El lienzo de tus sueños Capítulo 9 #3
68%

Capítulo 9 #3

Pero no retrocedería. Tenía que aclarar lo de Liesel. Y después, asumir las consecuencias.

Fuesen las que fuesen.

***

—¿Te has... implicado con ella?

Roderick lanzó una mirada circunspecta a su socio.

Ernst jamás se andaba con subterfugios a la hora de abordar ciertas conversaciones, y esa mañana temprano, cuando vio salir a Katja del taller a escondidas y escurrirse entre los peatones del Marktplatz, decidió confrontarlo y alertarle sobre la temeraria coyuntura a la que se exponía.

La pregunta cayó como un guijarro certero en el estanque de su conciencia.

Pero no se hundió de inmediato: avanzó por la superficie, creando ondas concéntricas que se expandían, cada vez más grandes, perturbando su paz.

El aire parecía haberse estancado. Roderick alzó la vista, lentamente, dejando que sus ojos se posaran sobre el rostro impasible de Kissinger.

Ernst lo observaba con esa fijeza que no admitía evasivas.

Directo, cortante, leal hasta la muerte.

Un hombre incapaz de disfrazar una duda o de tolerar las ambigüedades sentimentales.

Aquel interrogante, aunque simple en su forma, era una espada afilada de fondo que traspasaba músculos, huesos y tuétano.

—Ninguno de los dos esperaba que ocurriera.

No me juzgues. Todavía estoy intentando comprenderlo y lidiar con las repercusiones que sé que vendrán.

Cuando Katja se entere de todo y la bomba estalle, me maldecirá por lanzarla a este campo plagado de minas.

Ahora soy yo el villano de este cuento de terror.

Pero no me arrepiento. No puedo. ¿Que mi codicia me convierte en un desgraciado sin escrúpulos? Pues entonces que así sea.

Kissinger gruñó, como si aquella declaración le resultara un disparate previsible. Dejó en el suelo el cuadro que acababa de envolver para su traslado a Würzburg y se limpió las manos con el trapo que siempre llevaba en el bolsillo trasero.

—Comparar tu actual estado con un campo de minas es una metáfora justa, sí. ¿Y si pisas una de ellas y te hace volar por los aires? No será nada bonito contemplar la lluvia de vísceras que me va a caer encima.

—No te he culpado ni te culparé en ningún momento.

—Yo la dejé entrar e insistí en que la vieras.

—No sabías quién era, no seas idiota.

—No es mi intención aguarte la fiesta, camarada —recalcó su amigo—. Pero... ¿le has hablado de Liesel al menos?

—La he mencionado. Sin nombres ni detalles.

—Y has obviado lo más importante, claro...

—¡No me atosigues, Ernst! —voceó Roderick, con un destello de ira que no supo reprimir—.

¿Piensas que me satisface lo que estoy viviendo?

Desde que Liesel se fue, y exceptuando la noche de borrachera de aquel Oktoberfest [5] un bienio después, no toqué a ninguna otra mujer en cinco años, esperando que se arrepintiera, que regresara, que me quisiera como yo la quería.

Vivía aferrado a un fantasma, a un futuro que nunca se concretó.

Y ahora, cuando al fin comienzo a respirar sin ella, ¿tú vienes a echarme en cara que vuelva a sentir algo real?

Cada palabra dicha le dolía como una espina en la lengua. Evocar a Liesel era como rasgar una cicatriz que no había logrado sanar.

—Soy el primero que celebra que lo hayas superado. Pero... conociéndote... temo que acabarás enamorándote de la señora Bramwell, y...

—Después de la exhibición —continuó Weber—, iré a Vilbruck a verla. Y me importa un bledo que no lo apruebes.

—No soy tu padre. No necesitas mi aprobación —masculló Ernst—.

Pero Katja Bramwell requerirá de ti más que noches de lujuria desenfrenada.

Sea lo que sea que se esté gestando entre vosotros, esta locura es mutua.

Y las mujeres le ponen nombre a las cosas mucho más rápido que los de nuestro sexo.

Si desatas el incendio, deberás tener la madera y el valor para quedarte a contemplar tu obra.

Su advertencia flotó en el aire como un vapor contaminante, y el mutismo que siguió fue aún más hiriente.

Aquel juicio tan tajante golpeó a Roderick con una brusquedad inesperada.

No había cinismo en las palabras de su compañero, solo una preocupación legítima.

Sin embargo, eso no las hacía menos lacerantes.

—Lo sé —reconoció él, encogiéndose.

Kissinger lo observó unos segundos más, luego se volteó para recoger unos documentos del escritorio. Al hacerlo, murmuró sin mirarlo:

—Y, Rod..., Liesel está en Rothenburg. Se aloja en mi casa.

La sacudida fue devastadora. Como una descarga eléctrica que fulminó sus sentidos, convirtiéndolos en un puñado de ceniza.

—¿Cómo?

—Se presentó en mi apartamento hace unos días. No supe qué hacer. Vendrá aquí de un momento a otro. Intenté disuadirla de continuar chupándote la sangre cual parásito nocivo...

Aquella última expresión hizo que Roderick se irguiera. Algo en él oscilaba entre la exasperación y la incredulidad. La idea de que Liesel estuviera de regreso, tan cerca, alterando otra vez su mundo, le provocó náuseas.

Llamaron a la puerta. El golpe seco resonó como un tambor de guerra. Ambos hombres se miraron en silencio, con la aprensión reflejada en los ojos. Ernst fue a abrir. Katja estaba al otro lado, sonriente, portando un sobre cerrado.

—Señor Kissinger, ¿cómo está? —Le cumplimentó, cordial.

Él se apartó para cederle el paso, murmurando un saludo entre dientes.

—¿Ha visto cómo ha quedado Eterna seducción ?

—Divino —respondió Ernst, recomponiendo su semblante—. De todas las pinturas al óleo que Roderick ha creado, esta es la más soberbia. Y usted carga con la mayor parte de culpa por su logro. ¿Podemos ofrecerle un café?

—No, no. Solo vine a ayudar a empaquetar los lienzos. Se marchan en... ¿cuántos días?

—Dos —terció Roderick, mirándola con terneza, aunque la ansiedad aún agitaba su pecho—. Y todavía continúo disgustado por tu negativa a acompañarnos.

Katja se acercó y lo besó en la mejilla. El contacto fue breve e íntimo, y el hombre deseó que el tiempo se detuviera. Que el mundo no reclamara explicaciones ni reviviera espectros del pasado. Que pudieran permanecer allí, aislados en esa pequeña burbuja de afecto.

—Mañana iré a la estación a reservar mi billete de vuelta a Bremen —informó ella—. No acudiré a la exposición, pero estaré aquí para despedirme y desearles mucha suerte.

—Es muy amable por su parte, señora Bramwell —intervino Ernst.

Un carraspeo interrumpió la conversación. Luego una simple pregunta, formulada por una voz suave, femenina, cargada de una inquietante familiaridad.

—¿Se puede?

El corazón de Roderick se detuvo. Reconocería esa voz incluso en medio de una tormenta. Era la misma que antaño susurraba su nombre entre los pliegues de las sábanas, que recitaba versos en la penumbra de la buhardilla donde soñaban con un porvenir común.

Se giró. El mundo pareció ralentizarse. Ernst también se volvió hacia la recién llegada, y Katja, curiosa, imitó el gesto.

Y allí estaba.

Como salida de un recuerdo embellecido por la nostalgia y distorsionado por el rencor.

Era más hermosa de lo que la memoria le había concedido.

Más etérea. Más peligrosa. Su melena encarnada caía con abandono sobre sus hombros, y su vestido —de un amarillo terroso sobrio, elegante— parecía haberse confeccionado con la intención de deslumbrar.

Sus labios, carnosos y rojos, dibujaban una mueca enigmática, propia de quien sabe que ha llegado en el momento exacto para causar estragos.

Katja la contempló enmudecida. No sabía quién era, pero algo dentro de ella —una intuición visceral, animal— le gritaba que debía mantenerse alerta.

—Tú... —balbució Roderick, sintiendo cómo se le resbalaba de las manos la caja con miniaturas que sostenía.

El impacto del objeto contra el suelo lo devolvió a la realidad.

—Liesel —dijo Ernst, caminando hacia ella—. Como te había comentado, Roderick y yo partimos en un viaje relámpago por trabajo, pero cuando regresemos, estaremos encantados de atenderte.

Ella agrandó los ojos, confundida.

—¿Atenderme?

—Por tu encomienda, ¿recuerdas?

Liesel vaciló. Sus ojos escrutaron inquisitivos la habitación. Entonces reparó en una desconocida, erguida junto al caballete, vestida con un traje caro, un pañuelo oscuro al cuello y una serenidad fingida en la postura.

—Supongo que será usted la nueva modelo de Roderick, ¿verdad?

—Así es —contestó Katja, recelosa.

Weber no supo si el tiempo se detenía o si su existencia entera se desplomaba sobre sus hombros. El oxígeno de la estancia se volvió irrespirable. Katja la miró con una mezcla de desconcierto y sospecha, como si una serpiente hubiese salido de una hondonada para reclamar lo que ya no le pertenecía.

Y en ese instante, Roderick recordó el día en que Liesel lo dejó, sin más explicación que una carta escrita con letra perfecta, diciendo que debía «encontrarse a sí misma».

Rememoró las tardes vacías, los lienzos inacabados, los inviernos sin besos, la esperanza marchita.

Y ahí estaba de nuevo. Imperturbable. Bella. Letal.

Destrozado entre los mundos que colisionaban frente a sus ojos, solo acertó a mirar a ambos extremos del estudio, consciente de que su vida acababa de partirse en dos. Y que ninguna de las mitades sobreviviría intacta.

Liesel se quitó el guante de cabritilla y extendió la mano hacia Katja.

—Un placer conocerla. Soy Liesel Weber. Su esposa.