Capítulo 7 #3
Cuando Ernst abandonó el taller aquella noche, tras recoger y limpiar sus herramientas, Weber permaneció anclado en su banco de trabajo por un buen rato, mientras seguía con la mirada los regueros que el aguacero arrojaba contra los cristales.
Luego, con el repiqueteo monótono de la lluvia como única compañía, apagó las lámparas una a una, renunciando a la cena.
Le había sido imposible probar bocado; el nudo que lo oprimía por dentro era más tenaz que el hambre.
En su interior, el caos era tan implacable como la tormenta que rugía fuera. Pensó en ir a buscarla al hotel. Aparecer sin previo aviso, pedirle perdón, arrodillarse si era necesario. Suplicarle que le concediera la oportunidad de explicarse, aunque él mismo no supiera muy bien qué decir.
¿Cómo había osado traspasar los límites de su confianza de una forma tan torpe, tan impetuosa?
¿Qué clase de hombre era, incapaz de dominar sus impulsos más primarios?
Se apoyó contra la pared como si el torrente de pensamientos lo abatiera físicamente.
Recordó entonces otra noche lluviosa, años atrás, también en ese mismo estudio.
Liesel y su manera de reír con la cabeza inclinada hacia atrás.
Segura. Altiva. Intrépida. Tan distinta de Katja.
Nunca se dejaba conmover del todo. Lo sedujo con promesas a medias, miradas ambiguas, con un cuerpo que parecía tallado en mármol.
Pero bajo aquella superficie perfecta se escondía una tejedora paciente, astuta, y Roderick, aún hoy, no sabía si había logrado salir de su telaraña...
o si simplemente había dejado de luchar.
Su separación abrió un paréntesis que lo persiguió por años, impidiéndole volver a entregarse sin reservas.
Hasta ahora. La brutal transparencia, dulzura y honestidad de Katja, sin máscaras ni dobleces, amenazaba su estabilidad de una manera muy superior a como lo había hecho Liesel.
Desde que la vio cruzar el umbral de su estudio, algo dentro de él se quebró.
¿Volvería la historia a repetirse como un endemoniado bucle interminable?
Resignado, se puso la camisa de dormir y se dirigió a la ventana.
Tal como Ernst había vaticinado, el chaparrón no daba tregua.
Las calles de Rothenburg se habían convertido en serpenteantes riachuelos que reptaban voraces entre las humildes viviendas del vecindario.
A la mañana siguiente, más de un hogar amanecería con el sótano inundado, pensó.
Trató de acostarse, aunque sabía de sobra que el sueño lo esquivaría igual que un animal receloso.
Sobre una banqueta, como una reliquia olvidada, yacía uno de los guantes de Katja.
En un gesto tan irracional como íntimo, lo tomó entre los dedos y se lo llevó a la nariz.
Olía a frutas del bosque, con un leve matiz terroso, tal vez pachulí.
Era un perfume embriagador, mielado, penetrante sin ser vulgar.
Ese aroma se le incrustó en la mente como la espina de una flor venenosa, avivando su ansia con una violencia casi infantil.
Se arrebujó entre las sábanas frías, deseando poder arrancársela de la cabeza.
Pero era inútil. El beso que compartieron había encendido en él un anhelo que llevaba siglos dormido.
Y no solo a nivel físico: era una necesidad de palpar algo verdadero, de sentirse visto.
En ella no había artimañas ni estrategias, sino una rendición absoluta. Genuina.
Un ruido en el pasillo lo sacó de su espiral de pensamientos.
Se irguió en la cama, alerta. Caminó descalzo hasta la puerta, abrió sin preguntar por la identidad del intruso...
y la vio allí, calada hasta los huesos, el cabello pegado a las sienes, los labios temblorosos, los ojos anegados de un apremio más elocuente que cualquier discurso ensayado.
—¿Katja?
La joven dio un paso hacia adelante, después otro, y él se hizo a un lado, permitiéndole entrar.
Se detuvo en medio de la estancia, empapada.
El agua le chorreaba por las mangas y el dobladillo del traje formaba un charco a sus pies.
Se volvió hacia él y, sin desviar la mirada, comenzó a desabotonarse el vestido.
Roderick anduvo hacia ella como si temiera que un movimiento brusco pudiera romper el hechizo. Le sostuvo el mentón y dijo:
—Estás tiritando.
—No tengo frío.
—Necesito que me escuches. Que sepas... yo...
Los dedos de ella se posaron sobre sus labios, impidiéndole seguir hablando.
—¿Puedo quedarme esta noche?
Al oír su petición, Roderick sintió que su pecho se comprimía.
Los secretos que él mismo ocultaba y que aún no se atrevía a confesar pesaban sobre él con una intensidad insoportable.
No obstante, cualquier excusa para alejarla y negarse a complacerla le sonaba vacua, necia y disparatada.
¿Cómo fingir indiferencia cuando su sola presencia desarmaba su voluntad más férrea?
La había imaginado cruzando esa misma puerta, buscando en él un refugio, una tregua, y ahora la tenía allí, vulnerable, ofreciéndole algo infinitamente más valioso que su cuerpo: su confianza.
—¿Qué es lo que quieres de mí? —jadeó, quejumbroso.
Y entonces ella, reuniendo toda la crueldad existente en el cosmos, pronunció su sentencia de muerte.
—A ti, Roderick.