Capítulo 11 #2
—¿Y sabes qué? Tú, que llamaste «oportunista» a Roderick, ¿te has mirado al espejo?
Porque resulta que ese «parásito» tuvo un hijo.
Un hijo que no solo heredó los ojos de tu enemigo, sino también su nombre y su talento.
Un hijo que creció al margen de esta casa, lejos de la familia que le negó su lugar.
Y he dormido en su cama, padre. He amado al fruto de aquel al que tú condenaste al olvido.
La bofetada llegó como un trueno. El impacto fue brutal, seco, y derribó a Katja como un vendaval.
Cayó sobre la hierba, sin emitir sonido alguno.
Ingrid gritó, arrodillándose de inmediato junto a ella, protegiendo su cuerpo con el suyo, como si pudiera amortiguar el daño que su marido acababa de infligirle.
August permaneció de pie, con la palma enrojecida por la violencia de su gesto y el pecho agitado por el torbellino de emociones que se le había ido de las manos.
—Si has osado involucrarte con la descendencia de esa rata, despídete de figurar en mi testamento —gruñó, con voz cavernosa, sin atreverse a acercarse a su hija.
La joven se llevó la mano al pómulo, notando el calor punzante del golpe. Luego alzó la mirada, sus ojos brillando con lágrimas contenidas, pero también con una resolución feroz.
—Borraré mi nombre de ese testamento con gusto —espetó—.
Tía Katja Rose me conocía mejor que tú. Ella me legó Sunny Hütte y todos sus bienes porque supo reconocer en mí algo que tú jamás quisiste ver: dignidad.
Quédate con tu fábrica, con tus recuerdos, con tus cenizas.
Sohlenkunst puede irse al mismísimo infierno. Y tú, detrás.
Con la ayuda de su madre, Katja se puso de pie.
Se sacudió la falda con gesto lento pero decidido, como si quisiera desprenderse no solo del polvo del jardín, sino también de toda una vida de mentiras, de sumisión, de heridas antiguas.
Después, sin mirar atrás, echó a andar, dispuesta a marcharse para siempre, dejando tras de sí la estela de una mujer que por fin se había atrevido a echar abajo las puertas de su prisión.
***
—Le plantaste cara y te liberaste de las cadenas invisibles que te oprimían.
Mereces habitar un espacio donde el amor no sea un lujo ni la comprensión un espejismo, sino la esencia misma que nutra tus días, una atmósfera colmada de ternura genuina, y no un entorno hostil que despierte únicamente tu instinto de supervivencia.
Mientras Rosalind correteaba alegremente entre los cuidados parterres del jardín delantero de Sunny Hütte, su madre y la inseparable amiga de esta, Annette Müller, se entregaban a un momento de reposo y confidencias, extendidas sobre una manta junto a la plácida laguna que reflejaba un cielo de tonos cálidos.
Saboreaban la dulzura efímera de los primeros instantes del otoño, conscientes de que aquel paisaje pronto bordearía los días con su melancolía.
Desde aquel aciago episodio con su progenitor, Katja había roto todo contacto con él, negándose a traspasar el umbral del hogar familiar, a pesar de los insistentes ruegos y los esfuerzos conciliadores de Ingrid.
Su decisión permanecía inquebrantable: deseaba anular cualquier vínculo emocional que la atase a la figura autoritaria y fracturada del patriarca de los Bauer.
—No puedo estar más de acuerdo contigo, Annie —respondió la anfitriona, haciendo alusión a la reflexión que su amiga había expresado—.
Las mariposas solo atraviesan su metamorfosis una vez.
Al romper la crisálida, renuncian para siempre a ser gusanos.
Ya no puedo ni quiero arrastrarme más ante mi padre ni ante ninguna sombra del pasado.
Desde hoy, mi camino es volar libremente.
No concederé más injusticias; esta última afrenta ha colmado mi vaso hasta rebosar.
Annette aplaudió entusiasmada, contagiada por aquella firme resolución.
—¡Así se habla! Y te diré algo más: esas gotas que colman los vasos son, en realidad, las que despiertan la transformación verdadera. Sin ellas, el cambio nunca se concretaría.
Katja tomó un sorbo de su limonada y mordisqueó un panecillo, mientras sus ojos se posaban en la superficie de la laguna.
No había logrado guardar el secreto de su amarga experiencia en Rothenburg; Annette estaba al tanto de cada detalle del oscuro entramado urdido por su familia contra Mathilde Weber y su descendencia.
En cuanto a Roderick, entre lágrimas le había revelado lo sucedido entre ellos.
La señorita Müller se mostró comprensiva y cercana, aunque su naturaleza prudente la llevó a manifestar sus reservas, reflejando así un instinto protector que no podía ignorar.
Aquella tarde, bajo el manto de un sol que declinaba lentamente, ambas mujeres compartieron no solo la frescura del día que se desvanecía, sino también la promesa de nuevos horizontes.
Katja, decidida a borrar las huellas del pasado, sentía cómo una fuerza desconocida la impulsaba a reinventarse.
Las heridas, por profundas que fueran, comenzaban a sanar en la calidez de una amistad sincera, y en la certeza de que ya no era una prisionera de su historia.
El susurro del viento entre los árboles parecía acompasar sus pensamientos, como un coro discreto que alentaba su esperanza.
Rosalind, sin percatarse de la complejidad de aquella conversación, reía mientras perseguía mariposas imaginarias, símbolo viviente de la libertad que su madre ansiaba recuperar para sí misma.
—Me entristece profundamente pensar que mi madre será una víctima inocente de la determinación que acabo de tomar —murmuró, mientras mordisqueaba un fragmento del bollo.
—Ingrid está de tu lado, y no cejará en apoyarte, sea cual sea tu camino —respondió Annette—.
Hay quienes esparcen alegría simplemente con su presencia, y otros que la dejan tras de sí al ausentarse.
Perdona mi crudeza, amiga mía, pero no puedo evitar sentir repulsión ante las artimañas que tu familia ha urdido.
¿Qué destino tendrá el documento que avala la legitimidad de los esponsales entre Jürgen y Mathilde?
—Mi padre lo ha destruido —confesó Katja, abatida.
—¿Estás segura de que no es solo una artimaña para silenciarte?
—Lo dudé en un principio, pero mi madre confirmó la verdad de esa revelación, y ella jamás me mentiría.
—¿Y la parroquia donde se celebró la ceremonia? Debería conservar una copia en sus archivos.
—Hans viajó hasta Dachau con la intención de borrar todo vestigio del verdadero estado civil de su hermano fallecido. Se aseguró de que nadie pudiera cuestionar que su fortuna procedía, en realidad, de una herencia arrebatada.
—Katja, eso es... atroz —musitó la señorita Müller, sirviéndose un sorbo de refresco—. Entonces, en lo que respecta a Weber...
—Roderick rehúye enfrentarse a mi familia por la fábrica. Y yo... no consigo aceptar su deseo.
Annette fijó una mirada penetrante en el rostro de su amiga, descubriendo en sus ojos claros una tristeza que le oprimió el pecho.
—Te has enamorado de él —pronunció con un dejo de compasión.
—¿Piensas que es una locura?
—Sabes bien lo escéptica que suelo ser en estos asuntos —le recordó con una sonrisa irónica—.
Apenas lo conoces, y, según mi experiencia, por el negocio de mi padre han pasado innumerables hombres: casados, viudos, solteros...
de todas las clases sociales. Está claro qué buscan en nosotras. No confío en ninguno.
—Algún día caerás también en las redes del amor, y tendrás que mandar a tu escepticismo a paseo —replicó Katja desafiante—. Además, presiento que para ti será una historia aún más disparatada e insensata. De esas que te hacen perder la razón por completo.
—¿Qué te he hecho para que me desees tanto mal? —respondió su compañera, fingiendo enfado.
Katja rio y, con destreza juguetona, arrancó una pequeña florecilla entre la hierba y se la lanzó a Annette.
En ese instante, Rosalind irrumpió sudorosa y jadeante tras su carrera, reclamando con voz quejumbrosa un poco de agua. Fue entonces cuando Mielke, la doncella responsable del orden en Sunny Hütte, apareció en el umbral para entregar un mensaje recibido hacía unos minutos.
—Señora Bramwell, el cartero ha traído esto para usted.
—Gracias, Mielke. Por cierto, prepárale un baño a mi pequeña, por favor —añadió, dirigiéndose a la criada—. Y avisa a la cocinera que tendremos un comensal más para la cena.
—Mami, no quiero bañarme ahora. ¡Primero quiero comerme el bizcocho! —protestó Rosie. Katja tiró de la mano de su hija, le dio un beso en la coronilla y dijo, en tono firme:
—Ni se te ocurra quejarte, señorita. Hueles a cochinillo tras revolcarse por el barro. El pastel queda reservado para el postre.
Mielke tomó a la niña de la mano y se la llevó hacia el interior del caserón, y Katja entonces abrió cuidadosamente el sobre con el estilete que le había llevado la muchacha.
Annette aguardó en silencio, pendiente de cada movimiento, hasta que la joven terminó de leer el contenido y levantó la vista para responder.
—¿Hay novedades? —inquirió.
—Es de fräulein Schulz —explicó Katja—, una de las candidatas al puesto de institutriz que publiqué en el periódico antes de partir hacia Rothenburg.
—¿Ha aceptado las condiciones?
Katja asintió con una sonrisa satisfecha.
—Parece que está conforme con lo pactado. Esperaba a alguien de mayor edad, pero su currículum es... impresionante. ¡Ha trabajado en el Castillo de Possenhofen!
Annette abrió los ojos de par en par.
—¿Donde la emperatriz Sissi pasó su infancia?
—Exacto. Su madre fue maestra de los numerosos sobrinos de Maximiliano II de Baviera. ¡Y Rosie será instruida por su discípula!