Capítulo 6 #2
Entró en el taller sin hacer ruido, esperando encontrarla todavía en la poltrona, sirviéndose otro café u ojeando uno de los catálogos de pintura que él dejaba a mano para sus modelos.
Pero no estaba. Echó un vistazo alrededor, y entonces la vio junto al biombo, de espaldas a él... y desnuda de cintura para arriba.
Incapaz de moverse o hacer notar su presencia, como si una especie de conjuro le hubiera robado la habilidad de comunicarse, se quedó contemplándola absorto mientras ella buscaba su camisola.
La luz que entraba por el ventanal realzaba el contorno de sus omóplatos, el tono marfil de su piel inmaculada, la línea precisa donde el cuello se fundía con el hombro.
Hipnotizado por la textura sedosa de aquella espalda, inmune a cualquier sentimiento de culpa por invadir su intimidad, no pensó en retroceder ni en hablar, ni siquiera en cerrar los ojos.
Las curvas de sus caderas, responsables de que el resto de la tela de la prenda no se precipitara al suelo, eran perfectas para ser abarcadas con las manos y estrujadas entre los dedos de un amante experto.
Roderick retuvo un resuello al imaginarlo y reculó hasta el vestíbulo, alarmado por sus pensamientos, chocando con el paragüero de la entrada, que tintineó con un estrépito metálico.
—¿Quién es? —Oyó preguntar a Katja al otro lado del tabique.
—Soy yo, señora Bramwell. ¿Puedo... pasar?
—Sí, sí. Pase.
Roderick volvió a cruzar el umbral, temeroso de hallarla en la misma tesitura y no saber cómo reaccionar. Por suerte, ella y su tentadora silueta se habían ocultado tras el biombo y ya no representaba ningún peligro a su estabilidad mental.
—¿Por qué no has usado el condenado panel para cambiarte, maldita sea? —refunfuñó para sí.
Unos minutos después, Katja salía de su escondite totalmente cubierta con las decenas de capas de su vestido, y el artista respiró tranquilo.
—Si hemos acabado por hoy, me gustaría volver al Elite Obelisk —anunció la joven, ajustándose el sombrerito sobre su complejo peinado trenzado—. Quiero enviar un telegrama a mi familia, si no le importa.
—Por supuesto. La acompaño.
—No será necesario. Me sé el camino.
Katja terminó de recoger sus pertenencias, y, al pasar por su lado, Weber la asió gentilmente por el codo. Ella levantó la vista.
—Me gustaría abusar un poco más de su altruismo, si no le parece inconveniente.
—Dígame.
—¿Iría conmigo mañana al cementerio de Rothenburg? Voy a llevarle las cartas de Katja Rose a mi padre y a colocarlas junto a las flores que pongo en su tumba cada mes.
Katja hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.
—Es muy generoso por su parte invitarme —declaró, conmovida—. No me lo perdería por nada del mundo.
—La recogeré en el hotel. Sobre las once. Y después, quizá un almuerzo ligero...
—A las once entonces. Hasta mañana, señor Weber.
Cuando la joven atravesó el dintel y cerró la puerta, Roderick descansó su frente en el tablón, cerró los párpados y aspiró los resquicios de su perfume, asombrado por lo que acababa de hacer.
Aquel gesto sencillo, cargado de significado, le hizo tomar plena conciencia de la osadía de su acto.
Tenía el agua al cuello con el encargo de von Sachsen y no se le había ocurrido nada mejor que improvisar una excursión al día siguiente.
¿De veras había tenido la audacia de pedirle una cita a aquella mujer?
***
La refinada sala de estar estaba saturada de un silencio anticipativo, interrumpido solo por el tictac constante del péndulo del reloj.
Ingrid Bauer se sentó con la espalda erguida en su poltrona tapizada en damasco; las manos trémulas, descansando sobre el regazo; y su corazón, latiendo con una ansiedad reprimida, mientras esperaba la notificación que había arribado a través del intrincado sistema de cables telegráficos.
El repiqueteo de unos pasos reverberó en el hall de la mansión familiar, anunciando la llegada del cartero.
Ingrid se puso en pie, ajustando los pliegues de su vestido de seda, y se apresuró a recibir el telegrama.
El mensajero se retiró y ella abrió el sobre de papel amarillo, extrayendo la nota con cuidado, sintiendo cómo cada fibra de su cuerpo se tensaba.
Desdobló la hoja que contenía el escueto mensaje y comenzó a leer las frases impresas en tinta negra:
QUERIDA FAMILIA STOP EN BAVIERA STOP RETRASO RETORNO A brEMEN STOP ENTREGARÉ CARTAS DE TÍA KATJA ROSE STOP RODERICK WEBER FALLECIDO HACE OCHO AÑOS STOP TODO MI AMOR A ROSIE STOP IRÉ PRONTO POR ELLA KATJA
—¿Está... muerto? —susurró August, con voz ahogada.
Ingrid miró a su marido, evitando cualquier comentario que le hiciera perder la compostura.
Los ojos del hombre, fríos e incisivos como el acero pulido, colisionaron con los de su esposa, mientras absorbía cada palabra con una calma aparente, pero en lo más profundo de su ser, un torrente de emociones turbaba su serenidad habitual.
La noticia de la muerte de su peor enemigo despertaba en él una amalgama de sentimientos contradictorios, un conglomerado de triunfo, melancolía y una extraña liberación que luchaba por encontrar su expresión adecuada.
Una leve mueca, apenas perceptible para los observadores menos atentos, manifestó una perversa satisfacción refrenada.
Durante años había temido y soportado los desafíos y las intrigas de su adversario con una perseverancia inalterable, esperando el momento propicio para alcanzar la victoria final.
Ahora, con la partida de Weber, se abría ante él un horizonte de posibilidades que lo eximían de las cadenas de la discordia y la rivalidad.
Ingrid respiró hondo y decidió no dejar que la duda y el pesar empañaran el momento.
Su mirada se posó en la ventana, donde las primeras sombras del crepúsculo teñían el cielo, y sintió que aquella noticia era un extraño punto de inflexión, una puerta cerrándose definitivamente, mientras otra se abría hacia un futuro plagado de incertidumbres que pesaban como una amenaza latente.
—Eso es lo que dice aquí —corroboró la matriarca, dejando caer la hoja sobre el butacón con un resoplido que parecía arrastrar todo el peso del mundo—.
No tienes por qué disimular. Detrás de la máscara de indiferencia que es tu cara ahora, sé que se camufla un sutil vestigio de nostalgia.
Ya no tienes a quién restregarle tu logro a base de mentiras y engaños, y acabas de ser privado de un antagonista digno de tu astucia y habilidad, dejando un vacío que ningún otro oponente podrá llenar.
August no replicó enseguida. Se quedó quieto, como si aquel vacío que ella mencionaba se hiciera tangible, una grieta sangrante que lo carcomía por dentro. Luego rompió el silencio, como el eco de un tribunal que dicta sentencia.
—El fin de Weber no es solo la muerte de un hombre, Ingrid, es la culminación de una batalla que marcó nuestras vidas y la promesa de un mañana sin sus maquinaciones. ¿Cómo se ha enterado?
—No lo especifica —respondió Ingrid—. Pero eso no importa.
August se introdujo una mano en el bolsillo de la chaqueta, asiendo la minúscula llave de la que no se separaba ni durante el descanso nocturno.
Cuando Hans —su padre y entonces presidente de Sohlenkunst — vivía, este le había exigido que se deshiciera de los papeles que guardaba en ese gabinete al que nadie, excepto él, tenía acceso.
August había desobedecido su orden deliberadamente, pues tener en posesión algo tangible que pusiera de manifiesto la reiterada rebeldía de su tío Jürgen era un poderoso aliciente para justificar todas sus acciones posteriores.
—El peligro ha pasado —murmuró, acercándose a Ingrid con un gesto que buscaba la reconciliación.
—Te equivocas. Ambos conocemos a Katja. No parará hasta saber qué sucedió. Lo descubrirá todo, al igual que lo hizo Katja Rose.
—Para entonces, ya no importará que lo sepa.
Ingrid alzó la cabeza, desafiante.
—Tú perdiste a una hermana por causa de esto, yo no quiero perder a mi hija.
Bauer escrutó la expresión retadora de su cónyuge. Ingrid no parecía inclinada a apoyarlo esa vez.
—Me ocultaste que Katja partía en busca de Roderick Weber el día que nos trajo a Rosalind para que nos ocupásemos de ella. Me mentisteis las dos.
—Si te hubiera participado sus planes, habrías intentado impedir que se fuera.
—¡Desde luego! —exclamó él, tajante—. Porque soy el único en esta familia que piensa con el cerebro, y no con las vísceras.
Su esposa le lanzó una mirada sibilina y llena de desprecio.
El enojo consumía sus entrañas como una hoguera avivada por la injusticia y la traición.
Su marido, ese hombre cuyos votos de amor y lealtad juró ante Dios y los hombres, se había convertido en un cómplice silente de los tormentos infligidos a su propia hija, aunque ignorase su parte de culpa en el estremecedor relato de Katja el día que esta visitó la fábrica y le leyó porciones de las cartas de su cuñada.
—Thomas Bramwell maltrataba a su mujer —escupió Ingrid, devolviéndole el golpe—.
El socio con el que brindabas en tu despacho, y al que por poco cedes el control de Sohlenkunst, convirtió al fruto de mi vientre en un despojo humano al que vejar de todas las maneras que se le ocurrieran.
Yo no diría que eso es pensar con la cabeza.
—¿Quién te ha ido con semejante majadería?
—Katja.
—No digas sandeces. Si fuera verdad, nos habría solicitado ayuda.
—¿Cómo iba a hacerlo si la vigilaba las veinticuatro horas del día?
—vociferó la dama, encolerizada—. Llegó a experimentar, incluso, la pérdida de un hijo después de una tunda.
La misma mañana de su partida, le rogué que no parara hasta encontrar a Roderick.
Quería redimirnos por nuestros continuos y horrendos errores, aunque fuera solo por contentarla por todo el sufrimiento al que la sometió nuestro abandono.
—¡No la abandonamos! ¡No sabíamos nada!