Capítulo 10 #3
La Catedral de San Kilian, con su grandioso pórtico y sus torres elevadas, se erguía en el centro espiritual de la ciudad.
Sin embargo, más allá de su belleza tangible, lo que dotaba a Würzburg de un alma vibrante era su inagotable vida cultural y académica.
La Universidad Julius-Maximilians, fundada en el siglo XV, se contaba entre las más prestigiosas del Sacro Imperio, y seguía siendo, en la aurora del nuevo siglo, un faro de conocimiento que atraía a sabios, científicos y artistas de todos los rincones de Europa.
Sus bibliotecas eran auténticos santuarios del saber; en sus salas de lectura, impregnadas de olor a pergamino y madera encerada, se respiraba un silencio reverente, apenas interrumpido por el paso de páginas o el trazo de una pluma diligente.
La ciudad entera parecía vivir en simbiosis con el arte.
En días como aquel, en que se celebraba la inauguración de una esperada exposición, Würzburg desplegaba todo su encanto.
La galería elegida —ubicada a pocos pasos del recinto universitario— era conocida por su ambiente acogedor y su estilo ecléctico, donde lo tradicional y lo vanguardista coexistían en natural armonía.
Allí, los artistas, elegantemente vestidos con chalecos entallados, relojes de cadena y simpáticos bombines, daban la bienvenida a los visitantes con una cortesía espontánea y chispeante.
Muchos improvisaban en vivo, dejando que los espectadores fuesen testigos de la creación de sus obras.
El murmullo de las conversaciones se mezclaba con el rasgueo de los pinceles y el trazo del grafito.
Otros preferían explicar sus métodos con pasión pedagógica, mostrando técnicas ancestrales de pintura en miniatura o revelando los secretos de sus paletas y barnices.
Así, en aquel rincón de Franconia, el arte no solo se contemplaba: se compartía, se celebraba, se disfrutaba y se vivía.
Roderick se paseaba con aire abstraído entre las obras expuestas, como si caminara por un jardín encantado cuyas flores hubieran brotado de acuarelas, óleos y temple.
Lo sobrecogía la armonía de algunas piezas, la maestría técnica de otras, pero en particular lo conmovía ver cómo su propio lienzo, Eterna seducción , atraía miradas con la fuerza de un imán invisible.
Un grupo de burgueses, vestidos con trajes algo pasados de moda pero empapados de suficiencia, se había agolpado frente a la pintura, interrogando a Ernst con un entusiasmo que rayaba en la ansiedad.
Su decepción fue palpable cuando el galerista les informó que la obra ya tenía propietario y no estaba a la venta.
—La audacia de algunos —dijo una voz grave y bien modulada a su espalda—. Intentando sobornar a su amigo para que les venda a mi Afrodita.
Roderick giró el rostro con curiosidad. El conde Wolfgang von Sachsen, impecablemente vestido con un traje color marengo y unos zapatos de cuero tan lustrosos que parecían espejos negros, lo contemplaba con una sonrisa ladeada, un gesto en el que la ironía y la admiración bailaban juntas sin estorbarse.
Su porte era el de quien se sabe dueño de su entorno, pero en su tono no había rastro de arrogancia.
—Su diosa está a salvo, Herr Graf von Sachsen [7] .
Su residencia estival será un templo digno para semejante divinidad —respondió el pintor, haciendo una reverencia contenida que el noble respondió con una inclinación de cabeza—.
Afrodita está acostumbrada al lujo y al buen gusto, y no ofrecería sus favores a cualquiera.
No se atribule, muy pocos mortales poseen el privilegio de estar a la altura de las exigencias de la deidad nacida de la espuma de mar.
—¿Acostumbrada al lujo y al buen gusto? Esa frase podría aplicarse a la mayoría de las damas alemanas —replicó el conde, dejando reposar una mano amistosa en el hombro del artista—. Pero dígame, esa cara... ¿es invención suya o esa criatura de mirada hipnótica realmente existe?
Roderick clavó la vista en el lienzo. Las facciones de Katja, inmortalizadas con una delicadeza casi sagrada, resplandecían en la composición como una pepita de oro entre guijarros lavados por la corriente.
En su mente resonó la discusión mantenida con ella la víspera de su partida.
Aquel intercambio tenso, cargado de emociones desbordantes, había terminado con una confesión que brotó de sus labios más como una súplica que como una declaración.
No sabía si ella podría perdonarlo ni si había alguna posibilidad real de comenzar de nuevo.
Pero sí sabía que la quería. Lo comprendió con la misma certeza con la que respiraba.
—Existe. Y es la mujer que me desvela, que me consume por dentro. Mi fiebre... mi delirio —dijo, sin desviar la mirada del cuadro.
Von Sachsen se volvió hacia la pintura con renovado interés.
—¿Su esposa? —preguntó en voz baja.
—He dicho «la mujer que me desvela», no la que me hace la vida imposible —replicó Roderick con un guiño.
Una carcajada sonora, desinhibida, brotó del pecho del conde y retumbó en la sala como una detonación festiva.
—¡Por Dios, Weber! ¿Pretende que me atragante con mi propia lengua?
Roderick sonrió con resignada complicidad.
—Prefiero ser yo quien se ría de mi mala suerte, y no algún otro desgraciado sin nada mejor que hacer.
—¿Está usted casado? —inquirió el aristócrata.
—Sí —respondió el pintor—. Pero no con ella. Fue... un error de juventud. Mi mujer y yo vivimos separados desde hace años, y se opone a liberarnos legalmente a ambos de este sinsentido.
—Y aun así, se atreve a volver a enamorarse —reflexionó el conde—. Un auténtico valiente, caballero.
—No lo busqué. Ella entró en mi corazón tirando la puerta abajo, sin anunciarse y sin pedir autorización. Y para serle franco , Herr Graf , usted es en parte responsable por mi actual tormento sentimental.
—¿Yo?
—Se suponía que era una modelo temporal para Eterna seducció n, y ahora se ha convertido en mi musa.
Von Sachsen enarcó una ceja con estudiado dramatismo.
—Las mujeres son unas sortílegas expertas en ponernos la vida del revés.
A algunas las engendra el demonio. Esa joven es la encarnación misma de la dulzura y la gracia.
Tráigala a mi castillo. Le prometo que no le haré proposiciones deshonestas —añadió, guiñándole un ojo—.
Venga, quiero presentarle a alguien muy interesado en su trabajo.
Se dedica a las artes, pero en otro campo: la música. Estoy seguro de que se entenderán.
Los hombres se alejaron de Eterna seducción , dejando que la Afrodita de Roderick siguiera conquistando al público con su callada magnificencia, y atravesaron la sala principal sorteando varios grupos de invitados, en dirección a la sección donde se exhibían miniaturas y esculturas de yeso.
En aquel recodo aguardaba Richard Strauss, erguido como un roble solitario en medio de una plaza bulliciosa.
Su estatura imponente y la prestancia natural que irradiaba lo convertían en un punto de referencia incluso para los que no sabían quién era.
Sus ojos, de un azul acerado, poseían la intensidad de alguien viajado y difícil de impresionar.
Bajo unas cejas expresivas y un rostro de rasgos marcados, brillaban con la lucidez frenética de un genio.
Todo en él exhalaba una sensibilidad extrema: la postura, el modo en que sus dedos tamborileaban en el bastón que sostenía con elegancia distraída, y la leve sonrisa con la que parecía anticiparse al pensamiento ajeno.
—¡Strauss! —exclamó Wolfgang, estrechándole la mano—. Aquí te traigo al autor de Eterna seducción , el joven Roderick Weber.
El compositor, de cuarenta y un años de edad, ya era considerado una figura capital del universo musical germánico.
Su nombramiento como director de la Ópera de Múnich y su matrimonio con la célebre soprano Pauline de Ahna lo habían consagrado como un artista de excepción.
Saludó a Roderick con otro apretón de manos.
—Señor Weber, permítame felicitarlo por su cuadro. Hay en él una atmósfera que no se logra solo con técnica. La emoción que transmite es auténtica. Magnífica obra.
—Viniendo de una eminencia como usted, lo considero un verdadero halago —respondió Roderick—.
Estuve en Múnich en el estreno de Guntram.
Aquella noche me marcó profundamente, tanto que al regresar a Rothenburg me sentí compelido a pintar El caballero de la luz .
Está justo aquí, junto a Eterna seducción .
Richard y Wolfgang dirigieron la vista hacia el lienzo que Roderick señalaba y contemplaron una inmensa representación de un caballero medieval montado en un caballo blanco, orientado hacia el campo de batalla.
La pintura medía casi dos metros de alto por dos de ancho, dominando esa parte de la pared de la galería gracias a su presencia sobrecogedora.
El soldado, luciendo una armadura reluciente y una mirada determinada, transpiraba honor y coraje mientras sujetaba las riendas de su noble corcel.
La escena estaba impregnada de un aura de pompa y grandeza; el cielo proyectaba trazos dorados y rojos, como si anticipara el inminente combate que aguardaba al guerrero.
En el horizonte, la loma se elevaba en silenciosa reverencia ante la ilustre figura, y el sol poniente teñía el paisaje bajo el cálido tono del atardecer.
— Guntram —repitió Strauss, con cierta añoranza—. Nuestro idealismo hecho carne. Veo que ha captado su esencia. Tiene usted una mirada aguda, Weber. Percibo que su concepto de belleza es distinto del de muchos de sus compañeros.
—Le agradezco sus palabras. Yo diría lo mismo de su música —replicó Roderick.
Richard asintió sonriente, y acto seguido descansó una mano en el brazo del pintor, como si quisiera compartir con él una confidencia.