El lienzo de tus sueños Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Reconocía que, en esas circunstancias, podría haberse resistido a dejarse vencer por la libido, pues al contrario que Ernst, ella estaba más sobria que una monja en vísperas de meditación.

Pero el socio de Rod, con aquellos vivaces ojos color avellana, era un hombre demasiado apuesto y pícaro como para resistirse, y una tenía sus debilidades.

—No te voy a morder, querido. Prometo que no pretendo desbaratar vuestra fantástica vida de artistas bohemios sin un marco en el bolsillo —aclaró, jocosa.

Ernst achicó los ojos, desconfiado. Aquella hechicera poseía el don de embaucar a cualquier ser humano con una facilidad siniestra. Sabía de sobra que Liesel no daba puntada sin hilo. Esa mujer poseía el diabólico talento de transformar cualquier conversación en un juego de espejos.

—Rod es mi amigo, Liesel.

—¿Y? Yo también lo soy.

—Te toleraba porque él cometió el error de enamorarse de ti. Ese era el único motivo por el que intentaba no discutir cada vez que aparecías.

—Eso... y que te gustaba más de lo que jamás vas a admitir.

El rostro de Kissinger se tensó. Su mandíbula se movió apenas, como si masticara una palabra que prefería no pronunciar. Finalmente, replicó con sequedad:

—Estaba borracho.

—Bueno, dicen que el alcohol es un estímulo infalible para lograr que te digan la verdad.

—Con el veneno que destilas, involucrarme contigo sería como cometer suicidio por etapas. No me interesa, gracias.

En lugar de ofenderse, Liesel soltó una carcajada breve, casi cálida. No parecía tomarse nada demasiado en serio.

—Vamos, Ernst. No seas melodramático —dijo, acomodándose el chal sobre los hombros.

Él suspiró resignado, se apartó del marco de la puerta y la dejó entrar. Ella traspasó el umbral, dejó su maleta en el suelo del pasillo y se quedó de pie, escudriñando el interior con la mirada.

—¿Y bien? ¿Qué te trae por aquí?

—Supongo que sigues trabajando con Roderick.

—Sí.

—¿Por qué no estás en el estudio?

—Está terminando un encargo para un cliente, mientras organizo una exposición en una sala de exhibiciones de Würzburg. Von Sachsen...

—¿El conde?

Ernst resopló, irritado.

—Sí, el conde. ¿Qué pasa con él?

Liesel separó los labios para hablar. Él la interrumpió antes de que dijera nada:

—Si has venido desde quién sabe dónde solo para volver a pedirle dinero, lo que estás haciendo es mezquino. Ruin.

—¿Porque, según tú, no tengo derecho?

—Exacto. Decidiste recoger tus bártulos, romperle el corazón y largarte como si nada. Roderick es una persona, no un banco o un fondo de emergencia.

—La causa de nuestra pelea fue tu estúpido sentido del honor, no lo olvides. Podías haberte quedado calladito. Solo nos besamos, Ernst. Ni que nos hubiésemos revolcado en el mugriento camastro en el que duermes.

—¡Tu cara dura es... increíble! —exclamó él, perdiendo los estribos—. Y por cierto, se lo tendrías que haber contado tú. ¿No te da vergüenza ser tan miserable?

Liesel sintió el peso de su acusación como una cachetada directa a la mejilla. Pero entre la culpa y la necesidad, no había lugar para la vacilación. En el eco del silencio que siguió a sus reproches, se aferró a su resolución, venciendo la pugna interna entre el arrepentimiento y la supervivencia.

—Él me engañó primero —afirmó—. Me habló de una vida robada, me hizo promesas que nunca se materializaron.

—Liesel...

—Porque eso es lo que hacéis los hombres —espetó ella—. Nos tomáis por tontas y nos embelesáis a base de mentiras.

Kissinger se envaró, dominado por la ira. ¿Se podía ser más interesada y manipuladora?

—¿Qué mentiras?

—No te hagas el ingenuo.

—¡No eres la víctima aquí! ¡No lo eres! —bramó Ernst—. Y si tuvieras el alma menos negra, hasta me habría puesto de tu parte.

—¿Quieres que desaparezca de su vida?

—Sería estupendo que lo hicieras, sí.

—Pues eso no va a suceder.

Ernst se mesó el cabello, extenuado. En cuanto Weber se enterara del regreso de Liesel, todo su universo volvería a estar patas arriba. Justo cuando parecía encandilado con la preciosa Katja Bramwell...

—Dime cuánto exiges para dejarle en paz. Yo te conseguiré la cantidad.

—No. De ti solo quiero un techo en el que guarecerme hasta que nuestro asunto haya concluido.

—Ni loco voy a pernoctar en la misma choza que tú. Hay varias posadas respetables en Rothenburg.

—Ernst, ten piedad... ¿vas a dejarme tirada en la calle como un chucho pulgoso? ¿A mí?

La lealtad de Ernst comenzó a resquebrajarse con cada puchero que salía de los labios de Liesel.

Por un lado, el recuerdo de Roderick —fiel, cándido, profundamente enamorado— lo instaba a dar un portazo y cortar toda ayuda.

Por el otro, la mirada desesperada de Liesel removía algo más primitivo, una mezcla de lástima y rabia mal digerida.

Sabía que acogerla sería una traición, una cuchillada en la espalda de su amigo...

, pero dejarla pudrirse a la intemperie no lo haría mejor hombre.

Entre el deber y la compasión, se sentía atrapado como un insecto debajo de un vaso de cristal.

—Una noche —claudicó, señalando el dormitorio a su izquierda—. Es el máximo tiempo por el que te cedo mi cuarto. Después, me lavaré las manos respecto a tus enredos, y te irás de mi casa. Y cuando eso ocurra... haré lo que esté a mi alcance para no volver a verte.