El lienzo de tus sueños Capítulo 8
57%

Capítulo 8

H undió la cabeza en el cuello de Katja, mordiendo la carne tibia que palpitaba bajo su boca.

Un gemido escapó de ella, colmado de placer, retumbando en la oscuridad de la habitación como un eco de pasión reprimida.

Sin apartarse de la fuente de su deseo, desgarró la liviana camisola que la cubría, dejando caer la tela rota al suelo, y reveló su desnudez de cintura para arriba, tersa y pulsante.

Las manos expertas de Roderick dibujaron círculos sobre la piel sensible, haciendo que sus jadeos se volvieran más profundos, más desesperados.

Luego reanudó el beso, esa vez con más intensidad, saboreando su boca sin reservas, devorándola con avidez, destruyendo cualquier atisbo de cordura que todavía restara entre ambos.

Katja arqueó su cuerpo hacia él, ofreciéndose sin miedo, un banquete irresistible para un hombre con un apetito salvaje.

Trastabillaron, perdiendo el equilibrio, hasta estrellarse contra la pared contigua.

Las manos recorrieron febriles cada centímetro, sondeando, reclamando, avivando la hoguera que los consumía.

Weber, con movimientos ágiles y urgentes, desató la cinta que ceñía sus pololos, mientras Katja hacía lo propio con su ropa, liberándolo con idéntica impaciencia.

La alzó con una fuerza que desmentía su contención habitual.

Katja se aferró a sus hombros, torturándolo con besos cortos y afanosos, y en un reflejo instintivo, rodeó sus caderas con las piernas.

Él la llevó hasta el alféizar de la ventana, y, sin más ceremonias ni preludios, la tomó con una sola acometida certera, y un grito estridente brotó de su garganta al recibirlo.

Sus manos volaron a su nuca, atraparon su cabello con una fiereza posesiva y tiraron de él hacia atrás, exponiendo su carne a su aliento entrecortado.

Aquella era una dicha calcinante, embriagadora como el vino más dulce, aguda como el filo de una daga. No había comparación posible ni recuerdo que pudiera acercarse. Era un vértigo sagrado, una rendición completa.

Weber no se detuvo hasta que ella se quebró en espasmos convulsos.

Entonces, con un rugido que parecía emanar de sus entrañas, se apartó y sepultó el rostro en su busto, conteniendo el propio estallido, temblando con violencia, esperando que el corazón dejara de repiquetearle contra las costillas.

Había renunciado voluntariamente a la cumbre, optando por ofrecerle la suya sin condiciones.

Ella lo miró y le acarició la cara con ambas manos, como si quisiera grabarse sus rasgos en la piel.

—¿Por qué no has querido seguir?

—Porque deseaba complacerte, no reclamarte —respondió él, besando su boca húmeda—. Pero me ha costado la vida, Katja. La vida. No sé cómo voy a permitir que regreses a Vilbruck después de esto.

Ella sonrió, aún enlazada a él como una enredadera que se niega a soltar su rama.

—Hemos complicado mucho las cosas.

—En extremo.

—¿Hasta qué punto?

—Hemos desafiado al destino. Esto no tendría que haber sucedido. Hans Bauer está revolviéndose en su tumba.

—¿Y qué vamos a hacer?

—Tú, pasar el resto de la noche en mi cama. Y yo, observarte mientras duermes. Lo que ocurra mañana, si seguimos vivos, ya lo decidiremos después.

Se apartó de ella, cruzando la habitación para vestirse.

Katja lo siguió, tiró de él y, rodeando su cuello con los brazos, lo besó.

Roderick se doblegó a su exigencia; su fervor parecía una venganza tardía por todas aquellas veces en las que el goce le había sido vetado en nombre de la decencia, y a cambio había tenido que engullir y digerir la hiel de la brutalidad de Thomas.

—Pórtese bien o me iré al sofá a descansar —le advirtió, separándose unos milímetros de sus labios.

—No te atreverás. No suelo tomarme con ligereza que me reten. Los Bauer somos muy rencorosos e inclinados a las represalias.

Weber la cargó como un fardo a su espalda, alcanzó el lecho en unas cuantas zancadas y cayó con ella entre risas sobre el revoltijo de sábanas.

—¿Es una amenaza? —la provocó, aprisionando sus muñecas entre sus dedos, antes de volver a besarla—. Porque, de ser así, señora..., acaba de encontrar la horma de su zapato. Que comience la batalla... y que gane el mejor.

***

—¿Mamá va a volver pronto, tía Annette?

—Por supuesto, mi princesa. Y me ha dicho que te va a traer una caja de schneeballen.

—¿Qué es eso?

—Unas bolitas dulces de masa frita, y recubiertas con azúcar glas, típicas de Rothenburg, el sitio al que ha ido a llevar las cartas de tía Katja Rose.

La niña se subió al murillo de la fuente y se puso a caminar de puntillas sobre él. Annette, viendo con anticipación que la pequeña acabaría cayendo de bruces en el agua, procedió a advertirla:

—Si te mojas, tu abuela nos echará la bronca a las dos. Sé buena y bájate de ahí, anda.

—Quiero irme a casa. Quiero irme a Sunny Hütte — rebatió Rosie, obedeciendo a regañadientes—. Con los abuelos me lo paso bien, pero echo de menos mis juguetes, mi cama... y, desde que mamá le mandó ese telegrama, el abuelo está siempre de mal humor... ¡mira, una ardilla!

Rosalind corrió tras el roedor, que se encaramó a un árbol a la primera oportunidad, huyendo de aquella pulga saltarina vestida con volantes.

Annette aprovechó para estirar las piernas sobre la manta que habían colocado junto a la laguna, saboreando los últimos coletazos del verano con una merienda al aire libre en compañía de la hija de Katja, a la que había prometido un paseo por la biblioteca pública de Bremen, que había abierto una de sus salas para una exposición temporal de fósiles y otros hallazgos arqueológicos del profesor Jaekel [4] .

Katja era, sin sombra de duda, la mujer más leal que Annette había conocido en toda su vida.

De carácter íntegro, mirada directa y principios inquebrantables, había sabido construirse un sentido del honor poco común en los tiempos que corrían.

Cuando los Müller se mudaron a Vilbruck desde Núremberg, siendo Annette una cría de piernas flacas y gruesas trenzas, los Bauer —familia de reputación intachable y arraigado espíritu conservador— no vieron con buenos ojos que su hija entablara amistad con una criatura como ella.

El motivo, aunque nunca pronunciado en voz alta, era de todos conocido: el padre de Annette regentaba una casa de citas en el barrio más exclusivo de Bremen, y esa «ocupación», por más que no incurriera en ilegalidad alguna —la empresa estaba registrada ante las autoridades como un salón de entretenimiento —, bastaba para tachar de escandalosa a toda su estirpe.

El negocio de Lukas Müller distaba mucho de ser un lupanar ordinario.

Aquello era una institución donde el buen gusto, la elegancia y la discreción convergían con una visión inusitada del oficio más antiguo del mundo.

Las mujeres que trabajaban para él no eran muchachas arrojadas a la calle por la necesidad, sino jóvenes cultivadas, con conocimientos básicos de historia, literatura y música, entrenadas en las artes del baile y la conversación, capaces de acompañar a un caballero a la ópera sin que este sintiera jamás vergüenza de su presencia.

Se les ofrecía un porcentaje generoso por los servicios prestados y vivían en condiciones más dignas que las de muchas esposas legítimas.

Lukas no era un proxeneta, sino un empresario atípico que trataba a sus empleadas con respeto, que jamás coaccionó a ninguna a quedarse ni las forzó a nada que no desearan.

Si alguna decidía retirarse y formar una familia, él las despedía con un abrazo, una dote decente y una carta de recomendación cuidadosamente redactada.

Y sin embargo, su comportamiento ejemplar no lo eximía del desprecio público, especialmente por parte de esos mismos burgueses hipócritas que se santiguaban al oír su nombre, pero que por la noche abandonaban el lecho conyugal para hundirse en los brazos de prostitutas callejeras a cambio de unas pocas monedas que no alcanzaban ni para un desayuno básico al día siguiente.

Llevaba más de treinta años junto a Katharina, su esposa y madre de Annette, y la joven no recordaba una sola discusión entre ellos provocada por celos, sospechas o malos tratos.

Su unión era sólida como una roca, construida sobre los cimientos de una historia que ella conocía de memoria.

Katharina, berlinesa de nacimiento y antigua cortesana en su mocedad, había conocido a Lukas en una noche particularmente desafortunada para ambos: él, borracho como una cuba, acababa de descubrir que su prometida lo traicionaba con su propio primo —el futuro padrino de su boda—, y contrató los servicios de Katharina para llorar durante horas sobre su regazo, sin más deseo que ser escuchado.

Aquel encuentro, tan grotesco como íntimo, fue el inicio de una amistad peculiar que, con el tiempo, se transformó en un amor ecuánime y poderoso.

Meses después, Lukas dejó su prometedora carrera como abogado, y se presentó en la pensión donde vivía Katharina con un anillo y una propuesta que, contra todo pronóstico, ella aceptó.

Fue la experiencia de su esposa lo que lo llevó a abrir la casa de citas, un refugio donde las mujeres que, como Katharina, habían sido despreciadas por la sociedad pudieran ejercer su labor en condiciones humanas, seguras y con dignidad.

Nunca intimó con ninguna de ellas, y tampoco cruzó ninguna línea que no hubiera traspasado ante la mirada de su cónyuge.

A ojos de Annette, el cariño y la lealtad que se profesaban eran un ejemplo insuperable, una prueba de que, aunque poco frecuentes, existían hombres dignos.

Pero también estaba convencida de que, salvo honrosas excepciones como su padre —y unos pocos varones más, contados con los dedos de una sola mano—, la mayoría de los hombres no merecían la confianza, y mucho menos la devoción, de una mujer.