Capítulo 8 #2
Annette estiró el brazo para alcanzar el cesto de mimbre que había dejado a un lado de la frazada y sacó una servilleta y varios triángulos de pan de centeno untado con queso fresco y pepinillos.
—Rosie, ven a picar algo antes de que empieces a marearte. He traído bocadillos, ciruelas y zumo de manzana.
—¿También hay tarta?
—Una pequeña. De amapola y limón. Pero solo si comes primero algo salado.
La niña regresó trotando, las mejillas encendidas y los rizos pegados a la frente.
Se dejó caer sobre la manta con un suspiro dramático y mordisqueó el pan sin entusiasmo.
Annette, por su parte, observó a las madres que paseaban con cochecitos a lo lejos, a las ancianas sentadas en los bancos del parque y a un grupo de muchachos que hacían la ruta en bicicleta, tratando —sin éxito— de desterrar de su mente el contenido del telegrama que Katja le había enviado dos noches atrás: «He hablado con él.
Es igual que su padre. Estoy confusa. Te cuento a mi regreso».
Eso era todo. Ni una pista más. Pero el impacto de esas líneas había sido desproporcionado.
Eran demasiadas coincidencias juntas para pasar aquello por alto.
El hijo de Roderick. ¿Qué clase de parecido era ese?
¿Físico? ¿De carácter? ¿Encerraba ese mensaje alguna revelación que Katja no se atrevía a... confesar?
—¿Cuándo vamos a ver los huesos, tía? —inquirió Rosie, masticando un trozo de ciruela.
—¿Los fósiles? Cuando terminemos de merendar. No queda mucho, pero tienes que prometer que no vas a tocar nada. ¿De acuerdo?
—Hecho. Solo miraré.
—Y si te portas bien, a lo mejor dejamos una nota en el libro de visitas para el profesor Jaekel. ¿Te gustaría?
Rosie aplaudió, eufórica. Annette le alisó el vestido y recogió los restos del bocadillo con movimientos lentos, deliberados.
No era el primer paseo que hacían juntas desde que Katja se marchó, pero sí el primero en el que la chiquilla se mostraba agitada, incluso melancólica.
Annette sospechaba que no todo se debía al mal humor de August o al cambio de vivienda.
La niña, como su madre, tenía un sexto sentido para leer entre líneas lo que no se decía.
Abandonaron el parque por el sendero de grava, siguiendo los carteles que llevaban a la sala de exposiciones anexa a la biblioteca.
El edificio, de ladrillo oscuro y ventanas altas, parecía un monasterio: olía a papel añejo y madera encerada.
Una empleada les indicó la dirección de la galería, y al atravesar las cortinas se vieron rodeadas de vitrinas con esqueletos de peces prehistóricos, fragmentos de cerámica erosionada y fósiles dispuestos como joyas sobre el terciopelo marrón.
Rosie pegó la nariz al cristal que protegía una mandíbula de ictiosaurio.
—¿Esto también estuvo enterrado?
—Dicen que durante miles de años. Imagina la edad que tiene eso —respondió Annette, agachándose a su altura—. Más de lo que tú o yo podemos comprender.
—¿Y quién lo desenterró?
—Unos señores con pinceles muy pequeños y mucha paciencia. Como el profesor Jaekel.
—¿Él cavó todo esto?
—No solo él. Tiene ayudantes. Pero es el que los estudia, el que escribe sobre sus descubrimientos, el que les pone nombre. A veces, incluso recupera cosas que nadie ha visto anteriormente.
—¿Y por qué colecciona huesos tan viejos?
—Porque nos recuerdan que no somos los primeros en habitar el planeta. Y que en la tierra hay muchísimos secretos por averiguar, si uno sabe dónde buscar.
Rosie rumió su alegato, pensativa. Luego se volvió hacia ella.
—¿Tú tienes secretos, tía Annette?
La dama acarició el borde de la vitrina con los dedos.
—Todos los tenemos. Pero yo los importantes... se los cuento solo a personas que pueden entenderlos. Y guardarlos bajo llave.
Rosalind asintió como si acabara de recibir una confidencia sagrada.
—Entonces yo también te voy a contar los míos cuando sea mayor.
—Aquí estaré —dijo Annette, y le tendió la mano.
Continuaron el recorrido en silencio, entre huellas fosilizadas, fragmentos de ámbar y mapas antiguos.
Annette pensó en Roderick, en Katja, en ese desconocido que portaba los genes del amor de juventud de Katja Rose, en la fragilidad con la que el pasado se colaba por las grietas del presente.
Hallaba solaz en dejarse arrastrar por la curiosidad infantil de Rosalind, como si todo lo demás —los telegramas, las sospechas, las intrigas y trifulcas familiares de los Bauer— pudieran esperar.
Y eso, por el momento, era más que suficiente.
***
La inauguración de la estación ferroviaria en 1873 supuso un punto de inflexión en la historia local y en la articulación del transporte dentro del distrito de Ansbach, en la región bávara.
Hasta entonces, Rothenburg ob der Tauber —a pesar de su fama por conservar intacta la arquitectura medieval— permanecía aislada de las principales rutas comerciales, lo que ralentizaba tanto el flujo de visitantes como el trueque de mercancías esenciales para el desarrollo económico de la villa.
Con la llegada del tren, el trazado del progreso se impuso sobre la geografía romántica del lugar.
El pueblo quedó unido, por primera vez, a la vasta red de ferrocarriles que atravesaba el país, y pronto comenzaron a llegar excursionistas, comerciantes, estudiosos del gótico tardío y damas ansiosas por deambular por sus calles empedradas.
El turismo, casi inexistente hasta entonces, se convirtió en fuente de ingresos y en motor de transformación social.
Aquel día despejado, el primer silbido de la locomotora perforó el aire como una promesa.
Liesel, instalada en un compartimento de segunda clase, observaba el paisaje que discurría como un grabado animado al otro lado del cristal.
El traqueteo marcaba una cadencia hipnótica que no lograba calmar la zozobra que le sacudía el pecho.
Vestía con sobriedad impecable: un conjunto de viaje gris antracita con puños blancos almidonados, y un sombrero sujeto al cabello con alfileres de nácar.
Desde fuera, nadie habría adivinado el nudo de emociones que tensaba su estómago.
Había dejado Hamburgo atrás hacía unas horas, así como a Klaus, cuya silueta seguía apareciendo en los márgenes de sus pensamientos como un fantasma persistente.
Su destino era Rothenburg, donde Roderick residía en un apartamento estrecho con vistas a la plaza del mercado.
Liesel no tenía intenciones de prolongar su visita: pensaba exponer su solicitud con claridad y obtener lo que buscaba.
Le urgía el dinero, no solo para solventar deudas, sino para disponer de una temporada entera en la que no tuviera que agachar la cabeza ante nadie.
Antes de ir al encuentro de Weber, haría una parada en casa de Ernst Kissinger.
Le bastaba plantarse en su puerta y dejarse ver.
No tendría que decir una palabra: su presencia sería suficiente para anunciar lo inevitable.
Kissinger, con su expresión adusta y su ridículo sentido de la lealtad, se encargaría de informar a su viejo amigo. Liesel sabía bien cómo manejarlos.
El tren redujo la marcha al aproximarse a la estación, y ella tomó su bolsa de viaje. Intuía que Roderick no le ofrecería alojamiento —ni siquiera una silla donde reposar—, así que buscaría una habitación modesta para pasar la noche.
Cuando el revisor anunció la parada, esperó a que el compartimento se vaciara. Luego bajó con paso decidido, ignorando las miradas de los mozos y el olor a carbón quemado que impregnaba los andenes.
Un coche de punto la llevó hasta el casco antiguo, donde las casas de techos inclinados cubiertos de tejas rojas y estructuras en voladizo seguían resistiendo el paso del tiempo.
Subió una calle empinada hasta una vivienda estrecha y sombría, tan idéntica a como la recordaba que por un instante creyó haber retrocedido una década.
Algunos hombres, pensó mientras golpeaba la puerta de Kissinger, seguían creyendo que podían vivir del arte sin concesiones ni ayuda, incluso cuando el mundo ya se había acostumbrado a contemplar la realidad a través de una fotografía.
Llamó usando la aldaba de hierro, hasta que una voz somnolienta respondió desde el interior.
—¡Voy, voy!
La puerta se abrió, mostrando a Ernst en bata y sin afeitar, claramente convencido de que se trataba de algún compañero de taberna o de Roderick en una de sus visitas intempestivas.
Pero al encontrarse con la figura de Liesel en el umbral —erguida y con una maleta que no dejaba lugar a dudas—, vaciló.
Su rostro se transformó de inmediato: palideció como si hubiera visto un espectro.
—¿Qué... qué haces aquí? —preguntó, más por reflejo que por verdadero interés.
—Hola, Ernst. Hace... ¿cuánto que no nos vemos? ¿Desde las pasadas navidades?
—¿Qué quieres, Liesel?
—¿Vas a invitarme a entrar o preferirías que me quedara en la acera para que los vecinos saquen conclusiones?
—No eres bienvenida.
Una sonrisa sagaz se perfiló en los labios finos de la chica, consciente de que los dos, de manera simultánea, pensaban en lo mismo.
Una noche, estando ella y Roderick todavía juntos, coincidió con Ernst en una verbena organizada por conocidos en común, y él había bebido más de la cuenta.
El ambiente distendido los había hecho intimar de una manera muy poco apropiada, y acabaron besándose bajo los arcos del soportal del edificio en el que se celebraba la fiesta.
Al día siguiente, Kissinger se deshizo en disculpas con ella y evitó acudir durante una semana entera al estudio que compartía con Roderick, alegando que debía atender a un pariente enfermo.
No soportó la presión por mucho más y terminó confesando a su socio su desliz, quien, tras el shock inicial que le produjo la noticia, protagonizó con Liesel la última discusión que desembocó en su ruptura definitiva.