Capítulo 5 #3
Con ademán reflexivo, Liesel apartó las sábanas y se sentó en el borde de la cama, dejando que sus pies tocaran el suelo frío.
El tintineo de las monedas en su bolsa apenas era un eco lejano de los días de opulencia que ahora parecían desvanecerse como el humo entre sus dedos.
La habitación, con sus cortinas desteñidas y muebles raídos, era un triste espejo de lo que había sido su existencia poco tiempo atrás.
El dinero se agotaba, devorado por las noches de fiesta, los caprichos y los placeres fugaces de los que tanto disfrutaban.
Klaus, el soldado bávaro con el que convivía desde hacía dos meses, estiró el brazo y le acarició un lado de la cadera.
Ella se giró y le sonrió. La noche anterior había sido tan animada como la primera vez en la que, estando ambos cegados por el vino, acabaron arrancándose la ropa como animales en la habitación de una fonda.
Pero el recuerdo ya no tenía brillo: era una imagen difusa, erosionada por la rutina y las discusiones.
Una sombra de preocupación cruzó su rostro mientras lo miraba, preguntándose cuánto más podría sostener la fachada de sosiego e indiferencia antes de que se desmoronara por completo.
La idea de regresar a Rothenburg, con la cola entre las piernas, para pedir más ayuda a Roderick, le resultaba humillante.
Pero ahora no tenía otra opción. No quedaban milagros por suplicarle a ningún ser celestial que se prestara a escucharla.
—¿Ya despierta, reina?
—Ha amanecido.
Klaus también se incorporó y besó el cuello de la joven, escalando con la mano por el talle de ella para volver a magrear sus pechos.
—¿Y si posponemos unos minutos los quehaceres del día? Sigo teniéndote ganas.
Liesel eludió su abrazo y salió del lecho, vistiendo una ligera camisola de batista.
Caminó hasta el lavabo y se refrescó el rostro con agua helada que le despejó los pensamientos.
Luego se observó en el espejo empañado y se preguntó en qué momento exacto había empezado a odiar esa expresión de resignación en su mirada.
—Tengo unos recados que hacer.
—¿Pasa algo? —preguntó Klaus, sospechando que su florecilla estaba más alterada de lo normal.
—Nos queda efectivo para el alquiler de este mes, Klaus. Y después nos pondrán de patitas en la calle.
—Te dije que el pago de mi salario se ha retrasado un poco por la burocracia de las oficinas de Berlín. Ya me puse en contacto con mis superiores, y...
—Eso no fue lo que me prometiste cuando acepté irme a vivir contigo —le soltó ella, frustrada y resentida.
Abrió el guardarropa con brío, dejando atrás la suavidad del colchón en el que había dormido, y comenzó a vestirse en silencio.
Cada prenda que se colocaba era como una armadura frágil contra la realidad que la esperaba fuera de esas cuatro paredes.
El sol apenas asomaba por el horizonte, y con cada segundo que pasaba, el peso de su decisión se hacía más evidente.
—¿Y qué sugieres?
—Le haré una visita a quien ya sabes.
Klaus rebotó en la cama como si sus nalgas tuvieran muelles, y asió sus calzones, poniéndose en pie.
—Ni lo sueñes. No vas a acercarte a él.
Liesel emitió una risita burlesca. Todavía no había nacido hombre en la Tierra que le dictaminara qué hacer o adónde ir, y Klaus, aunque era un compañero bastante complaciente, aún no se había ganado el derecho a opinar sobre sus elecciones.
—Iré a Rothenburg.
—¿Es que no me has oído?
Ella besó a su amante en la mejilla, y declaró:
—Sí te he oído, pero elijo ignorarte.
—No juegues conmigo —amenazó el miliciano, tirando de la chica y apresando su cintura entre sus manos como si de garras se trataran—.
Eres mía. Y no me vengas con esas estupideces de que eres libre y no tienes dueño.
Para gozar de total autonomía sin dar explicaciones a nadie, debes ser capaz de costear tus propios caprichos, y que yo sepa, hasta los pololos que llevas puestos te los he comprado yo.
Liesel le dirigió una mirada aviesa que luego suavizó, viendo que él gozaba de ventaja sobre ella, y no solo porque era físicamente más fuerte. Sus afirmaciones eran desoladoras verdades a las que debía enfrentarse cada día.
—No quiero ser un fardo para ti. Quizá si posara de nuevo...
—¿Para esos degenerados que solo saben babearles encima a las mujeres? —se mofó Klaus.
—Somos modelos, no prostitutas, ignorante —protestó ella—. Y los pintores, artistas profesionales.
—Mira qué profesional era Roderick Weber, que terminó retozando contigo en el suelo de su estudio.
—Porque yo le seduje. Acababa de perder a su padre y se sentía vulnerable. Además, ya te conté el motivo por el que lo hice, aunque he de reconocer que me gustaba. Sabe perfectamente cómo satisfacer a una mujer en la cama y fuera de ella.
De pronto, los ojos azules de Klaus se tornaron lúgubres como el mismísimo infierno, y el soldado, enfermo de resentimiento, le dio un empujón y ladró:
—Si tanto le añoras, vete a pasar hambre con él.
Liesel, ladina, se acercó despacio a Klaus y recorrió con las yemas de los dedos el contorno de su torso desnudo en dirección a su cintura. Descendió aún más la mano, hasta que esta desapareció bajo la tela de los calzones del hombre. Él comenzó a respirar de manera entrecortada.
—Eres una bruja —gimió, cada vez más excitado.
—Y eso te encanta.
Ella continuó torturándolo, hasta que Klaus, ebrio de deseo, la tumbó en el camastro de un solo empellón y se echó encima.
—Pues esos recados tendrán que esperar, querida —gruñó, abriéndole las piernas—. Y tú ahora vas a terminar lo que has empezado.