El lienzo de tus sueños Capítulo 6
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Capítulo 6

—Y estuvo varios días sin dirigirme la palabra por culpa del destrozo provocado por Herzog.

Katja, que sostenía una vaporosa taza de café durante uno de los recesos, imaginó el pandemónium iniciado por la curiosidad nata del felino.

Una frágil sonrisa le encendió el rostro mientras intentaba contener una carcajada que parecía asomar sin remedio.

Sentado frente a ella, Ernst le relataba con detalle una de las múltiples hazañas de su adorable mascota siamesa, que una tarde, mientras Roderick salía a adquirir nuevos pinceles y Kissinger dormía plácidamente la siesta en el sofá, se dedicó a lanzar al vacío todos y cada uno de los botes de pintura expuestos en uno de los estantes.

—Cuando Rod regresó, sus alaridos se escucharon hasta en la plaza del mercado —continuó Ernst, con un deje de diversión.

Weber dio un susto de muerte a su compañero, cuyo sueño era tan profundo que ni se inmutó con el impacto de los objetos contra el suelo.

Herzog, conocedor del temperamento del socio de su amo, se escapó por la ventana y no regresó hasta la semana siguiente, cuando los ánimos se habían templado y al gruñón ya se le habían pasado las ganas de rebanarle el cuello.

Roderick, cruzando los brazos y mirando con aire contrariado a la chica, añadió:

—Ese minino del demonio me costó un mes de salario en materiales —se justificó, arrugando la frente—. Desde que Ernst se lo trajo de un viaje a Tailandia, mi vida es un auténtico desastre.

—¿De Tailandia? —cuestionó Katja, abriendo mucho los ojos—. Perdonen mi extrema ignorancia, pero, a pesar de haber oído hablar de ese país, ni siquiera sé ubicarlo en el mapa.

—Asia —informó Kissinger, guiñándole un ojo a su contertulia—. Los gatos siameses son originarios de allí, y venerados entre la realeza. Por eso lo llamé Herzog.

—Un «duque» peludo —se burló Weber—. De esas ínfulas, estos enredos.

Katja asintió, preguntándose qué otra clase de travesuras podría haber protagonizado un animalito tan noble en apariencia pero tan problemático en acción. Ernst, ansioso por conocer más sobre ella, le preguntó:

—¿Ha salido alguna vez de Alemania, señora Bramwell?

—He vivido en Inglaterra. Mi esposo era de Birmingham. También estuve en Italia por mi luna de miel —respondió con una mueca que parecía evocar recuerdos dulces y lejanos.

—¿Y qué piensa de la patria de Dante Gabriel Rossetti? —insistió Ernst.

—Las islas son demasiado insípidas para mi gusto, pero existen lugares realmente bonitos, como Devon o Somerset, por ejemplo —contestó, con un leve deje de pesadumbre.

Luego añadió, mirando al techo como si recordara alguna conversación pasada—: Aunque hay algo especial en la campiña inglesa, ese aire romántico que siempre me ha fascinado.

Me encanta cómo la niebla parece envolver los campos y los castillos, como si ocultaran secretos ancestrales.

El grupo quedó momentáneamente en silencio, envuelto en esa imagen poética, antes de que Kissinger rompiera la quietud:

—Si alguna vez quiere escapar de la rutina, señora, tiene aquí a unos excelentes guías para descubrir el mundo, aunque sea con historias y anécdotas.

Katja rio, ilusionada con la idea, mientras Herzog maullaba desde un rincón, como si también quisiera participar en la charla.

—Le tomo la palabra, señor Kissinger.

Con una expresión de silencioso acuerdo, Ernst dejó entrever una fugaz sonrisa.

Una de sus paradas en su recorrido por Europa habían sido las islas británicas, y, particularmente, una exposición que se realizó en Londres de la Hermandad Prerrafaelita, un movimiento pictórico fundado en Inglaterra en 1848 por un grupo de jóvenes artistas, entre los cuales se encontraban Rossetti, John Everett Millais y William Holman Hunt.

La Hermandad buscaba romper con las convenciones de la época y volver a los principios estéticos y técnicos de la pintura anterior al Renacimiento italiano, antes de la influencia de Rafael y sus contemporáneos.

Y a él le cautivaba su maestría, su simbolismo, su audacia narrativa.

Recordaba haber pasado horas frente a Ofelia , de Millais, observando cómo la tela del vestido flotaba en el agua como si respirara, como si la muerte no fuera más que un estado de espera.

—Asia es... inigualable en muchos aspectos —dijo, retomando la explicación sobre la tierra natal de Herzog—. Si se anima a conocer ese paraíso, estoy disponible para ser su guía. Podríamos comenzar en Bangkok y terminar en las ruinas de Ayutthaya. Créame, no se parece a nada que haya visto.

Katja jugueteó con las argollas de su túnica helénica, cohibida, y se tomó su café.

No estaba acostumbrada a interactuar con caballeros tan directos, francos y atrevidos como Ernst Kissinger.

Había algo en su tono de voz, en la manera en que sus palabras parecían ensayadas pero sinceras, que la descolocaba.

Si Annette estuviese en su lugar, ya le habría dedicado al guapo retratista de melena trigueña una de sus sagaces contestaciones, probablemente seguida de una carcajada encantadora y una cita literaria en francés.

Pero ella, más discreta, optó por refugiarse en la tibieza de la taza entre sus manos, como si allí dentro pudiera esconderse de la vehemencia de aquellos ojos inquisitivos.

Se oyó entonces el ruido de una cucharilla impactando contra un platillo, y la pareja se giró.

Roderick, clavando una mirada ferviente en su amigo, dijo:

—Qué amable ofrecerte a acompañar a la señora Bramwell en su expedición, Ernst.

El tono era afable, pero había una tensión soterrada en la forma en que remarcó las palabras.

Kissinger atrapó al vuelo el sarcasmo de su comentario, y notó un brillo delator de irritabilidad en sus pupilas.

En otro momento, se habría reído, quizá habría respondido con una broma bien medida, pero algo en la presencia de Katja le hizo reconsiderar su réplica.

—Si me disculpa, voy a dejarlos seguir con su trabajo. —Se levantó con parsimonia, recogiendo su bombín—. Aún queda luz natural que aprovechar, y el conde von Sachsen es un petimetre muy impaciente. Hasta mañana, señora.

—Hasta mañana —dijo Katja, perpleja, siguiéndolo con la mirada mientras la puerta se cerraba tras él—. Tiene un don singular para decir lo que piensa sin pedir permiso —comentó ella al fin, casi para sí.

—Sí —respondió Weber—. Pero a veces, esa clase de talento puede costarle caro.

Katja sonrió al joven, depositando su taza vacía sobre la mesita.

Roderick había empezado a pintarla hacía ya seis días, y hasta entonces no se había animado a comprobar sus progresos.

A pesar de su creciente curiosidad, había preferido no inmiscuirse en el proceso creativo de Weber, respetando ese silencio reverencial que envolvía la relación entre el artista y su obra.

Después de unas cuantas horas echada sobre un lecho de flores y frutos, vestida como una divinidad griega sacada de una escena mitológica, él la había dispensado para lo que quedaba de tarde.

En cuanto Ernst se marchara a cumplir con sus tareas, iría a cambiarse detrás del biombo que Roderick había instalado y retornaría al hotel a escribirles una nota a sus padres, a Rosalind y a Annette.

Quizá incluso se permitiera un paseo junto al río Tauber para disfrutar del aire fresco y la vista de sus puentes si el cielo no se nublaba.

En el exterior, Kissinger se disponía a salir al porche de la entrada al edificio, cuando oyó unos pasos a su espalda. Al volverse, vio que Weber lo seguía. Se paró en seco, desconcertado, y expuso, interrogante:

—Creí que ibas a terminar la sesión de hoy con tu musa.

—Le he dado un descanso. Ernst..., ten cuidado. Katja Bramwell no.

El caballero recibió aquella advertencia con total sorpresa.

—¿A qué... te refieres?

—El flirteo de ahí dentro ha sido lo más descarado que he visto en años —replicó Weber, sin molestarse en rebajar la voz—. Si te involucras con ella, mi último intento de entregar una obra decente al conde se desvanecerá.

Kissinger dio un paso hacia su colega, mirándolo suspicaz, buscando algo más allá del fastidio profesional en su llamada de atención.

—No lo haces por el cuadro —le espoleó adrede, con un matiz provocador—. ¿La quieres para ti? ¿Es eso?

—¿Pero qué idioteces estás diciendo?

—Que me alegra que por fin te hayas extirpado de la sesera a esa casquivana cazafortunas —manifestó Ernst, sin piedad—. Has tardado... ¿un lustro? Había perdido la esperanza de que te olvidaras de Liesel.

—No existe relación romántica alguna entre mi modelo y yo —aseveró Roderick con firmeza, aunque un leve temblor en su mandíbula lo traicionó—. Y sobre Liesel...

—No te molestes en prevenirme, que sé cuál es mi posición al respecto en este asunto —lo cortó Ernst, más frío ahora—. Mis intenciones son puramente cordiales, Rod. Tengo ojos en la cara, y es obvio que, aunque albergara algún interés en ella, no es en mí en quien se ha fijado.

Weber arqueó las cejas con sorna e incredulidad.

—Ah, que no te habías dado cuenta... tan listo para algunas cosas y tan pocas luces para otras.

Roderick le asestó un puñetazo amistoso en el hombro.

—Lárgate de aquí, anda. Y por favor, esta vez hazme caso.

Ernst soltó una risa breve y se alejó con pasos largos.

Weber, en cambio, se giró sobre sus talones para regresar al estudio.

Mientras ascendía los escalones del inmueble, evocó el momento en que vio a Katja ataviada con la túnica de Afrodita durante su primera sesión: la tela blanca y traslúcida, el cabello suelto cayéndole en ondas por la espalda, los pies descalzos sobre la alfombra con pétalos.

Una sonrisa inevitable brotó de sus labios.

Esa mujer era todo un descubrimiento, sí.

Tendría que tener la sensibilidad de un cadáver para no sentirse arrastrado por su aura como un niño sediento de cariño ante unos brazos abiertos.