Capítulo 6 #3
—Weber era un buen hombre; Thomas, no —sentenció Ingrid—.
No oses recriminarme por actuar a tus espaldas.
Tu falta de criterio no trajo más que lágrimas a tu hermana y a tu hija.
De no intervenir, te habrías dejado llevar de nuevo por tu egoísmo narcisista, y este tropiezo yo no habría sido capaz de perdonártelo.
August la miró afligido. Su figura erguida, pero apaleada por el peso de aquella revelación atroz, se asemejaba a la de un árbol centenario cuyas raíces habían sido corrompidas por las termitas.
La culpa, ese monstruo devorador de almas, se aferró a él como una bestia carroñera insaciable, recordándole que su inacción fue una aliada en el tormento de un ser amado.
Los ecos de sus propias palabras resonaron en su mente, acusándolo con la fuerza de mil voces, martillando su conciencia hasta hacerla sangrar.
Había perdido la inocencia de la ignorancia y se enfrentaba ahora al oscuro abismo de una realidad que se negaba a aceptar.
—El precio por mi redención ya no puede ser pagado —musitó, rendido—. Thomas quería ayudarme a conservar lo que es mío. Roderick, destruirlo.
—Y sacrificaste a ambas para conseguir lo que tanto ambicionabas.
—Le entregué a Katja porque creí que cuidaría de ella —se defendió Bauer—. Estaba atado a un acuerdo firmado. Saber que Weber ha pasado a mejor vida me consuela, no lo voy a negar. Al menos el sacrificio que hemos hecho todos no habrá sido en balde.
—¿Todos? Tú no has hecho ninguno —le espetó Ingrid, disgustada—. Y espero que, a su regreso, Katja sea capaz de mirarnos sin aborrecernos. Reza, August. Añade a tu repertorio todas las oraciones que te sepas. Las vamos a necesitar.
August no protestó. Había confundido conveniencia con sacrificio, obediencia ciega con virtud. Y ahora, cuando todo estaba dicho, comprendía que el castigo más severo no vendría de Ingrid, ni siquiera de Katja, sino de sí mismo.
***
En la campiña bávara, entre ondulaciones boscosas y espesos corredores de abetos, se extendía el camposanto de Rothenburg ob der Tauber, resguardado tras muros de piedra y bañado en una calma suspendida en el tiempo.
Al cruzar las rejas de hierro ornamentadas con motivos góticos, el visitante entraba en un mundo que parecía ajeno a la realidad, donde el bullicio urbano quedaba atrás y solo restaba espacio para la memoria.
Las lápidas se alineaban en terrazas escalonadas, adaptándose al relieve del terreno como si buscaran un lugar más alto desde el cual velar por los vivos.
Flores frescas, otras secas y desvaídas, se asomaban tímidas entre los epitafios, cada una testimonio del cariño de los que aún recordaban.
Las copas de los árboles centenarios arrojaban su sombra sobre las tumbas, muchas de ellas con inscripciones ya desvanecidas. Algunas sepulturas se inclinaban de forma irregular, como si hubieran cedido ante el peso de los años y las ausencias.
Katja avanzaba del brazo de su acompañante por la senda principal, observando los monumentos.
Muchos eran auténticas obras de arte: cruces esculpidas, ángeles de mármol, figuras dormidas que parecían aguardar algo más que el descanso eterno.
Roderick había llegado puntual, como era su costumbre.
La recibió con un cumplido sobrio sobre su vestido, le ofreció el brazo con cortesía y la guio hasta el carruaje que él mismo condujo.
Durante el trayecto, se detuvieron en una floristería modesta donde eligieron lirios de los valles y edelweiss, las flores favoritas del difunto.
—Las estatuas son increíblemente bellas —murmuró ella, mientras su mirada se perdía entre los panteones—. Más que un cementerio, esto parece un santuario para la meditación.
—Siempre me ha gustado este lugar —expuso él—. Tiene algo... apacible. Vengo a pintar aquí, cuando el clima me lo permite.
Katja se detuvo junto a una verja baja, y él imitó su gesto sin soltarla.
—¿Pinta paisajes?
—Sí. Lo prefiero a los retratos —dijo Weber, con una leve sonrisa—. Caspar David Friedrich es uno de mis referentes. ¿Lo conoce?
—Friedrich... me suena su nombre. ¿Es el autor de Caminante en un mar de niebla [3] ?
—Efectivamente. Sus cuadros se pueden ver en galerías de arte de Dresde y Berlín.
Siguieron caminando por un sendero estrecho, girando a la derecha en una bifurcación que Roderick indicó con un movimiento de cabeza. Pasaron junto a varios túmulos modestos, hasta que él se paró frente a uno.
—Aquí es —indicó.
Katja depositó las flores sobre la lápida, y él dejó una cajita de madera, pulida y sin adornos, donde había colocado las cartas. Mientras ella leía la inscripción grabada en la piedra, Weber permaneció de pie, los brazos cruzados detrás de su espalda.
—Gracias por venir, señora Bramwell. Su gesto significa más de lo que imagina.
Katja se enderezó y reposó la mano enguantada en su antebrazo.
—El honor es mío. Lamento mucho no haberlo conocido... Por la manera en la que mi tía lo adoraba, me es imposible no imaginarlo como un hombre excepcional.
—Se amaban sin remedio.
—Lo sé. Y tras su separación, ella no entregó su corazón a nadie más. Nunca se casó.
—Mi padre, sí —agregó Roderick, triste y apagado—. Pero aquello fue un simple trámite, no un consuelo. Mi madre jamás fue correspondida. Él la respetó, pero no la quiso.
—Los Bauer lo arruinaron todo. Le negaron a su padre la posibilidad de comenzar de nuevo. Y a la mujer que le dio la vida le hicieron soportar un yugo que no era suyo. Merecemos el desprecio que siente hacia nuestra familia.
La congoja con la que expresó sus pensamientos lo conmovió, y Roderick se sintió tentado, de forma casi involuntaria, a inclinarse y besarla en la mejilla, pero dominó aquel impulso antes de que fuera tarde.
En lugar de eso, tomó su mano. La barrera de la tela del guante no evitó que la intensidad del contacto le atravesara la piel como un rayo.
Entonces, ignorando el rubor que teñía sus pómulos, Katja propuso:
—El día está precioso hoy. ¿Y si lo aprovechamos para hacer un pícnic junto al río Tauber?