El lienzo de tus sueños Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Liesel y yo no somos una pareja real —musitó él—. Me dejó hace cinco años, en cuanto comprendió que no obtendría de mí lo que deseaba. Éramos muy jóvenes cuando nos casamos, pero el único incauto aquí siempre fui yo.

—Te he advertido que tus excusas baratas no harán que cambie de opinión sobre ti y tu vomitiva actitud —masculló su interlocutora—.

Dios, el solo evocar la mirada inocente de Liesel me hace aborrecerme a mí misma.

Si hubiera vuelto a casa menos de veinticuatro horas antes, me habría encontrado retozando con su marido en el mismo sofá en el que ella se sienta a tomar el té.

¿No sientes vergüenza por haberme arrastrado a esta repulsiva relación adúltera?

—Déjame terminar —suplicó Roderick, avanzando hacia ella—. Te lo ruego, Katja. Solo una vez. Y cuando acabe..., cuando lo sepas todo, cruzaré el umbral de este lugar y desapareceré de tu vida para siempre.

Katja se detuvo y le sostuvo la mirada. Sabía, con una certeza fulminante, que lo decía totalmente en serio: no volvería a verlo nunca. Sintió un espantoso nudo en la garganta y una punzada en el pecho, pero se impuso no llorar como una huérfana abandonada.

—Tienes un minuto —susurró, apenas audible, al borde del llanto.

—La conocí a los veinte años —comenzó a relatar él—, pocos meses después de perder a mi padre.

Aún vivía sumido en mi pena, sin más compañía que nuestros recuerdos y el don que me legó.

Kissinger, mi amigo más leal, me ofreció compartir el estudio para ayudarme a remontar, pues me había propuesto destruir mi carrera rechazando un encargo tras otro, y el dinero escaseaba peligrosamente.

Una mañana cualquiera, ella se presentó en mi taller.

Buscaba empleo, y la contratamos sin dudarlo.

Era vivaz, encantadora, de sonrisa fácil y carácter desinhibido.

Me bastaron unos meses para rendirme ante su hechizo.

»Pronto nos vimos envueltos en una relación candente, febril.

Liesel me rescató de la ciénaga emocional en la que había caído, y despertó en mí una creatividad que creía extinguida.

Su influjo me llevó a experimentar con nuevas técnicas, y no tardé en convertirme en el retratista predilecto de varias familias notables de la región.

Cegado por la pasión y convencido de que mi amor era correspondido, le propuse matrimonio.

Aceptó, y nos casamos en la iglesia luterana de St. Johannis.

Creí haber hallado la paz. Pero dos años más tarde, sin previo aviso y después de una pelea, me abandonó.

Me acusó de haberle vendido una vida que nunca existió, de haberla embaucado con promesas ilusorias que jamás pronuncié.

—¿Qué promesas? —inquirió Katja, con voz trémula.

Roderick tomó aire. En cuanto hablara, volaría las compuertas de una verdad comprimida por décadas, tan peligrosa como un arsenal de dinamita lista para estallar. Sin embargo, ella tenía derecho a conocer el origen de aquel nudo que ataba sus destinos.

—Hace muchos años, un estudiante de Múnich acudió con sus amigos a una fiesta en Dachau, escapando momentáneamente del agobio de los exámenes —explicó—.

Allí conoció a Mathilde: una mujer de una belleza singular, mezcla de sangre alemana y francesa, dotada de un talento artístico prodigioso a pesar de su formación autodidacta.

Se enamoraron como solo lo hacen los jóvenes: con un hambre temeraria y sin reservas.

Se casaron al cabo de unas semanas. Él abandonó la universidad para llevarla a conocer a su familia, pensando que su dicha sería compartida.

Pero al llegar a la mansión, se topó con un muro de desprecio, con total oposición.

Mathilde fue juzgada, rechazada y vilipendiada por no encajar en el molde que habían diseñado para el heredero de su dinastía.

»Él se mantuvo firme. Desoyó las amenazas y se quedó junto a ella en aquella finca maldita.

Más tarde, compraron un terreno en Hude, donde soñaban con construir su propio hogar.

Contrataron a un destacado arquitecto patrio y diseñaron ellos mismos el refugio de sus sueños.

Pero en uno de los viajes para supervisar las obras, el flamante novio sufrió un trágico accidente: su carruaje volcó por una pendiente tras desbocarse uno de los caballos.

Murió aplastado por su propio vehículo, y Mathilde, además de sufrir la inmensa congoja causada por la pérdida de su marido, hubo de lidiar también con la injusticia de ser expulsada de su propiedad.

La despojaron de todo: de su casa, de su herencia y de su honor.

Regresó a Dachau sola, viuda... y embarazada.

Katja empalideció, previendo lo que vendría a continuación.

—Puso a su hijo el nombre del padrino de su boda: Roderick. Ese bebé era mi padre, Katja. Y el hombre que lo engendró se llamaba... Jürgen Bauer.

La joven se desplomó torpemente sobre el borde del lecho, incapaz de sostenerse en pie.

—Mi abuela lo crio como madre soltera, con todas las privaciones y las afrentas que eso implicaba —continuó él—.

Jamás pudo recuperar los documentos que certificaban su matrimonio y la paternidad de Jürgen.

Todo permaneció bajo llave en Vilbruck, en manos de su suegro y su cuñado: Hans Bauer, que se arrogó la dirección de Sohlenkunst tras el deceso de su hermano mayor.

A mi padre le fue negado hasta el derecho a llevar el apellido que le correspondía.

Solo le quedó el arte, y con él logró sobrevivir junto a Mathilde.

»Cuando ella falleció, la ocasión que tanto había aguardado se presentó al fin: Hans necesitaba un retratista para su hija menor.

Mi padre viajó a Vilbruck con la secreta esperanza de recuperar su identidad, pero...

cometió un grave error de cálculo: se enamoró como un niño de su prima, la dulce y melancólica Katja Rose.

Katja se cubrió el rostro con las manos, horrorizada.

—August descubrió la verdad, y el resto ya lo conoces —concluyó Roderick—. Liesel se casó conmigo pensando que acabaría heredando la fábrica. Pero al ver que no tenía interés en batallar por lo que era mío... me dejó por el primero de muchos hombres.

—¿Por qué no me lo dijiste? —sollozó ella—. ¿Por qué no confiaste en mí?

—¿Qué querías que hiciera? ¡Eres una Bauer! —exclamó él, desesperado—. ¿Cómo podía saber que no eras igual que August o que Hans?

—¡Te entregué mi cuerpo, mi corazón, mi vida! ¿Es que las noches que hemos pasado juntos no significaron nada para ti?

Los ojos de Roderick se empañaron.

—Me prometí ser más lúcido y hábil que mi padre, y un necio es lo que soy. La historia se repite. Te he perdido, como él perdió a Katja Rose.

—¡No te atrevas...!

Weber se acercó y, obligándola a levantarse, la abrazó. Ella bregó con él, pero no logró que la soltara. Entonces Katja se derrumbó, sollozando contra su pecho, golpeándolo con los puños cerrados.

—Le he pedido el divorcio, y se niega a concedérmelo. No soy un hombre libre, y no sabes cuánto me arrepiento de haber caído en su trampa. Si pudiera volver atrás...

Katja se apartó, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—Liesel no te liberará de las cadenas que te atan a ella mientras vivas —declaró, resuelta—. Eres un Bauer. Tu sitio está en esa maldita fábrica.

—No quiero un solo marco. Lo dije y lo mantengo.

—Mi padre le robó a tu familia su parte de la herencia. ¿Y esperas que yo me cruce de brazos?

—No tenemos pruebas. Si el acta aún existe, August la tiene. Y en cuanto a Liesel...

—Si esa trepadora cree que te ha vencido...

—Lo ha hecho. Contraté a un detective para probar su infidelidad, pero es astuta, meticulosa.

Utiliza identidades falsas, su sobrenombre de soltera, cambia de aspecto...

nunca la atraparon. Me rendí y opté entonces por no pelear más.

De todas formas, solo la veo cuando no le alcanza para abonar la renta de algún cuartucho que compartirá con otro tonto al que haya engatusado...

Katja lo fulminó con la mirada.

—Escúchame bien, Roderick, y presta atención a lo que voy a decir, porque no lo repetiré. Liesel no va a ver un pfennig [6] de la fortuna de los Bauer. Después de la exhibición de Würzburg, vendrás a Bremen y nos enfrentaremos a ellos.

—¿Y qué hacemos con la pérfida señora Weber? —ironizó él.

Katja meditó su respuesta. Por fin todo encajaba: la dicha que le había sido negada no era fruto del azar, sino de una larga secuencia de hombres y mujeres codiciosos y sin conmiseración.

Ya era hora de romper con ese linaje de abusos.

Se incorporó decidida, y, sin un atisbo de duda, dictó su veredicto:

—Déjamela a mí.

***

En el corazón de un fértil valle, abrazada por los caprichosos meandros del río Main y rodeada de colinas cubiertas de viñedos, se ubicaba la edénica Würzburg, como un joyel engastado en la corona de la región de Franconia.

A lo alto, vigilante desde su atalaya sobre un promontorio occidental, la Fortaleza Marienberg imponía su silueta poderosa, recordando los tiempos en que príncipes-obispos gobernaban tanto con la cruz como con la espada.

Los cimientos de Würzburg reposaban sobre siglos de historia, y aunque no ceñida por murallas como Rothenburg ob der Tauber, sus iglesias, palacios y puentes evocaban los ecos de un pasado esplendoroso marcado por guerras, reconciliaciones y un constante florecer del espíritu humano.

Würzburg había sido desde la Edad Media un cruce de caminos y un punto de confluencia entre la tradición y la modernidad.

Las calles, angostas y adoquinadas, se abrían paso con gracia entre hileras de casas de fachadas policromadas, coronadas por tejados de pronunciada pendiente.

La arquitectura barroca, rica en volutas, columnas salomónicas y frontones ondulados, confería a la urbe una atmósfera de solemnidad alegre, como si cada edificio escondiera una historia por contar.