El lienzo de tus sueños Capítulo 10 #5
80%

Capítulo 10 #5

—Estoy trabajando en ello. Ya he conseguido el nombre de una de las mujeres.

Se casó con un comerciante de vinos en Estrasburgo y está dispuesta a hablar.

Y hay otra en Graz, una pianista que estuvo a punto de suicidarse tras el engaño.

Las cartas que él le escribió son casi idénticas a las que me envió a mí.

Solo cambiaba el nombre de la finca. He venido a Rothenburg a desenmascararlo y a entregarlo a las autoridades.

El motivo de este encuentro es advertirle que no se deje arrastrar con él.

Corte todos los vínculos que los unan y huya, por favor.

No es justo que pague por sus delitos y la acusen de ser partícipe de un complot del que no tenía la menor idea.

—No puedo creer esto. —Liesel se llevó una mano al pecho. Una sensación de vértigo la invadió.

Katja dio un paso hacia ella. Su voz, sin perder la firmeza, se volvió casi maternal.

—No lo digo por malicia, señora. No quiero verla envuelta en algo que pueda ponerla en peligro.

—¿Peligro?

—No lo sé. No sé hasta dónde estaría dispuesto a llegar si se viera acorralado.

Hubo un largo silencio. Liesel desvió la mirada, contemplando el cielo encapotado. Pensó en las noches compartidas con Roderick, en la forma en que esquivaba ciertas preguntas, en su resistencia a hablar del pasado. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Y qué piensa hacer ahora? —preguntó, finalmente.

—Voy a reunir los testimonios de esas damas. Cuando tenga suficiente, lo llevaré ante un tribunal. No puedo permitir que siga repitiendo el mismo ciclo. Ni con nosotras ni con ninguna más.

Liesel asintió muy lentamente. Sus ojos se habían humedecido, pero no lloró. Apretó los labios, tratando de ordenar el torbellino de pensamientos que la embestía sin piedad.

—¿Y por qué decírmelo ahora? ¿Qué busca?

La pregunta flotó entre ellas, grave como el tañido lejano de una campana. Katja inspiró profundamente antes de responder.

—Busco su ayuda para poner fin a esta farsa. Ninguna de las dos merece continuar atrapada en una mentira.

Liesel la observó desconfiada, intentando descifrar su verdadero propósito. Katja notó aquel escrutinio y bajó la mirada con humildad fingida.

—Créame, no hablo desde el despecho. Fui su confidente, su amiga, incluso su cómplice. Y cuando me enteré de que aún estaba casado... —hizo una pausa, fingiendo que las palabras le dolían— todo se volvió insoportable.

El rostro de Liesel perdió su color. Una ráfaga de viento agitó su tocado y lo hizo ondear como una sombra viva.

—No imaginaba que hubiese alguien más —murmuró—. Aunque, pensándolo bien, con él nada me sorprende.

Siguieron caminando. A su izquierda, un ángel de mármol roto sostenía un lirio decapitado. A lo lejos, el cielo comenzaba a ennegrecerse, anunciando lluvia.

—Sé que le resultará difícil creerlo —prosiguió Katja—, pero he sufrido por él más de lo que admitiría.

Cuando lo enfrenté, confesó que todo había sido invención suya: la herencia, la relación con los Bauer, incluso la deuda de honor que decía tener con su padre.

Juró que lo hizo por amor, que temía perderme si sabía la verdad.

—El amor... —repitió Liesel, con amargura—. Esa palabra le sirve de refugio. Siempre ha sido su escudo más eficaz.

Katja la miró entonces con la expresión de quien se atreve a compartir una vergüenza.

—Por eso le pedí que viniera.

Liesel vaciló. Se detuvo junto a un túmulo ahogado por la hiedra, donde un nombre casi borrado por el tiempo emergía entre las grietas.

—¿Y qué gano yo con eso? La libertad no llena una casa vacía ni repara una reputación destruida.

—Quizá no —reflexionó Katja, serena—, pero le devolverá su dignidad. Nadie podrá decir que permaneció atada a un farsante. Hay humillaciones que solo se superan con el valor de una decisión, señora Weber.

Liesel pareció meditarlo. Se alejó unos pasos y se inclinó sobre una lápida reciente.

—A veces pienso que el viejo Weber fue el único que comprendió a su hijo —susurró—. Tal vez lo amó demasiado y no supo corregirlo.

Katja se aproximó a su compañera, exultante. El lazo ya la había atrapado.

—O quizá lo amó poco —opinó—. Lo bastante para darle su nombre, pero no para enseñarle a vivir como un hombre de verdad.

—¿Y qué hará usted, señorita Grosley, cuando todo esto termine?

Katja simuló vacilación al hablar.

—No lo sé aún. Supongo que volveré con los míos y reharé mi vida.

La respuesta pareció satisfacer a Liesel, o al menos apaciguar su inquietud. Se enderezó, se ajustó el abrigo y alzó el rostro hacia el cielo, donde empezaban a caer las primeras gotas de lluvia.

—Si lo que afirma es cierto —dijo—, haré lo que sea necesario. No quiero subirme a un estrado ni verme sometida a un escándalo.

Katja asintió queda, aunque por dentro una imparable corriente de triunfo recorría su pecho.

—Gracias. No imagina lo mucho que significa para mí saber que he logrado protegerla de ese degenerado.

Liesel la miró un instante con una mezcla de condolencia y respeto.

—Usted es más fuerte de lo que aparenta. No todas tendrían el valor de enfrentarse a un hombre como Roderick.

Katja sonrió.

—La fuerza, señora Weber, no es un don, es una consecuencia.

Liesel inclinó la cabeza en señal de despedida y se marchó por el sendero principal. Su silueta se fue disolviendo entre los árboles hasta convertirse en una sombra lejana, perdida en la espesura del bosque.

Katja, en cambio, permaneció un rato más frente a la tumba del viejo pintor. El sirimiri caía ahora con mayor insistencia, resbalando por el mármol y empapando su sombrero. Se encorvó ligeramente, posando una mano sobre la piedra mojada.

—La sacaré de nuestras vidas cueste lo que cueste, Roderick —sentenció, tenaz—. No permitiré que esa mujer lo destruya. Y cuando acabe con ella, devolveré a su hijo lo que le pertenece.