El lienzo de tus sueños Capítulo 11
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Capítulo 11

O culto entre los arbustos y rodeado de un delicado encaje de enredaderas, August había construido un coqueto invernadero, al que él mismo solía referirse, con un dejo de ternura y orgullo, como su «capilla botánica».

Su estructura, cuidadosamente decorada con arabescos y filigranas florales, le daba un aire de distinción y ensueño a aquel santuario vegetal.

Las cristaleras, altas y pulidas, permitían la entrada de una luz tamizada que, al rozar las hojas y los pétalos, provocaba una danza de reflejos irisados sobre el suelo tapizado de musgo.

Al atravesar las puertas de vidrio, el visitante era recibido por una sinfonía de colores y fragancias que emanaban de especímenes traídos de tierras lejanas: orquídeas de las selvas de Colombia, camelias japonesas, crisantemos de Corea y estefanotes de Madagascar.

Cada planta ocupaba su lugar con una gracia que parecía coreografiada.

Las hileras de macetas de terracota, alineadas con esmero, ofrecían un espectáculo de formas, texturas y aromas que embriagaban los sentidos.

En los rincones más sombreados, helechos plumosos se entrelazaban con buganvillas escarlatas, trepando con audacia por las paredes de piedra que recibían la luz filtrada a través de las ventanas.

Lianas, glicinas y jazmines se disputaban el espacio con una obstinación silenciosa, formando un tapiz natural que parecía crecer al compás.

El murmullo constante del agua, proveniente de una fuente blanca que vertía su caudal en un cuenco de mármol, contribuía a la atmósfera de recogimiento y frescura que allí reinaba.

Katja avanzó por uno de los senderos curvos, cuyo trazado sinuoso invitaba tanto al paseo como a la introspección.

Había llegado a Vilbruck la noche anterior, agotada por el viaje y por una determinación férrea que no había querido descomponer ante nadie.

A la mañana siguiente, Ingrid la había recibido en la sala de lectura para entregarle a la niña y preguntar, con más formalidad que calidez, por su itinerario.

Ahora, frente a la fuente, Katja detuvo sus pasos.

El vaho de las plantas humedecía ligeramente el ambiente, como si la tierra respirara.

Bauer, agachado ante un tiesto de orquídeas púrpuras, manipulaba una bolsita de abono que espolvoreaba con parsimonia.

Al oírla llegar, se irguió con la presteza de quien se sabe sorprendido y se quitó los guantes de jardinería, arrojándolos sin ceremonia sobre un banco próximo.

—¡Hija! —exclamó con una sonrisa tan forzada como fugaz—. ¿Cuándo has regresado? ¿Sabe tu madre que volviste de tu excursión?

Katja no respondió. Sus ojos, grandes y brillantes, se clavaron en los de él con una serenidad glacial que parecía provenir de un juicio ya emitido.

En su rostro no había ternura ni cólera, sino una contención peligrosa, la que precede a las palabras que cambian la disposición de los afectos.

August, al percibir el mutismo de su hija como un filo invisible, retrocedió un paso, como quien intuye en el ambiente el aliento de una amenaza aún no formulada.

Desde el umbral, se acercaba Ingrid, vestida con una bata de casa que no ocultaba del todo la prisa con la que había salido.

Su semblante, pálido y compungido, nadaba entre el estupor, la contrición y una pena mal contenida.

Miró a la joven como se mira a una figura del pasado que regresa trayendo consigo cuentas pendientes y secretos aún palpitantes.

—¿Leíste mi telegrama? —cuestionó Katja por fin, con una voz grave que rasgó el aire del invernadero como una hoja afilada.

A August se le demudó el semblante como si una ráfaga helada le hubiese recorrido la columna.

Comprendió, con lúcida resignación, que no podría sortear el tema de Roderick.

Si deseaba preservar el frágil equilibrio de su casa —esa estructura sostenida más por apariencias que por vínculos—, debía sofocar la revuelta de raíz, imponiendo su autoridad como patriarca indiscutido.

—Sí —admitió, elevando el mentón.

—Entonces ya sabrás...

—¿Que ha muerto? —la interrumpió sin titubeos—. Agradezco el informe. Es el destino que tarde o temprano alcanza a todos los oportunistas.

Una oleada densa, oscura, se elevó desde las entrañas de Katja, sofocando sus costillas. Enrojeció de ira, pero contuvo la furia con un ejercicio deliberado de respiración. Inspiró una, dos veces, antes de permitir que las palabras tomaran forma.

—¿Dónde está el acta matrimonial?

—¿Qué acta?

—La que prueba que tu tío Jürgen contrajo legítimo matrimonio con Mathilde Weber.

El rostro de August perdió todo color, como si aquel nombre le resucitara fantasmas antiguos que habría preferido dejar enterrados.

—¿Quién te habló de eso?

—El hijo que ella esperaba era suyo —continuó Katja, implacable—. El abuelo Hans la expulsó de esta casa tras la muerte repentina de su esposo, pero para entonces Mathilde ya estaba encinta.

—Cargaba con una criatura que bien pudo haber sido engendrada por cualquier zángano de entre sus amigos de tertulia —escupió Bauer con desprecio—.

¿Qué esperabas de una mujer criada en ambientes díscolos y corruptos?

Jürgen era un muchacho impresionable, con más romanticismo que juicio, fascinado por las faldas y las metáforas.

Fácil de encandilar, más aún por una pintora de medio pelo.

—¡Se casó con ella! ¡No teníais derecho a suprimir esa unión ni a borrar su memoria!

—¿Derecho? —tronó August, con un ademán que parecía envolver todo lo que lo rodeaba—.

¡Sohlenkunst me pertenece! Tanto como le perteneció a mi padre Hans, que no dudó en protegerla de la ruina que su hermano mayor habría traído.

Jürgen no fue más que un irresponsable, un soñador que solo venía a la fábrica cuando necesitaba dinero para alguna de sus escapadas con mujeres de dudosa reputación.

¿Sabes por qué lo enviaron a Múnich? Para que aprendiera disciplina, para que dejara de arrastrar nuestro apellido por los cafés-concierto.

Y volvió trayendo consigo a esa furcia, como una bofetada contra todo lo que representamos.

—¡August! —exclamó Ingrid, turbada por la crudeza de las palabras que acababa de oír.

—Dudo que a Katja le escandalice mi lenguaje —refutó el anciano, sin mirarla siquiera. Se dirigió hacia la entrada del invernadero y empujó las puertas con gesto impaciente—. Y francamente, a estas alturas, me importa bien poco.

Se internó en el jardín, dejando tras de sí un silencio espeso que no lograron disipar ni el rumor del agua ni el perfume de las flores.

Katja lo vio alejarse, furiosa como no lo había estado jamás en toda su vida.

Por fin comprendía cuán profundo era el pozo de mentiras sobre el que se había construido la fortuna de su propio hogar.

Siguió a su padre al trote, negándose a permitir que se escabullera entre las sombras de una discusión que ya no podía evitarse.

Su alma, antaño templada por la tibieza de la confianza filial, se hallaba ahora sumida en las tinieblas heladas de la decepción más corrosiva.

Cada palabra pronunciada por su progenitor resonaba en su mente como un eco perverso, como una campanada fúnebre que anunciaba la muerte definitiva de la fe que alguna vez depositó en él.

Sus ojos, que un día brillaron por la lealtad ciega y la esperanza, ahora ardían con un fulgor nuevo: el fuego de quien ha sido traicionado y, sin embargo, no se resigna a acatar su suerte.

—Dame el certificado —exigió.

—Ya no lo tengo —respondió él, sin detener el paso.

—Mientes.

August se paró en seco. Se giró lentamente hacia ella, su rostro contraído por una mezcla de ira, soberbia y algo que rozaba el desprecio. La confrontación era inevitable.

—Lo destruí el mismo día que llegó el telegrama —confesó, con una sonrisa torva que apenas enmascaraba su crueldad—.

Reduje ese papel a cenizas en mi chimenea, como debía hacerse con todo vestigio de aquel error.

Déjalo, Katja. Roderick ya es pasto de gusanos, y lo que hoy ves como un acto atroz, mañana lo entenderás como una medida necesaria.

La herencia que un día recibirás no es fruto de sentimentalismos, sino de lo que construí con esfuerzo al frente de Sohlenkunst.

—Tú no construiste absolutamente nada. Esa herencia es el precio de mi silencio, lo que obtuviste vendiéndome al depravado de Thomas Bramwell.

El gesto de August se crispó. Dio un respingo, como si una serpiente le hubiese mordido la conciencia.

—¿Qué estás diciendo?

—Que conozco al detalle la situación financiera de la fábrica en los últimos años.

Tu gestión fue un desastre, y para evitar el colapso aceptaste a escondidas la inversión de Thomas.

Pero el precio fue claro: me obligaste a casarme con él para sellar ese pacto vergonzoso.

No fue un acuerdo, fue una transacción. Me cediste como quien entrega una cabeza de ganado.

El viejo vaciló, trastabillando como si el suelo comenzara a resquebrajarse bajo sus pies.

—Ignoraba que... que te hiciera daño —murmuró, con voz hueca—. Pensé que así, al menos, te garantizaba un futuro...

—¿Un futuro? —rugió la chica, alzando el puño en un alarde de rabia incontenible—. ¡A costa de mis propios sueños! ¡A cambio de mi libertad! ¡Y todo para que tú pudieras seguir jugando al patriarca, sosteniendo con hilos podridos el nombre de los Bauer!

—¡Por favor, parad los dos! ¡Os lo suplico! —gritó Ingrid, precipitándose entre ellos, con lágrimas en los ojos—. ¡Esto no puede continuar así!

Pero Katja ya no escuchaba sus súplicas. Las compuertas de su indignación se habían abierto de par en par, y la necesidad de nombrar, de exponer, de desenmascarar era más poderosa que cualquier consuelo.