvenir donde la justicia y la paz podrían, finalmente, instaurarse.

***

En la plácida brisa vespertina, el valle del río Tauber se desplegaba ante Roderick y Liesel como un retablo bordado con los filamentos dorados del sol poniente.

Las colinas ondulantes parecían suspirar con cada soplo del viento, y las sombras alargadas de los árboles, alineados a orillas del afluente del Meno, se disolvían lentamente en el verdor de los prados, donde el día se extinguía sin estridencias.

El murmullo del agua, constante y sereno, se confundía con el crujido de la grava bajo sus botas.

Caminaban sin rumbo definido, pero con una certeza tácita de que debían hacerlo juntos, aunque sus pensamientos transitaran por senderos opuestos.

Roderick se detuvo junto al cauce y, con los ojos fijos en el discurrir hipnótico de la corriente, sintió una punzada conocida: ese dolor silente que solo despiertan las cosas perdidas para siempre.

A su lado, Liesel se mantenía erguida, la mirada absorta en un punto indefinido del horizonte.

Katja había partido días atrás rumbo a Bremen, llevándose consigo el eco de una despedida jamás pronunciada.

Ni siquiera le había permitido verla antes de irse.

A través de Ernst, le había hecho llegar una nota breve y sin adornos, en la que le rogaba que no la buscara, y anunciaba que, llegado el momento, Liesel se pondría en contacto.

Ese mensaje escueto, tan propio de ella, había sido su veredicto final.

Aquella resolución no le sorprendía, y sin embargo, lo desgarraba.

Sabía que no merecía redención, pero había esperado, al menos, la oportunidad de tocarla una vez más, de oír su voz sin la mediación de la rabia o el reproche.

Había deseado, aunque fuese por unos segundos, una tregua.

Pero los Weber —como ya lo intuía con amarga resignación— parecían condenados por un designio funesto que les negaba el consuelo del amor correspondido.

Tres generaciones, tres vidas rotas, tres corazones malversados por promesas que no pudieron cumplirse.

—¿Piensas en esa mujer? —preguntó Liesel, removiendo con la punta de su bota los guijarros del camino.

Portaba un cartapacio bajo el brazo, que sujetaba con rigidez, como si resguardara en él algo más que papeles.

En la otra mano, una sombrilla de encaje se balanceaba con indolencia, sujeta apenas por los dedos finos que ahora temblaban levemente.

—¿Desde cuándo te interesa lo que yo piense? —replicó él, sin mirarla, con una amargura que no consiguió disimular.

—Desde que me resultó imposible ignorarlo —respondió ella—. Desde que aparecí en tu estudio aquella tarde, apenas propusiste que nos viéramos. Fue como si una fuerza invisible me empujara allí... como si algo me lo advirtiera.

—¿Advertirte de qué?

—De que esa boda no debía celebrarse.

Él la miró entonces, sorprendido, con una expresión donde se mezclaban la incredulidad y una creciente sospecha. ¿Boda? ¿Qué boda?

—La sedujiste con una historia muy parecida a la que me contaste a mí —añadió Liesel, clavando en él una mirada severa y herida—.

Le hablaste de una herencia, de una vida futura imposible de alcanzar, de un compromiso saboteado por terceros.

La misma fábula, Rod. Dime la verdad: ¿alguna vez me amaste o solo dijiste lo necesario para meterte bajo mis faldas?

Sus palabras lo golpearon como una ráfaga helada. Roderick frunció los labios, conteniéndose. La ira, el desconcierto, la humillación: todo se arremolinaba en su pecho, pero no hallaba la grieta por dónde escaparse. ¿Cómo podía ella acusarlo de algo tan vil, tan deliberadamente retorcido?

Él no le había propuesto nada a Katja. No por falta de deseo, sino por una comprensión tajante de sus propias limitaciones.

Desde el principio supo que lo que sentía por esa joven tan distinta, tan intuitiva, era demasiado grande para enjaularlo en un contrato, en un apellido, en la solemnidad de una ceremonia que nunca podría ofrecerle sin traicionarse.

Ernst tenía razón: un desenlace favorable era imposible.

Y lo seguiría siendo, por mucho que doliera.

—No le prometí nada que no fuera verdad —dijo por fin—. Y a ti tampoco.

Pero Liesel ya se había vuelto hacia el río. Las aguas seguían su curso, ajenas a las ruinas que dejaban tras de sí.

—Ignoro qué nuevos embustes pretendes atribuirme ahora —replicó Roderick con tono cansado, como quien asiste a una representación cuyo guion conoce de memoria—.

Eres una arpía inteligente, Liesel. Inventas tragedias con la misma ligereza con que cambias de amante.

Sé concisa, por favor. Dime para qué me has traído aquí y ahórrame el tedio.

—He escuchado que se marchó. Katja. ¿No era ese su nombre?

—Responde a mi pregunta —insistió Weber, sin alterar el gesto.

—No sin que antes tú contestes a la mía—retrucó ella, con ese aire altivo que reservaba para las batallas verbales—.

La señorita Grosley me citó en el cementerio y me contó lo que has hecho.

Según sus propias palabras, viniste a prometerle una vida de riquezas, amparado en una herencia inventada y en la ilusión de un porvenir compartido.

Y todo era mentira. Lo mismo que hiciste conmigo, con la salvedad de que entonces yo era lo bastante joven —y tonta— para creerte.

Roderick parpadeó, desconcertado. Por un instante no supo si reírse o echarse a llorar.

¿Acaso Katja había tramado aquella fábula para herirlo aún más?

¿O era Ernst el autor intelectual de semejante pantomima?

Una punzada le atravesó el pecho al recordar las ambiguas palabras de su socio durante la exposición de Würzburg, frases que en aquel momento le parecieron vagas y que ahora adquirían un cariz premeditado.

Estaba claro que habían decidido orquestar un drama perfecto, sin necesidad de consultar con el protagonista.

«Déjamela a mí».

¿Había dicho... Grosley? ¿Qué diablos...?

—Un ardid viejo como el mundo... y que funcionó contigo —declaró él con sorna, aceptando entrar en el juego que ella proponía—. No sé de qué te quejas. A ti te bastó para llevar mi apellido, ¿no es así? ¿O prefieres que hablemos de cuántas veces has hecho lo mismo con otros?

—Aprendí del mejor —rebatió Liesel—. Me envolviste en tus patrañas, y cuando decidí que no quería seguir viviendo en tu burbuja de pobreza y desengaños, te volviste patético.

Repetiste la fórmula una y otra vez con cada jovencita que tenía la desgracia de admirar tus cuadros y tus mejillas bien afeitadas.

¡Qué patético es el hombre que se cree original cuando en realidad no ha cambiado de disfraz en siglos!