Capítulo 10
L iesel Moira Angela Krüger . Ese era el nombre completo impreso, con tinta negra y caligrafía ornamental, en el certificado de matrimonio que había puesto punto final a su soltería libre y despreocupada cuando contaba apenas veintiún años.
Una ceremonia sencilla, privada, celebrada bajo los castaños de la campiña, con media docena de asistentes y una merienda modesta a la sombra de una pérgola florecida.
Roderick recordaba cada segundo con una nitidez punzante: el leve temblor de sus manos al colocarle la alianza, la tibieza de su voz al pronunciar los votos, el sabor a manzanas verdes en los labios de ella cuando la besó, ya convertidos en marido y mujer.
Por aquel entonces, Liesel era todo su mundo, su norte y su horizonte, y su enamoramiento no conocía límites.
La amaba con una devoción que rozaba la idolatría, y la habría seguido hasta el fin de la Tierra, de habérselo pedido.
Pero el tiempo, implacable y desmitificador, se encargó de horadar la quimera.
Lo que se inició como una unión de almas se transformó en una pugna silenciosa, en un diálogo cada vez más escueto entre dos desconocidos que compartían techo.
Pronto descubrió que la vida conyugal era un tejido delicado que no se sostenía solo con amor, y que bastaba una hilacha mal cosida para deshacer el entramado entero.
Las pequeñas discrepancias —sobre asuntos domésticos, horarios, expectativas— se convirtieron en abismos insalvables.
Liesel, que en un principio lo contemplaba con ojos asombrados y fervorosos, empezó a mirarlo como se observa a un huésped inoportuno que tarda demasiado en marcharse.
Lo que ella sintiera por él, fuera lo que fuese, se disolvió con una rapidez asombrosa, como un puñado de polvo arrojado al viento helado del desengaño.
Por eso, cuando el saludo de Liesel rebanó el aire del taller como una daga envainada en terciopelo y ella se presentó usando su apellido de casada, Roderick sintió cómo se desmoronaba el endeble castillo de sueños que había comenzado a erigir alrededor de su idilio con Katja.
La expresión consternada de esta al descubrir su secreto le desgarró el alma.
Su mirada incrédula buscó la suya, suplicando una negación, un alegato, cualquier excusa que le ofreciera consuelo.
Pero él, enmudecido por el peso de su cobardía, comprendió que mentirle solo sería una postergación ruin de lo inevitable.
La verdad había llegado, cruda y sanguinaria, como la manifestación corpórea de un espectro del que llevara huyendo una eternidad.
En el semblante de su amante, aún encendido por los besos que él le prodigara aquella misma madrugada, se dibujó con amarga claridad una palabra de resonancia irrevocable: traición.
Y sin esperar una réplica, Katja se arropó en un puñado de pretextos incoherentes —una cita olvidada, un encargo pendiente, una urgencia improvisada— y se marchó del estudio como si cada rincón de aquel local estuviera contaminado, como si el aire mismo la asfixiara.
Weber dio un paso para seguirla, pero Ernst, siempre atento al equilibrio de los gestos, lo detuvo con una mirada imperativa y un movimiento de cabeza que Liesel no llegó a percibir.
El veterano artista comprendía que había momentos en los que un hombre debía enfrentarse solo a las ruinas causadas por sus decisiones.
Así pues, salió tras Katja, dejando a Roderick de pie entre cajas, cuadros y recuerdos mutilados, con la conciencia hecha jirones y el pasado regresando como una ola furiosa a exigir compensación por lo que nunca terminó de resolverse.
Lo que sucedió después fue, en efecto, lo previsible: una disputa feroz, desprovista de toda mesura, cargada de improperios, acusaciones y voces enardecidas que reverberaron como relámpagos en una noche cerrada.
Porque así era Liesel: un torbellino implacable que devastaba a su paso, dejando no solo escombros materiales, sino también heridas emocionales imposibles de curar.
Tenía el perverso talento de imponerse en cualquier contienda, ya fuese con lágrimas o con la furia abrasadora de quien no conocía límite alguno a su egoísmo.
Como las veces anteriores, había regresado argumentando sobre un asunto urgente que desembocaba, inevitablemente, en una solicitud económica.
Su estrategia seguía un patrón elemental: dramatizar, manipular, seducir con un aire de fragilidad impostada, y luego lanzar la demanda con la naturalidad de quien reclamaba lo que por derecho le correspondía.
Al principio, Roderick siempre cedía. Cedía con la esperanza de que su complacencia obrara el milagro de un cambio, de que ella lo mirara al fin con respeto, acaso con algo de cariño.
Pero no era más que una ilusión absurda, una falacia construida sobre los despojos de una pasión mal entendida.
Le tomó años asumir la irrefutable evidencia: se había entregado —con cuerpo, alma y cartera— a una mujer carente de ética y empatía, para quien la palabra «amor» era una herramienta más de su repertorio de juegos y estratagemas.
Aceptar aquello abrió una profunda grieta en su orgullo, confluyendo en una admisión tácita de su falta de lucidez.
Y por eso estaba allí, plantado frente al Elite Obelisk, el hotel más exclusivo de la villa, marchito como una hoja en pleno deshielo, intentando reunir el valor necesario para enfrentarse a su estupidez.
La ansiedad lo atenazaba, le temblaban las piernas.
Entró al vestíbulo sin detenerse en la recepción.
Recordaba perfectamente el número de la habitación, la misma a la que había acudido tres semanas atrás, cuando quiso disculparse tras su primer desencuentro.
Sabía que si anunciaba su presencia, ella se negaría a verlo y, con toda probabilidad, ordenaría que lo expulsaran sin contemplaciones.
Esbozó una acerba sonrisa: la ironía de la vida.
Parecía haberse instalado entre ellos la costumbre de asociar los pasillos de aquel hotel con el arrepentimiento por alguna torpeza o un patinazo por su parte.
Con cada zancada, el peso de la verdad que estaba a punto de revelar se le hacía más insoportable.
No había garantía de redención; quizá llegaba demasiado tarde.
Y, sin embargo, guardar silencio tampoco era una opción, pues equivaldría a perpetuar la mentira, a renunciar por completo a la posibilidad —aunque remota— de que Katja algún día pudiera perdonarlo.
Aquella sería, intuía él, la segunda de muchas veces que se presentaría ante ella con el alma en ruinas. Porque desearla, en su caso, era caminar por un terreno escarpado, donde cada emoción podía provocar una avalancha que lo enterraría vivo.
Dio un par de toques a la puerta, con la palma tensa y el corazón palpitante, rezando con fervor para que Katja no se hubiese marchado antes de tiempo.
Temió que su súplica hubiera sido en vano, pero un crujido del suelo al otro lado le confirmó que el dormitorio no estaba vacío.
Expulsó el aire almacenado en sus pulmones con un alivio que le debilitó las rodillas.
Aún estaba allí. Aún podía arreglar aquel desastre.
—Vete de aquí, o haré que te echen —le espetó su voz crispada por la rabia y el desprecio. Escucharla fue, paradójicamente, un consuelo.
—No me voy a ir, Katja. Necesito que me escuches. Sí, Liesel es mi esposa. Intenté hablarte de ella antes de que tú y yo... debí habértelo contado. Sé que piensas que te he engañado, y...
No terminó la frase. El tablón se abrió con violencia, y Katja apareció como una leona herida, los ojos humedecidos y la respiración agitada.
Le asestó una bofetada con una fuerza que no sospechaba en ella.
Él trastabilló, y en ese instante vio, más allá del golpe que le causó un escozor infernal en la mejilla, un rostro devastado: un mosaico de lágrimas secas, ira desbocada y dignidad hecha trizas.
—¡Bastardo! —escupió ella, rota por la humillación.
—Katja, espera...
—¡Te odio! ¡Eres un puerco inmundo!
Con la cara ardiendo, Roderick la sujetó por la cintura, ignorando sus forcejeos, y la condujo al interior de la alcoba, cerrando tras de sí.
—¡Suéltame! ¡He dicho que te vayas! ¡No quiero volver a verte jamás! —gritó la joven, escapando de su abrazo a empujones.
—Te juro que me iré —dijo él, liberándola—. Pero no sin antes explicarte mi verdad. Necesito que sepas por qué me uní a Liesel y lo que eso significó para mí. Lo nuestro...
—¡Lo nuestro no existe! —lo interrumpió Katja, con una furia desesperada—. Estás casado, Roderick. ¡Casado! ¿Cómo pude ser tan ingenua? Me hiciste sentir especial, me ofreciste una mentira disfrazada de ternura mientras tu esposa... ¡Dios mío! ¿Cómo he podido caer tan bajo?
Su voz se quebró. Un temblor atroz recorrió su cuerpo entero, y sus manos se aferraron al respaldo de un sillón, como si precisara de algo sólido para no desmoronarse.
—Siento el daño que te he hecho.
—¿Es esto una venganza? —continuó la chica, mirándolo con ojos desorbitados—. ¿Es tu manera de castigarme por lo que mi padre le hizo al tuyo?
—¡No!
—¿Tan retorcido eres, Roderick?
—¡No, Katja! ¡Nunca te haría algo así! —protestó Weber, dolorido—. No sabes cuánto lamento todo esto, pero no es lo que crees.
—No eres mejor que Thomas. Los hombres... sois todos iguales. Crueles de una forma u otra, incapaces de mirar más allá de vuestra propia soberbia. No valéis la compasión que mendigáis.
Roderick bajó los hombros, sintiendo que aquellas palabras lo atravesaban con la precisión de la flecha de un arquero profesional.
Sabía que hablaba desde el dolor, desde la náusea de sentirse utilizada, pero eso no la hacía menos hiriente.
Le dolía. Le dolía como ver desplomarse una esperanza largamente acariciada.
Katja caminaba por la habitación con pasos erráticos, llevándose las manos al vientre como si el aire mismo se le negara. El corsé, el oprobio, la rabia: todo parecía sofocarla.