El lienzo de tus sueños Capítulo 9 #2
66%

Capítulo 9 #2

—No me lo cuentes. No quiero saberlo. No todavía. Sé que no tengo ningún derecho a pedirte exclusividad, pero no soportaría oír que otra sigue viva en tu memoria.

—Si esa mujer aún ocupara ese lugar, no estarías aquí conmigo. Lo que siento cuando estamos juntos... —Roderick hizo una pausa, buscando las palabras— no tiene que ver solo con el cuerpo. Va más allá.

Katja besó su labio inferior con una dulzura que le templó el alma. Luego dijo:

—Ignoraba que existieran hombres así, capaces de considerar los sentimientos de su compañera.

Se sonrojó al recordar lo vivido en ese mismo rincón, y Weber, presintiendo cuál sería su contestación, preguntó:

—¿Es... la primera vez que gozas?

—Thomas no era... cariñoso. Sus acciones continuamente procuraban su propia satisfacción, no la mía.

Y era... muy desagradable. Su humor mejoraba bastante después de...

eso. Se pasaba unas cuantas jornadas sin asestarme ningún bofetón, cosa que era de agradecer.

Al principio siempre terminaba vencida por las náuseas, pero luego me fui acostumbrando.

Weber se revolvió, incómodo. Sintió una presión acre en la garganta, como si tragara fragmentos de hierro oxidado.

—¿Te agredía?

—Con frecuencia.

—Maldito bastardo —gruñó él, apenas audible.

—No quiero que su recuerdo estropee esto que tenemos. Dejemos de hablar de él. Estoy bien.

Tras besarla en ambas mejillas, Roderick dijo:

—Ven conmigo a Würzburg, a la exposición. Te presentaré al conde von Sachsen.

—Acepté quedarme solo hasta que pudieras pintar tu cuadro. Echo de menos a mi hija —se excusó Katja—. Quizá puedas tomar tú un tren a Bremen, y... Vilbruck está a media hora en coche.

—Tu familia me echaría a patadas de sus dominios. La única Bauer a la que quiero tener cerca es a ti.

—No vivo con ellos —aclaró la chica—. Tía Katja Rose me legó la casa en la que residió hasta su muerte. Serás bienvenido a Sunny Hütte siempre que quieras.

—Qué tentador. Podré conocer a Rosalind.

—Y contarle que te has hecho rico y famoso exponiendo tus pinturas. Quién sabe, tras tu éxito en Würzburg, Kissinger y tú ya no tendréis que compartir tu taller, y conseguirás una vivienda digna, aunque yo le encuentro un atractivo especial a tu subsistencia inconformista.

—Querrás decir «pobre» —la corrigió Weber, riendo.

—A mí me gusta. Posees lo necesario para vivir y ser feliz.

—Lo segundo me faltará el día que te vayas —expuso él, acariciando sus pómulos y besándola con una terneza que la hizo suspirar—. Pero ahora te tengo aquí, en mis brazos, y no pienso en nada más que en exprimir nuestros instantes lo máximo que se me permita.

—Si es mi consentimiento lo que estás pidiendo, sabes que lo tienes —afirmó Katja, juguetona—. ¿Existe algo más que desees enseñarme en lo tocante a la intimidad entre un hombre y una mujer?

—Mi adorable señora, la respuesta a esa cuestión es una lista muy larga —enunció él—. Poseo un temario variado y extenso. ¿Preparada para la próxima lección?

***

—Lo habría matado, ¿sabes? —había reconocido su padre, oteando, a través de la ventana, la plaza abarrotada de transeúntes—.

Le habría dado un final a la altura de su mezquindad.

Un cuchillo clavado en el estómago, una copa de vino envenenada o una soga alrededor del cuello.

Me lo imaginé colgado de un árbol en los bosques circundantes, pudriéndose o siendo devorado por alguna fiera salvaje.

Deseé que sufriera. Es más, deseé que su aflicción fuera causada por mi mano.

Abundantes copos de nieve cubrían sin apremio el tejado acristalado del invernadero de una casa contigua.

Roderick estaba de pie, a pocos pasos, con las manos entrelazadas tras la espalda, calentándose frente a la lumbre de la chimenea del salón.

No era la primera vez que su progenitor hablaba de Hans Bauer.

Pero nunca antes había destilado tanto odio.

—¿Y Katja Rose? —preguntó él, cauteloso.

—A ella no. A Hans.

—¿Ibas a mantenerla fuera de tus planes de revancha?

—Él era el objetivo. Rosie... era el medio para llegar hasta los Bauer. Pero se convirtió en un obstáculo.

Weber se giró hacia el joven. El tiempo se había ensañado con su cuerpo, pero en sus ojos persistía el mismo fuego que recordaba de su infancia: ese fulgor helado que no distinguía entre justicia y venganza.

—Viajé a Vilbruck con un único propósito: hacerle pagar. No en metálico, no con disculpas ni arrepentimiento, sino con sangre. Creí que lo merecía. Después de todo lo que hizo, de lo que calló... ¿no lo crees tú también?

Roderick no respondió. No se fiaba de las palabras en ese instante. Sabía que si hablaba, algo se rompería. Se concentró en el crujir de la madera ardiendo, el silbido del viento contra los ventanales, y el lejano sonido de una carreta avanzando tambaleante sobre la nieve recién caída.

—Hans se había quedado con todas las pruebas.

Cuando me contrataron para retratar a su hija, lo tomé como una señal del cielo.

Temía que mi estrategia fallara, y me tocara fingir un robo para acceder a sus efectos personales.

El muy cobarde no dejó cabos sueltos. Su primogénito, August, sospechaba de mí y me vigilaba como un halcón, pero Katja Rose...

—Te prendaste de ella, ¿no? Por eso la considerabas un obstáculo.

El anciano sonrió con amargura.

—Yo... no pude escoger. Me extirpó el corazón del pecho, Rod. No hubo forma de evitarlo. Si no hubiera sido por la certeza de que ella ignoraba mis intenciones al invadir su casa como una dolencia infecciosa, habría pensado que me sedujo adrede.

La lámpara de aceite crepitó en la mesilla. Fuera, la nevada se agudizó.

—Y entonces... os descubrieron —murmuró el chico.

—Sí. Interceptaron una de las notas que nos enviábamos.

Fue horrible. Y llevado por la cólera que me dominaba, confesé mi ardid, entregando a August en bandeja el arma con la que destruirme.

Fui un necio, hijo. Intenté apelar a su humanidad, y me encontré con un muro de indiferencia y avaricia insalvables.

Hans y su polluelo ansiaban mi caída, y arrastraron a Katja Rose con ellos.

El patriarca miró el cielo blanquecino. El mal tiempo continuaría durante varias horas. Por un rato, solo se escuchó la sutil brisa del viento que danzaba alrededor.

—Si alguna vez te cruzas con ella... o con uno de los suyos —añadió—, no cometas mi error. No pongas a prueba la lealtad de una Bauer. Podrías perder más que el alma.

Roderick pestañeó, como si eso bastara para hacer desvanecer el recuerdo. Pero la voz contrita de su padre permanecía suspendida en la penumbra, adherida a las paredes de la habitación como el hollín que dejaba el humo contaminado.

«No pongas a prueba la lealtad de una Bauer».

Eran las cuatro de la madrugada. Afuera, el paisaje dormía bajo una sábana tersa de niebla virgen. Dentro, el sosiego era sofocante, punteado apenas por la respiración acompasada de Katja, que dormía profundamente, ajena a las palabras que seguían apaleando la mente del hombre que la observaba.

Una colcha estampada protegía su cuerpo, y su cabello se desparramaba en mechones rebeldes sobre la almohada.

Sus preciosas piernas asomaban bajo el lino.

Había en ella una calma indómita, como si el sueño no consiguiera domesticar su naturaleza.

La curva de su espalda descubierta, la laxitud de sus labios entreabiertos, la cadencia regular de su respiración...

todo en ella parecía ensayado para tentar el olvido de cualquier prohibición o consejo.

Su padre no habló desde el resentimiento por un amor frustrado, sino desde el lugar más oscuro que podía ocupar un hombre: aquel donde se aprende que no basta amar para ser amado, y que el linaje puede pesar más que los afectos.

Había visto en Katja Rose una oportunidad redentora, y terminó hundido en el mismo fango que pretendía erradicar.

Roderick lo comprendió entonces con dolorosa nitidez.

Se inclinó hacia la mujer dormida, sin tocarla, reteniendo el impulso de rozar la curva de su hombro o de sepultar el rostro en el hueco de su cuello. No se fiaba de sí mismo. No después de lo que había pasado. No cuando la mitad de su ser le exigía huir y la otra le imploraba quedarse.

Katja murmuró algo, un sonido apenas articulado, seguido de un movimiento leve de labios. Era una imagen inquietante en su belleza: sus pestañas largas proyectaban sombras sobre sus mejillas sonrosadas por el calor, y su boca pronunciaba su nombre entre balbuceos. ¿Qué soñaba?

¿Sabía, en algún rincón profundo de su inconsciente, que dormía junto a un hombre que no había sido del todo sincero?

Roderick apretó los dientes. La tentación de marcharse antes de que amaneciera lo había asaltado más de una vez desde que se acostó a su lado. Pero la idea de dejarla sin explicaciones, de volver a esconderse tras estratagemas y silencios calculados, le repugnaba más que el propio miedo.

Iba a hablar con ella. Mas antes debía resolver lo que tenía pendiente.

Liesel.

No podía seguir arrastrando ese asunto como un cadáver oculto bajo la alfombra. Había jugado con fuego. Con los sentimientos de Katja, con su confianza, con su historia. Le debía la verdad, aunque eso significara arriesgar lo poco que habían construido entre ambos.

Ya era tarde para escapar de su cercanía.

Lo supo al verla girarse y buscarlo a tientas como si lo percibiera despierto , y anidar inconscientemente en el hueco que su cuerpo había dejado en la cama.

Se acomodó contra él, instintiva, tibia, entregada.

Ya no podía apartarla. La pasión de esa noche —brusca, honesta, ineludible— no era solo carne ni deseo.

Había sido una confesión muda, una tregua precaria entre dos pasados erosionados.

Roderick apoyó la espalda contra el cabezal del lecho y se pasó una mano por el rostro. «No pongas a prueba la lealtad de una Bauer...». Quizá ya lo había hecho. Quizá la prueba ya había comenzado y no era él quien la conducía.