El lienzo de tus sueños Capítulo 5 #2
39%

Capítulo 5 #2

Sus ojos se deslizaron con deleite sobre los trazos vigorosos y expresivos que adornaban las paredes, cada uno contando una historia única y personal.

Había en esa anarquía una forma de belleza indómita que no buscaba agradar, sino decir algo urgente.

Su mirada se posó en el lienzo más grande, que irradiaba una energía palpable, una amalgama de pasión y dedicación que la hizo sentirse inspirada por la creatividad que fluía libremente en ese espacio sagrado.

Supo, en ese momento, que había invadido el refugio más íntimo del hombre que, conforme transcurrían las horas, le despertaba una inquietud que trascendía la mera curiosidad por conocerlo mejor.

Iba a preguntarle de qué trataba aquella obra, cuando él cuestionó primero:

—¿Qué la empujó a buscarnos en Rothenburg ob der Tauber?

Los dedos de ella, atraídos por el magnetismo de la imagen, acariciaron subyugados los rugosos relieves de la pintura.

—Era donde planeaban cobijarse después de fugarse juntos.

—¿Katja Rose y mi padre?

—Sí. ¿No lo sabía?

—Desconocía ese dato —masculló Weber, meditabundo.

Ahora entendía la insistencia del anciano cuando, una tarde, después de entregar un pedido, le había sugerido mudarse a Múnich o a Berlín, donde tendrían muchas más oportunidades laborales.

Recibió un «no» tan rotundo que estuvo enfadado con él durante días por lo que siempre había creído que era un simple capricho de un mulo testarudo.

Y resultaba que Rothenburg era el último nudo del hilo que le unía a su amor de juventud.

—Su padre era un romántico —declaró Katja, volviéndose hacia su interlocutor. Estaban muy cerca el uno del otro, por lo que su movimiento obligó a Roderick a dar un paso atrás—. Sus letras eran tan... profundas... pude hasta imaginarlo escribiéndolas.

—Siempre me reprendió por mi falta de empatía —aseveró Weber—. Decía que yo soy cerebral, como mi madre, y que carezco de la sensibilidad necesaria para ser un buen pintor.

—¿Su madre... vive aquí con usted?

Roderick negó con la cabeza.

—Anna murió al darme a luz. No la conocí.

—Señor Weber...

—No se puede sentir dolor por perder algo que nunca se ha tenido. No se aflija.

—¿Tiene hermanos?

—No. ¿Y usted?

—En eso coincidimos. Y la soledad que se siente es... lacerante.

Ambos se embebieron de la pesadumbre reflejada en los ojos del otro, y por unos segundos ninguno de los dos habló. Roderick entonces pidió:

—Venga.

Katja lo siguió hasta otro extremo de la sala. Él entonces retiró de un armario un cartapacio con decenas de folios ocre en su interior y se lo entregó a su convidada. Ella, al abrirlo, hojeó las páginas, embargada por la emoción.

—Son dibujos de Katja Rose. Su cara, sus manos..., mire, aquí está de cuerpo entero.

—Y todos realizados de memoria.

—Dios mío..., la tenía...

—Esculpida en su mente, sí.

La joven cerró la carpeta y preguntó, mirándolo escéptica:

—¿Cree que ese tipo de devoción existe, señor Weber?

—Fui testigo de la que mi padre volcó sobre el recuerdo de su tía. Suelo ser más receloso que usted en estos asuntos, se lo garantizo, pero sería un necio si negara lo que presencié.

—¿Lo ve? No es tan cerebral como parece.

—Ni se le ocurra adularme, o voy a acabar creyéndola —bromeó él, haciéndola reír—. Además, ambas son muy... agraciadas. Sus perfiles y estructuras óseas... ¿Le han hecho un retrato alguna vez?

—¡Ni hablar! Verme colgada en una pared... no me gusta cómo luzco.

Weber arqueó las cejas, estupefacto.

—Su modestia me descoloca. Un simple vistazo a su reflejo en un espejo le diría lo errada que está.

De hecho, el señor Kissinger, cuando anunció ayer su visita, actuaba como si hubiera visto una epifanía.

Ando en busca de una modelo para un encargo del conde von Sachsen, y supuso que usted se había presentado para el puesto.

La revelación del pintor hizo que Katja enrojeciera violentamente, y ella bajó la cabeza, avergonzada. Roderick elevó su mentón con el índice y la instó a mirarlo a la cara.

—Y no se equivocaba —completó él—. Es perfecta para lo que tengo en mente.

—¿Me está ofreciendo un... empleo?

—No exactamente. Trato de hallar una excusa para retenerla y averiguar más sobre su persona. Sigo sintiéndome como un verdadero monstruo por mi actitud. ¿Le gustaría convertirse en la diosa Afrodita, señora Bramwell?

—Yo... no puedo. He de regresar a mi casa. Mi hija...

Roderick dejó, a su pesar, de tocarla.

—Comprendo.

El maullido perezoso de Herzog reverberó en la estancia, y Katja vio al gato de pelaje claro estirarse entre unos mullidos cojines.

Siguió paseando la vista por el local, y de pronto, recordó la reprensión de Annette, que repercutía en su intelecto como una nana pegadiza: «Deja de sentir esa culpa diabólica siempre que quieres hacer algo que no esté relacionado con tu pequeña...

Pero a veces parece que olvidas que eres una mujer y tienes tus propios sueños».

Posar para un artista que le devolviera el aprecio por sí misma sería una deliciosa aventura, sobre todo después de que Thomas se dedicara a destruir su dignidad a mazazos desde los inicios de su vida conyugal.

No era lo suficientemente bonita como para representar a la diosa griega del amor, la belleza y la fertilidad, pero Roderick estaba dispuesto a inmortalizarla y exhibirla en un palacete anegado por los lujos y el derroche.

¿Y qué dirían August e Ingrid si descubrieran su osadía? ¿Qué pensarían Rosie, o la misma Annette?

—Podría darle una semana. Dos, como máximo —musitó sin darse cuenta.

—¿Perdón?

—Me refiero a... posponer mi viaje.

Roderick esbozó una sonrisa abierta y luminosa.

—¿Entonces acepta?

—Pero no recibiré honorarios.

—¿Por qué?

—Sospecho que lo que le deben los Bauer está muy por encima de cualquier acuerdo económico. Mi colaboración no va a recompensarlo por los perjuicios causados, no obstante...

El hombre inspiró hondo, reteniendo todo un torrente de pensamientos que caían sobre él como una inopinada lluvia estival.

Una oleada de júbilo lo recorrió entero, inundándolo con una dicha inefable.

Reaccionó tomándola de la mano y besando el dorso de esta, y Katja rio ante su apasionada respuesta.

El conde von Sachsen tendría su cuadro, y ella, gracias a ese desconocido, acababa de quebrar un eslabón más de las cadenas que la habían mantenido tantos años en infame esclavitud.

***

En la penumbra matutina de una vivienda cualquiera en Hamburgo, Liesel se despertó con un suspiro ahogado, sintiendo la carga de la incertidumbre posarse sobre sus hombros como un abrigo mojado.

A su lado, su amante yacía aún sumido en el sueño, ajeno al tumulto que la martirizaba.

La fragancia masculina del perfume de él seguía pegada a su piel, mezclándose con el olor a humedad que se filtraba por las rendijas mal selladas de las ventanas.

Afuera, un carruaje pasó rodando sobre los adoquines, rompiendo momentáneamente el silencio con el traqueteo metálico de sus ruedas.