Capítulo 10 #4
—A propósito —dijo—, en diciembre estrenaré una nueva obra en Dresde. Se trata de una ópera basada en la Salomé de Wilde. Un proyecto arriesgado, sin duda, pero necesario. Hay algo en esa historia que me obsesiona: lo sensual y lo sagrado fundidos en una danza mortal.
Roderick contuvo el aliento, intrigado.
—¿ Salomé ? —reiteró, pensativo—. Imagino que será todo menos convencional.
—Exactamente. Será provocadora, intensa, tal vez escandalosa. Si algo he aprendido durante mi carrera es que el arte que no incomoda no transforma. Me encantaría que asistiera. Le haré llegar una invitación formal, claro está.
—Será un honor, maestro. Me sentiría afortunado de presenciar el nacimiento de otra de sus criaturas. Estoy seguro de que su nombre perdurará más allá de los siglos como uno de los mejores compositores de su generación.
—Entonces está decidido. Su círculo de admiradores crece, Weber. Será mejor que se acostumbre.
Von Sachsen y su acompañante se despidieron y se alejaron, perdiéndose entre los asistentes que aún recorrían las estancias de la galería, inspeccionando otros retratos, frescos y murales, absortos en conversaciones sobre género y simbología.
Roderick, por su parte, permaneció unos minutos solo, aprovechando el breve remanso que le ofrecía la ocasión para observar a distancia una de las esculturas de Adolf von Hildebrand, cuya austeridad clásica destacaba entre las obras más exuberantes de la exposición.
Fue entonces cuando Ernst Kissinger apareció entre el mar de cabezas en movimiento con el andar apresurado de quien traía noticias urgentes y gratas. Se acercó a él, se puso a su lado y le susurró eufórico:
—¡He vendido La joven del pozo ! Al mismísimo propietario de Krupp.
Su socio lo agarró del brazo.
—¿El dueño de la empresa armamentística? No puedes estar hablando en serio.
—Pellízcame, por favor, antes de que me despierte en mi cuarto húmedo y con goteras —contestó Ernst, rebosante de entusiasmo.
—Me alegro muchísimo por ti, Kissinger. Ya era hora de que salieras de ese zulo indigno. Ahora podrás alquilarte un cottage con geranios en las ventanas y cortinitas de encaje... Perfecto para impresionar a tus conquistas. Y de paso, Herzog dejará de fastidiarme.
—Herzog es un pedazo de pan —protestó Ernst, dándole un codazo a su amigo—.
Mi casero me ha prohibido tener animales en el cuchitril que me alquiló, ya lo sabes.
Y no soy tan libertino. No he sentado cabeza porque aún no he encontrado a la mujer adecuada.
Pero parece que tú me llevas ventaja en eso.
—¿Insinúas algo sobre Katja? Si es así, temo que estás dando palos de ciego. Sigo atado a Liesel y a su costumbre de amargarme la existencia.
—No, Roderick, aquí el que está ciego eres tú —respondió Kissinger con una sonrisa taimada—. ¿No has vuelto a hablar con la señora Bramwell?
—¿Debería? ¿Por qué?
Ernst cerró los párpados, saboreando el momento.
Aprovechando que Liesel se hallaba ausente en el centro de Rothenburg, Katja había acudido a su apartamento en busca de su apoyo para una maniobra arriesgada, aunque cuidadosamente planificada.
Una estratagema que, de surtir el efecto deseado, pondría fin al enredo en el que se hallaba Roderick, virando el rumbo de las circunstancias.
Si los hados les eran propicios, Rod pronto sería tan libre como el viento.
—Porque estás a punto de ver abrirse la portezuela de la jaula en la que has estado encerrado durante el último lustro, querido.
Dicho esto, hizo un gesto con la cabeza hacia el extremo de la sala. La señora Strauss, elegantemente vestida y con una actitud expectante, se aproximaba al cuadro El caballero de la luz.
—Ya no falta nada —concluyó Ernst—. Muy pronto volverás a volar y a dibujar piruetas en el cielo estival.
***
El cielo estaba nublado aquella tarde, como si presintiera la gravedad de lo que iba a decirse bajo su amparo.
El aire del camposanto tenía una densidad peculiar, húmeda.
Las piedras cubiertas de musgo, las flores marchitas en las tumbas más antiguas y el rumor lejano de la ciudad parecían un decorado cuidadosamente dispuesto para el encuentro que estaba a punto de producirse.
Katja esperaba junto al sepulcro de mármol donde descansaban los restos de Roderick Weber padre.
Vestía de manera sencilla: su sombrero de fieltro y su abrigo azul marino la hacían destacar en el paisaje otoñal.
Mantenía las manos unidas frente al regazo, como quien rezaba una oración.
Cuando divisó la figura de Liesel acercándose por el sendero flanqueado de cipreses, se irguió con sutileza.
—Gracias por venir, señora Weber —dijo, sacando un pañuelo de su bolso.
—Recibir su nota me sorprendió tanto que no podía hacer otra cosa —respondió la otra, con un dejo de turbación—. ¿Qué es lo que desea decirme sobre mi marido?
Katja desvió la atención hacia la lápida del suegro de su rival, y luego la miró.
De algo tenía que servirle el haber aprendido a maquillar sus sentimientos delante de Thomas.
Si aquella pelirroja calculadora era tan hábil como Roderick había afirmado, debía ser prudente.
Mostrarse dubitativa lo echaría todo a perder.
—Me llamo Katja Grosley. Supongo que lo imagina. O intuye. Me pregunté mil veces si era la decisión apropiada.
Liesel se cruzó de brazos, incómoda. El silencio que siguió fue interrumpido solo por el zumbido de una abeja rezagada y el sonido de sus pasos sobre la grava.
—¿A qué se refiere?
—Se lo explicaré mientras caminamos. Venga. —Katja señaló una ruta lateral que conducía a una pequeña arboleda dentro del mismo cementerio.
Pasearon juntas, dejando atrás las tumbas ilustres de familias adineradas de la región.
Katja parecía pesar cada palabra antes de pronunciarla, como si no quisiera lastimarla, pero supiera que ya no había otra salida.
Caminaba un poco delante de Liesel, pero sin apartarse demasiado.
No deseaba parecer dominante ni sumisa. Había meditado cada frase durante la noche anterior, cada pausa y cada inflexión de voz.
Su propósito era claro; y sin embargo, bajo la compostura de su porte, sentía el mismo temblor que se experimenta antes de una confesión.
—No me juzgue con severidad, señora Weber —dijo por fin, sin mirarla todavía—. Si la cité aquí es porque necesitaba hablarle con franqueza.
Liesel respondió con una leve mueca de desconcierto.
—Su carta fue... inusual. ¿Qué podría tener que decirme una desconocida sobre mi esposo?
Katja se detuvo junto a una verja de hierro cubierta de enredaderas secas. Pasó un dedo por una hoja muerta y la dejó caer.
—Tal vez más de lo que imagina. Lo conocí de un modo que nunca esperé, y me temo que, en el fondo, fui víctima del mismo engaño.
Aquellas palabras parecieron abrir una grieta en la expresión de Liesel. Su mirada, hasta entonces arrogante, se volvió inquisitiva.
—¿Engaño? ¿Pretende insinuar que Roderick...?
—No pretendo nada. Solo deseo que entienda —interrumpió Katja suavemente— que él me hizo creer cosas que no eran ciertas.
Que era heredero de una fortuna perdida, que le habían arrebatado lo que por derecho le correspondía.
Dijo que su padre había sido traicionado, que él debía reivindicar su nombre.
—¡Ah! —exclamó Liesel con una risa breve, sin alegría—. La misma historia. También me habló de herencias y de honor mancillado.
Katja asintió despacio.
—El arte de mentir con convicción es un talento, señora Weber.
Y él lo domina. Me sedujo. No encuentro otro verbo más preciso.
Fue galante, encantador, misterioso. Me habló de su linaje, de una finca en la Baja Sajonia, de una fábrica de zapatos fundada por su bisabuelo.
Me describió todo con tal lujo de detalles que llegué a creerlo.
Llegué a... —Hizo una pausa—. Llegué a pensar que él y yo podríamos tener un futuro.
—¿Y no era cierto?
—Nada de eso lo era. Absolutamente nada. No posee ninguna finca, no es el heredero de Sohlenkunst ni descendiente legítimo del señor Bauer. Es un impostor.
Liesel se detuvo en seco. Sus ojos se agrandaron, incrédulos.
—¿Qué está diciendo? ¿Está segura de...?
Katja se giró hacia ella, enfrentándola.
—Un tío abuelo mío, Julius Grosley, trabajó durante años en la corte comercial de Lübeck.
Conoció a Roderick cuando este fue acusado de falsear documentos relacionados con un legado que no le pertenecía.
El escándalo fue silenciado por la intervención de un benefactor adinerado, pero la mancha quedó.
Julius lo reconoció en cuanto vio su retrato en uno de mis álbumes.
Me escribió, advirtiéndome. Busqué más. Conseguí contactos de conocidos de Roderick en Düsseldorf.
Descubrí que había hecho lo mismo al menos tres veces: se infiltró en círculos de mujeres solteras con buena posición, fingiendo ser un rico heredero, ganándose su afecto, e incluso comprometiéndose con una de ellas...
para después desaparecer cuando las sospechas comenzaban a aflorar.
Y estos intentos de fraude los realizó tras su separación.
Liesel abrió la boca, pero no supo qué decir. Apoyó una mano en el tronco de un árbol cercano, como si necesitara sostenerse.
—Pero... el hombre que me describe y lo que sé de Rod... no coinciden. Nuestro matrimonio sí fue legal. Y mi familia es de origen humilde. ¿Por qué un oportunista como ese se desposaría con una mujer como yo?
—No digo que pretendiera estafarla —dijo Katja—. Su intención inicial era otra. Estoy convencida. Tal vez pensó en un plan a largo plazo. O algo salió mal y se vio obligado a seguir adelante, a esconderse de acreedores o personas que pudieran amenazarlo. No lo sé. Pero su patrón es claro.
El viento removió las hojas secas a sus pies. El murmullo de los árboles, en aquel rincón apartado del cementerio, parecía amplificar cada frase como un eco persistente.
—¿Tiene pruebas? —preguntó Liesel, casi en un susurro.