Capítulo 9
En Inglaterra, el uso del diafragma distaba de ser común.
Sin embargo, ella, obstinada y discreta, logró procurarse uno gracias a un boticario londinense tan reservado como competente.
Junto a él, un preparado viscoso que el farmacéutico calificó de «eficaz con cierta constancia».
En una sociedad que atribuía a la mujer el rol exclusivo de madre y esposa, su decisión era poco menos que una herejía.
Aun así, para muchas, ese gesto podía significar la diferencia entre la vida y una muerte anónima tras un parto fallido o un cuerpo exhausto por continuos alumbramientos.
Cuando Thomas falleció, Katja arrojó el diafragma a la basura con el resto de otras pertenencias inservibles.
Había tomado una resolución tajante: ningún hombre volvería a tocarla.
Sin embargo, el tiempo, que todo lo descompone o transforma, le presentó una excepción en la forma de alguien con un apellido detestado por los suyos, un enemigo acérrimo de su familia.
Roderick Weber era, sin quererlo, la más efectiva provocación.
Convertirse en su amante había sido un delicioso acto de rebeldía, una rotunda afirmación de sí misma y sus deseos.
Y aunque lamentó haberse deshecho del antiguo artefacto, encontrar otro resultó menos arduo de lo esperado.
Un boticario de Rothenburg presto a no emitir juicios de valor le vendió uno similar y más sofisticado, adaptado a los nuevos avances.
Aquella mañana, Roderick dio por terminado el cuadro del conde von Sachsen.
La figura de Afrodita, inmortalizada por su pincel, aguardaba su traslado a Würzburg.
Kissinger, que rara vez entraba al estudio cuando Weber trabajaba con ella presente —probablemente por respeto, o por conveniencia—, estaba inmerso en negociaciones con la asociación que organizaría la próxima exposición.
Entre las obras figuraba también Eterna seducción , la diosa nacida de sus sesiones conjuntas.
Mientras lavaba los utensilios y los dejaba secar, de espaldas a ella, Katja lo observó con descarada minuciosidad.
Había en él una fusión de rudeza y mesura que le fascinaba: la solidez de los hombros, la cadencia sobria con que se movía, el modo en que su respiración se acompasaba con la quietud del taller.
Y entonces volvió a aquella noche, al sonido del trueno que disimuló el golpe de sus nudillos contra la puerta.
Recordó la humedad de la tormenta, el calor de sus manos, el vértigo del primer beso.
Lo que ocurrió después era imposible olvidarlo.
No podía. Lo deseaba otra vez, con el frenesí de quien ha probado algo que no quiere dejar de paladear jamás.
—Yo que tú no seguiría inspeccionándome así —advirtió Weber, girando apenas la cabeza para interceptar su mirada.
—¿Me estás vetando el derecho a observarte?
—Como si pudiera impedirte hacer lo que se te antoje.
Katja soltó una carcajada breve. Su risa escaló por la espalda de él como una corriente eléctrica.
—Siento tu impúdico escrutinio circulando por todo mi cuerpo, y no consigo concentrarme —añadió Roderick, dejando los pinceles en el tarro y dándose la vuelta—. No me alcanzará una vida para aplacar este delirio que me despierta hasta el más leve roce contigo. ¿Qué haré cuando regreses a Vilbruck?
—No pienses en eso ahora —lo interrumpió ella, poniéndose en pie y caminando hacia él—. Estamos aquí. Lo demás no existe.
—¿Sugieres que... mantengamos esto? Que lo nombremos, incluso.
—No hay nada que sugerir. Somos oficialmente amantes, Roderick —respondió la joven, rozándole la mandíbula con los dedos—. Lo dices como si te produjera rechazo.
—¿Rechazo? —repitió él, atónito—. Lo de aquella noche fue... como tocar el cielo. Inesperado. Intenso. Pero no quiero que tu nombre circule en bocas ajenas ni que tu dignidad se vea empañada. Eres una dama.
—Y renunciaría a esa etiqueta si fuese el precio por tenerte —replicó ella, sin pestañear.
Aquellas palabras derrumbaron la frágil defensa que él había levantado a su alrededor. No quedó en pie ni el más tímido argumento.
—Debería disculparme por atreverme siquiera a pensarte de ese modo —musitó, vencido—.
Pero no puedo evitarlo. Tu piel posee el color y la textura perfectos para ser el lienzo en el que pinto todas mis fantasías y mis sueños.
Todo en ti me incita a crear, a perderme, a olvidar.
Te deseo, Katja. Y esta vez... no quiero hacer lo correcto.
La rodeó con los brazos y la besó sin prisa.
—Hay algo que necesito contarte... algo que deberías saber...
—Calla —lo interrumpió ella con firmeza—. No quiero escuchar nada sobre los Bauer o ese viejo rencor que alimentáis como si fuera un legado. Al infierno con sus estúpidas rencillas.
—Te lo dije antes: si vuelvo a tocarte, no habrá marcha atrás —murmuró Weber, sosteniéndole la mirada—. Hemos superado el apremio de la primera vez, y, a no ser que albergues el propósito de no abandonar mi casa durante las próximas horas, te rogaría que no me tentaras más.
Katja bajó lentamente las manos hasta su torso, acariciándolo como si quisiera memorizarlo, y besó el centro de su pecho, justo donde latía su corazón.
—Ven —dijo, sin elevar la voz.
Lo condujo hasta una chaise longue cercana y comenzó a desabotonarle la camisa. Él no opuso resistencia, escrutándola con ojos llameantes. Cuando liberó el último botón, Roderick le rozó la nariz con los labios y balbució:
—Los celos... y la rabia... me están devorando por dentro.
—¿Celos? ¿De quién?
—De Thomas Bramwell —respondió él—. Celos... por haberte tenido tan cerca, tan al alcance, tan frágil. Y rabia... por haber creído que podía tomarte sin merecerte.
Katja lo miró como quien tanteaba en la oscuridad del pasado una verdad que ya no deseaba enfrentar.
—Con él no hubo nada que se pareciera a esto —dijo—. Solo me utilizó. Fui una vía, no un destino. Rosalind nació porque no supe evitar una preñez indeseada, aunque hoy su existencia es lo que da sentido a la mía. La amo con cada fibra de mi ser. Pero no, Thomas no me quiso. Ni siquiera me vio.
Roderick deslizó los tirantes de la túnica por los hombros de Katja, y la tela resbaló por su silueta, dejándola prácticamente desnuda, a excepción de un culotte que cubría sus caderas.
Le indicó que se acomodara en el diván , y, arrodillándose frente a ella, la despojó de su ropa interior, diciendo con voz ronca:
—Mi venerada diosa Afrodita, ha llegado el momento de rendirte pleitesía.
Le separó las piernas, se desvistió y se colocó entre ellas.
La besó en la boca, bebiéndose sus prolongados suspiros, y siguió marcando su recorrido por su cuello, sus clavículas y, finalmente, su talle.
Descendió más aún, hasta su ombligo, lamiendo su vientre.
Katja jadeó su nombre, atrapando su melena desordenada entre los dedos, y echó la cabeza hacia atrás, cayendo de espaldas en el asiento.
—Eres como un manjar del Olimpo; y yo, un sátiro insaciable.
—Llevo puesto... un diafragma —logró articular la joven.
Roderick comprendió su insinuación, y el gris de sus ojos se oscureció hasta que estos semejaron dos enormes pupilas dilatadas.
El alivio le mordió la espina dorsal en un espasmo involuntario.
Ya no habría barreras, ni pretextos ni espera, y su declaración sonó como una melodía que se elevaba in crescendo hasta alcanzar un placer desatado.
Katja le enlazó la cintura con las piernas y lo atrajo hacia sí con una ferocidad muda, exigiéndole, con la piel y con la boca, que aplacara su hambre.
Él acató su demanda, osado, pero sin ceder a la violencia del impulso, explorando cada milímetro de aquel territorio al que se le había dado acceso sin restricciones.
Entonces, en un movimiento súbito, la sujetó por la espalda, giró con ella y la colocó encima.
Sus labios rozaron su oído, y dijo, con un tono denso y rugoso:
—Haz conmigo lo que quieras.
Su petición sonó a un exquisito mandato que su amante se apresuró a obedecer sin rechistar.
Tumbado boca arriba, Roderick la contemplaba voraz.
Sus ojos rapaces la devoraban mientras ella asumía el mando, permitiendo la libre circulación de las manos masculinas que vagabundeaban por su cuerpo entre resuellos de éxtasis desaforado, al ritmo de una canción que únicamente ellos podían escuchar, siguiendo el vaivén hipnótico de sus cinturas.
Katja tiró de él, obligándolo a erguirse, y arremetió contra su boca en un beso arrollador.
Roderick la sostuvo por las caderas, urgiéndola a apaciguar su brío, intentando ralentizar el ímpetu que amenazaba con desbordarlo, pero ella se negó a complacerlo, y tumbándolo de nuevo, le clavó las uñas en el torso, temblando de la cabeza a los pies, mientras él vertía su simiente, sacudido por la derrota en aquella gloriosa batalla.
La joven, entonces, se desplomó sobre su pecho, tapándolos con el manto dorado de sus cabellos, y Weber la besó en la sien.
Minutos después, echados sobre la chaise longue y aún abrazados, habían recuperado el sosiego, y Roderick trazaba figuras sin forma con la yema de los dedos por la espalda de Katja. Los latidos de su corazón se habían apaciguado, y se sentía capaz de volver a pronunciar una frase coherente.
—Tu vigor y energía son virtudes con las que no contaba cuando acepté tu oferta —bromeó—. ¿Siempre eres tan... entusiasta?
Katja emitió una tímida risita.
—Solo contigo.
—¿De veras?
—¿Y tú?
Roderick se movió, tumbándose de lado, apoyándose en un codo y encarándola.
—¿Yo... qué?
—No esperarás que me crea que he sido la primera de tus modelos con la que has tenido un affaire .
Weber le apartó el pelo del rostro, y el fervor de su mirada la alertó.
—No, no lo eres. Hubo... alguien antes. Alguien que... me cambió la vida en cierta manera, y...
Ella posó su dedo índice sobre sus labios, acallándolo.