Capítulo 7
H amburgo era una localidad cosmopolita y efervescente, pero también exigente y cara.
Para quienes vivían al margen de la solidez económica, cada jornada representaba una lucha interminable.
El alquiler era alto, los alimentos subían de precio con rapidez, y cualquier forma de entretenimiento costaba más de lo que realmente valía.
Aun así, abundaban los cafés, los teatros de variedades y los locales donde se ofrecían espectáculos para todos los gustos.
La gente buscaba distraerse, olvidar las penurias o la falta de trabajo estable, y Liesel conocía bien esa faceta de la ciudad: la que brillaba por fuera y desgastaba por dentro.
Klaus se había ausentado hacía un rato con la excusa de ir a comprar algo de bebida y tabaco, mientras ella esperaba a Gustav, el hijo de su casero, para pedir un aplazamiento en el pago de la mensualidad.
El vestido color mostaza que se había agenciado en una tienda de artículos femeninos cerca del puerto era el culpable de que se hubiera esfumado parte del dinero de la renta de su minúsculo apartamento.
Aquella prenda sería su carta de presentación, el último recurso que le quedaba por usar como intento de convencer a Roderick de ser generoso también esta vez.
Llamaron a la puerta, y Liesel se enderezó y abrió con una sonrisa medida, apartándose para dejar entrar a Gustav. El muchacho, retraído pero contundente, rechazó la invitación.
—Buenos días, señorita Krüger —saludó él, afable—. Mi padre le pide disculpas por no poder atenderla.
—Buenos días, Gustav. No te preocupes. ¿Cómo está el señor Petersen? Me enteré de que su dolencia lo ha vuelto a postrar en cama.
—Sí, lamentablemente. La gota ha regresado con fuerza estos días.
Apenas puede apoyar el pie en el suelo —explicó el mozo—.
Caminar ya se le hace complicado, imagínese ir a faenar.
Hasta que supere este nuevo brote, mi hermana y yo estaremos al frente de la tienda de ultramarinos, y trataremos cualquier asunto con sus arrendatarios.
Liesel asintió, compasiva. Había oído decir que esa enfermedad atacaba sobre todo a los hombres mayores que no se privaban de vino, embutidos y otros pequeños lujos que para ella eran inalcanzables.
Pensó, no sin cierta ironía, que incluso los males tenían clase: mientras unos caminaban descalzos por no poder permitirse zapatos nuevos, otros se veían inmovilizados por sus excesos.
—Es una lástima. Un hombre tan trabajador. Espero que mejore pronto. ¿Seguro que no quieres entrar?
—No, señorita. Tengo unos recados importantes que hacer, y voy con retraso.
Ya sabe cómo es mi padre: valora que sus órdenes se ejecuten con precisión y sin demora, y si no le es posible ocuparse personalmente, espera de nosotros la misma eficacia.
Aún convaleciente, no cesa de impartir directrices con el mismo rigor de un sargento.
—Entiendo —dijo ella, ladeando apenas el rostro y expresando una preocupación ensayada, mientras su mirada calculadora comenzaba a suavizarse—. Pues no te entretendré, no vaya a ser que recibas una reprimenda por mi culpa.
Mientras hablaba, Liesel alzó una mano y enredó distraídamente un mechón de su cabello en su pulgar.
El tono cobrizo con el que se había teñido la melena resaltaba sobre la piel blanca de su rostro y le confería un aire fantástico, como si fuera una criatura salida de un cuento de marineros, una sirena varada en tierra firme.
Sabía bien el efecto que producía; no era vanidad, sino puro cálculo.
Con los años había aprendido que la belleza, incluso aquella que se improvisaba con lo que una tenía al alcance de su mano, era una táctica más eficaz que cualquier argumento.
Los hombres no eran más que instrumentos toscos, previsibles.
Seres torpes regidos por pulsiones elementales, fáciles de desarmar con una sonrisa o una voz melosa y aduladora.
Carecían, en su mayoría, de principios verdaderos; y si los tenían, estos se desdibujaban en cuanto se les ofrecía la posibilidad de sentirse relevantes.
Y por eso no los admiraba. Los toleraba. Y los usaba.
—En realidad, Gustav —prosiguió, dotando a su tono de un toque apurado—, me preguntaba si podrías ayudarme con un pequeño asunto.
Esta semana me ha surgido un imprevisto: debo viajar fuera de la ciudad para ver a un familiar que está enfermo.
No será por mucho tiempo, unos cuantos días.
Pensaba pedirle a tu padre un aplazamiento en el abono de la renta. Solo por esta vez.
El muchacho torció su semblante, incómodo. Ladeó el cuerpo, como si quisiera poner distancia entre ellos. Como si la cercanía de Liesel fuese una amenaza a su entereza.
—Señorita Krüger, no me corresponde a mí decidir eso —repuso cauteloso—. Mi padre es muy estricto con sus negocios. Sostiene que, si uno empieza a hacer excepciones, se pierde el control de todo.
—Y como empresario que es, su comportamiento es sensato y recomendable —apreció ella—. Te doy mi palabra de que no te defraudaré.
Gustav bajó la vista, luego la levantó otra vez, vacilante.
—Hablaré con él —dijo—. Le explicaré su situación y veré qué logro hacer. Pero no puedo prometer nada. Está de mal humor, no solo por la dichosa artritis, sino por los retrasos en los cobros. Me ha dejado muy claro que no quiere más prórrogas. Aun así... intentaré mediar.
—Gracias, Gustav —respondió ella, solícita—. Sé que harás lo correcto.
Lo despidió con un exagerado aleteo de pestañas, y no entró en casa hasta que el muchacho desapareció escaleras abajo. La mente la llevó, sin que ella lo buscara, a un recuerdo que la golpeó con renovada crudeza.
Era una noche como tantas otras, húmeda y perfumada por el aroma de los tilos en flor.
Roderick había aparecido sin anunciarse, como si supiera exactamente dónde buscarla.
Había algo en él que la incomodaba y atraía por igual: esa mezcla de compostura burguesa y anhelo apenas disimulado, esa forma de observarla como quien baraja las posibles consecuencias, pero se deja llevar por el impulso.
No hablaron demasiado. Tampoco hizo falta.
El primer contacto no fue un saludo, o un diálogo insustancial o un cumplido, sino un simple ademán: le quitó el cigarro de los dedos con una naturalidad que solo se concede a los íntimos y lo llevó a sus propios labios, dándole una profunda calada.
Liesel había visto ese gesto en otros hombres, pero en él percibía una audacia que rozaba la insolencia.
Actuaron obedeciendo al instinto, no a la razón, y entraron en la trastienda del café como quien comete un robo: con la urgencia de quien ha rebasado los límites.
Él se quitó la chaqueta con un apremio casi teatral, mientras ella desabrochaba uno a uno los botones de su blusa sin apartar la mirada de sus ojos.
No hubo ternura, ni promesas ni frases embellecidas.
Solo deseo —ese que arde sin metáforas— y una especie de pacto tácito: él no pediría explicaciones, y ella no fingiría pudor.
Sentada en el borde del colchón, se dio cuenta de que llevaba meses postergando lo inevitable.
La abrumaban las deudas, el hastío, la pobreza.
La forma en la que Klaus se había instalado en su vida como si le perteneciera.
El tedio pegajoso de la monotonía. Hamburgo, con su algarabía y sus luces que prometían tanto y daban tan poco, se había convertido en una jaula disfrazada de oportunidad.
Los caminos que antes la habían seducido con la ilusión de huir de la mediocridad ahora evocaban lo lejos que estaba de alcanzar algo verdadero.
Se movía con esa inercia resignada de quien ya no espera sorpresas, mientras dentro algo se marchitaba sin ruido ni protesta.
Se levantó, abrió el armario y sacó una bolsa de viaje. No le costó decidir qué llevar: un par de mudas, su vestido nuevo, algunos zapatos, su documentación..., lo justo. No necesitaría mucho. Partiría hacia Rothenburg antes de que Klaus regresara y tratara de detenerla.
Cerró la maleta, la dejó junto a la puerta y echó un último vistazo al apartamento. No escribiría nota alguna. Dejaría tras de sí, como siempre, la incómoda certeza de haber abandonado un incendio a medio apagar.
***
—¿Y opina que las mujeres sufren por amor más que los hombres?
Recostada en la chaise longue en la que Roderick había recreado el lecho de flores y ofrendas de la diosa, Katja lo observaba recorrer con la mirada cada centímetro de su cuerpo, mientras su mano, sosteniendo un pincel, dibujaba trazos en el canvas del caballete que tenía delante, imprimiendo sobre la resistente tela de lino la sensual imagen que captaba su retina.
Desde su visita al cementerio, su vínculo se había convertido en algo mucho más íntimo, y en sus interacciones no faltaban las conversaciones sobre temas profundos como las pasiones humanas, la fidelidad, el compromiso o las relaciones familiares.
Aquella tarde lluviosa de finales de septiembre, habían iniciado un debate acerca de la lealtad a los sentimientos, cómo afectaban estos a hombres y mujeres por separado, y cuáles eran las consecuencias que se reflejaban en sus comportamientos.
Antes de contestar a la pregunta del retratista, se tomó unos segundos para meditar bien su réplica.
—No lo creo —dijo, con una firmeza serena—. Ambos sexos conocen el daño, la pérdida, la traición. El corazón no distingue cuerpos. Pero... sí sospecho que nosotras cargamos con el dolor por más tiempo. Lo desmenuzamos, lo rumiamos. Nos cuesta más abandonarlo.
Roderick dejó el pincel encima de la paleta y volvió a encararla con una ceja levantada.
—¿Y en qué fundamenta esa afirmación?
—En la experiencia.
—¿La suya?
—¡Oh, no diga tonterías! Yo jamás me he...