El lienzo de tus sueños Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Un tono encarnado colonizó el pálido cutis de la modelo en cuanto esta se percató de lo que iba a decir.

Se interrumpió de inmediato, consciente del traspié.

Él ya sabía —por lo que ella había callado más que por lo que había dicho— que su matrimonio con Thomas no había sido feliz.

Aun así, evitaba referirse al finado con nombres o detalles.

Prefería dejarlo como una sombra sin contorno.

—¿Se ha... qué? ¿Enamorado?

—No me haga repetirlo.

Weber se levantó de su taburete y anduvo hacia ella. Se acuclilló a su lado y enunció:

—Intuyo que ese hombre no fue precisamente un modelo de virtud. ¿Me equivoco?

—No, no lo fue.

—¿Le era... infiel?

—Ojalá.

Un trueno se oyó fuera, y el aguacero que caía en el exterior se intensificó, estrellándose feroz contra los cristales de las ventanas.

Roderick la escrutó con tal tenacidad que ella hubo de desviar la mirada, y entonces, él entendió su insinuación.

La existencia de una amante en la vida de un hombre casado no solía ser bienvenida por la esposa de este, a no ser que ella no deseara recibir sus atenciones.

En ese caso, que él mantuviera a una barragana en otra parte le causaba más alivio que angustia.

—¿Alguna vez contempló la posibilidad de pedirle el divorcio?

—¿Divorcio? ¡Por favor! —exclamó Katja, incorporándose con nerviosismo—. Esa palabra no existe en mi léxico. Tengo una hija, ¿recuerda?

Weber la imitó, mas se abstuvo de tocar a la joven.

—Pero si usted no encontraba dicha en ese vínculo, es improbable que Rosalind lo hiciera.

Los niños tienen un sexto sentido para las penas calladas.

Retener una unión infeliz por el bien de un hijo suele convertirse en un error grave.

Ellos crecen, se van, rehacen sus vidas... y usted se queda con lo que sacrificó.

Katja lanzó un suspiro, vencida por la lucidez de su argumentación. Hubiera querido refutarlo, pero la voz se le quebró al reconocer en un susurro:

—Me convenció de que no era nada sin él. Que no tenía esencia propia ni valor alguno por mí misma. Y cuando una mentira se repite a diario, se transforma en verdad. Una verdad que cala en los huesos y te acompaña incluso cuando estás sola.

—Si ese hombre fue incapaz de advertir lo que yo, torpe como soy, sí percibo..., entonces no merece indulgencia alguna —replicó Weber.

—¿Y qué es lo que ve?

Él no respondió al instante. En lugar de eso, tomó su muñeca y la condujo hacia el caballete, aunque ella se resistió, con un gesto rápido y contundente.

—No quiero mirar. Aún no estoy preparada.

El pintor se colocó detrás y le cubrió los ojos con las manos. Entonces la instó a moverse, arguyendo:

—Atrévase. Cuando esté delante de su retrato, lista para enfrentarse a ese rostro divino que consigue que pierda el hilo de lo que estoy diciendo en cuanto la miro, retiraré la mano. Muéstreme el coraje que sé que posee, que late bajo su piel. No me decepcione.

La proximidad entre ambos se volvió densa, cargada de una conexión no buscada pero inevitable.

El calor de su pecho, protegido apenas por una camisa de algodón, besaba su espalda desnuda y la envolvía con la tensión ardiente de un roce imaginado mil veces.

Katja contuvo la respiración y, con un leve temblor en las rodillas, se dejó guiar hasta el lienzo. Su pulso era acelerado e irregular.

—No tema —murmuró él—. Estoy aquí.

Envalentonada por sus ánimos, Katja claudicó y dejó que las manos de Roderick descubrieran su mirada. Sus ojos se abrieron como si enfrentarse a su imagen fuera un acto de expiación.

Y allí estaba: tendida sobre un estrado cubierto de flores, con el cuerpo ligeramente curvado y el cabello dorado cayendo en bucles brillantes sobre el escote, como una cascada de oro líquido. Se vio a sí misma con una belleza ajena, mítica, y un estremecimiento la recorrió entera.

—Oh, Roderick... —gimió, afectada—. Es usted un artista extraordinario. El mejor que he conocido.

Al tomar conciencia de que los brazos de Roderick la rodeaban y que sus palmas descansaban sobre su abdomen, Katja se volvió hacia él, sin la menor intención de apartarse.

El contacto era cálido, envolvente, demasiado cercano como para ignorarlo.

Elevó la mirada y se concentró en la firme línea de su mandíbula, en la sombra que delineaban sus pómulos, hasta detenerse en sus labios entreabiertos.

—Katja...

—Katja Rose y su padre.

—¿Qué pasa con ellos?

—Mi tía nunca rehízo su vida. Weber, sí. Y muy pronto tras su ruptura, puesto que nosotros tenemos la misma edad, y yo nací un año escaso después de los hechos. Eso prueba mi teoría... de que la agonía de las mujeres, tocante al amor, es más duradera.

Roderick le dedicó una sonrisa ladeada.

—Ese ha sido un golpe artero, y sobre todo, injusto. Mi padre jamás amó a mi madre. Se casaron porque yo venía en camino. Sucumbió al despecho, no al deseo.

La cadencia con la que pronunció la última palabra provocó en Katja un estremecimiento sutil y persistente.

Aquella sonoridad grave, musitada, parecía destinada a penetrar más allá de sus oídos, sembrando un incendio imparable en sus entrañas.

Todo en ella vibró: los músculos de su vientre, la piel de sus brazos, hasta el aire entre los dos pareció tensarse.

Buscó su mano y anudó sus dedos con los de él, con la sangre bullendo en sus venas.

Se moría por atraerlo, por admitir lo desesperada que estaba por comprobar a qué sabía aquella boca carnosa.

Weber la estudiaba como si cada fibra de su ser anhelara perderse en el abismo de sus ojos.

Katja, a su vez, se dejaba envolver por el magnetismo que exhalaba él, sintiendo cómo su corazón latía al ritmo de sus miradas entrelazadas.

El primer contacto fue como una chispa que prendió una llama abrasadora en lo más hondo de sus almas.

Los rostros de ambos se fueron aproximando hasta que sus respiraciones se hicieron erráticas.

Roderick entonces se inclinó y atrapó sus labios entre los suyos, saboreando su terneza, fundiéndose con ella en un beso tan empapado de necesidad que parecía trascender el tiempo y el espacio.

Katja separó aún más los labios, incitándolo a explorar su boca. Él, soltando un gruñido, claudicó a su tentadora invitación, acomodando sus manos en la curvatura de su talle, palpando la calidez de su piel debajo de la túnica, carente del blindaje protector de un corsé.

Su feminidad era atrevida, plena, peligrosamente escandalosa.

Las dunas que formaban las curvas de sus caderas sembraron en él una imagen mental perversa, un afán doloroso por rasgar en dos aquel maldito disfraz y recorrerla entera con la lengua.

No sería la primera vez para ninguno de los dos, y el hecho de que ella supiera bien a lo que se exponía y aun así no lo detuviera le hacía desear mandar al diablo cualquier asomo de prudencia.

Tomó un mechón de su melena y lo enroscó entre sus dedos, mientras se deleitaba hambriento en el confort de su paladar. «No pares ahora. Por lo que más quieras, no pares».

Como si hubiera escuchado su súplica silenciosa, Roderick se apartó repentinamente de ella con el cuerpo en llamas.

—No puedo. No puedo, Katja.

Ella lo miró contrariada.

—Yo...

La cerradura de la puerta de entrada crujió, y Ernst entró en el estudio portando un par de bolsitas que desprendían un aroma delicioso. Katja le dio la espalda al recién llegado, recomponiéndose el vestido y tratando de disimular su turbación.

—Está cayendo el diluvio universal ahí fuera —dijo Kissinger, cerrando su paraguas y colocándolo dentro del paragüero—. Y me temo que durará hasta mañana. Antes de volver, me he pasado por Zuckerhimmel. ¿Le gustan los bollos de canela, señora Bramwell?

Katja lo miró con la culpa y la vergüenza reflejada en los ojos. Sintió la visión de Roderick sobre ella como la de un ave rapaz, y respondió en un hilo de voz:

—Gracias por su ofrecimiento, señor Kissinger, pero tengo que irme.

—No se lo aconsejo —rebatió Ernst, quitándose el sombrero—. Espere hasta que amaine un poco.

—No se preocupe. He traído mi paraguas.

Sin dar tiempo a más objeciones, corrió a cambiarse. Roderick la vio refugiarse detrás del biombo, desgarrado por la culpa. Minutos más tarde, ella emergió de nuevo, ya compuesta, y se despidió sin volver la vista atrás, como si partir fuera su única forma de conservar algo de dignidad.

Y él, paralizado, no hizo nada para detenerla.

***