El lienzo de tus sueños Capítulo 5
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Capítulo 5

—A quí tienen. Dos cafés, un strudel y una porción de tarta Selva Negra.

Roderick observaba a su acompañante mientras ella intercambiaba unas palabras de agradecimiento con el camarero.

De toda la carta de dulces que Zuckerhimmel ofrecía, Katja había escogido el favorito de su padre.

El viejo Weber era un amante del chocolate y del licor de cerezas, y aquella sobremesa reunía como componentes principales justo esos ingredientes.

Al hundir el tenedor en el pastel, la chica se manchó la punta de su guante de encaje negro con la nata montada. Frunció levemente el ceño, como si aquella pequeña torpeza fuese una afrenta al decoro, y se limpió con una servilleta de lino. Acto seguido dijo:

—Tiene una pinta estupenda.

—Y el sabor es aún más espléndido.

Katja probó un bocado de la tarta y masticó el manjar con los ojos cerrados. Estaba tan bueno que le fue imposible reprimir un jadeo de placer. El dulzor del bizcocho contrastaba con la intensidad de la cereza y la fuerza del kirsch [2] , creando una sinfonía que acariciaba el paladar.

—Verla comer es una experiencia... estimulante. Nunca antes había oído a una fémina suspirar delante de un postre, como si de una novela romántica se tratara —apreció él.

La aludida dejó el cubierto junto al plato y le clavó una mirada inquisitiva.

—No me entusiasman los romances. Prefiero emplear mi tiempo en degustar la rica gastronomía patria.

—Inteligente y práctica. Dígame, ¿posee acaso algún defecto a destacar?

—No hablo nunca de mis defectos. Eso se lo dejaba a mi difunto marido.

—¿Es viuda?

—Desde hace algo menos de un año.

—Siento su pérdida.

—Yo no, créame.

La respuesta de la dama golpeó a Roderick como si le hubieran arrebatado la silla en la que estaba sentado, provocando una dolorosa colisión de sus cuartos traseros contra las baldosas de la confitería.

Sintió cómo la sangre huía de su rostro como una cucaracha al encender la luz, y no supo qué contestar.

Se quedó mirándola como un tonto, esperando que fuese ella quien reparara el desastre con alguna frase ingeniosa.

—No todos los matrimonios son dichosos, señor Weber —indicó Katja—. Y el mío engrosa la larga lista de uniones concertadas y de conveniencia.

—Que ose manifestarlo así, sin paños calientes, dice mucho de su feroz honestidad.

—Existen dos cosas por las que no vale la pena luchar. Una, por un amor perdido.

—¿Y la otra?

—Por la honorabilidad de un muerto.

Roderick soltó una suave carcajada, y se llevó a la boca un trozo de strudel. La risa le dificultó la tarea de engullirlo, y hubo de ayudarse con un trago de café.

—Veo que compartimos visiones similares de la vida —dijo, limpiándose los labios—. ¿Tiene hijos?

—Una niña. Rosalind. Cumplirá siete años unos días antes de Navidad.

—Toda una señorita.

—¿Y usted? ¿Tiene familia?

—No. Llevo una existencia bohemia carente de interés para las mujeres de buena crianza —bromeó él—. Mi único talento reside en mis manos, un don heredado de mi padre. Con él me gano el pan y subsisto en esta jungla urbana.

Unos segundos de espeso silencio se instalaron entre ambos.

Katja bajó la vista, y durante un instante se quedó inmóvil, contemplando la taza que tenía delante.

Recordó la desoladora despedida de su tía en su postrera esquela, y una punzada de dolor le cruzó el pecho.

Miró a su alrededor, intentando evitar que él notara la delatora humedad de sus ojos claros, y se fijó en el interior de la confitería, cuya ornamentación era un festín para los sentidos.

Grandes vitrinas de cristal exhibían una amplia variedad de pasteles, tortas y dulces, meticulosamente embellecidos con detalles delicados de glaseado y crema.

El brillo de las cerezas en almíbar y las frutas confitadas añadía un toque de color a la escena, mientras que el aroma a café recién molido flotaba seductoramente en el acogedor ambiente.

Las mesas, cubiertas con manteles cuadriculados, estaban engalanadas con pequeñas cestitas que contenían arreglos florales de margaritas y violetas silvestres.

Clientes de todas las clases sociales se congregaban allí: desde elegantes damas con sombreros de los que sobresalían grandes plumas coloridas hasta trabajadores exhaustos que buscaban un momento de descanso e indulgencia.

El barullo de las conversaciones animadas y las risas vibraba en el espacio cerrado como una apacible composición musical, mezclado con el tintineo de las cucharillas removiendo el azúcar en las tazas de porcelana.

Los camareros, vestidos con chalecos negros e impolutas camisas almidonadas, se movían con gracia entre los comensales, llevando bandejas cargadas de delicias tradicionales y teteras humeantes.

—Señora Bramwell.

Katja se giró hacia él, taciturna.

—¿Sí?

—¿Se encuentra bien?

—Perfectamente.

Desvió la vista hacia un lado de su mesa, y se percató de que las puntas de los dedos de él rozaban los suyos, en un sutil intento de devolverla a aquella dimensión.

—Se ha distraído. ¿Le aburre mi descripción de mi vida insulsa y monótona? No la culpo.

—Pienso... en ella. En ellos, en realidad.

—Entiendo. Y aprovecho para pedirle perdón de nuevo por mi inadmisible conducta.

—Disculpas aceptadas.

—Verá... mi padre nunca superó su... ruptura —reveló Roderick, apartando la mano y devolviéndola a su regazo—.

Fue un desdichado que se dedicó a respirar a partir de entonces, olvidándose de existir.

Le entregaron una nota redactada por Katja Rose en la que ella le instaba a desaparecer de su vida, pues pensaba unirse a un terrateniente de ultramar.

El dolor lo partió en mil pedazos, y ni siquiera mi madre consiguió reconstruir su corazón.

Siempre pensé que su desengaño fue el causante principal de su muerte prematura.

¿Cómo podía seguir viviendo sin la mujer a la que necesitaba para existir? No era posible.

Katja ahogó un sollozo. Cuánta verdad encapsulada en tan escueta exposición de los hechos.

—Si estuviera a mi alcance hacerlo, lo recompensaría por todos los agravios causados por los Bauer, señor Weber, pero carezco de ese poder.

Yo también, como mujer, pagué un alto precio por sus atropellos.

Cuando heredé la casa de mi tía, descubrí su historia, el retrato firmado por su progenitor y...

las cartas de ambos. Mi abuelo quemó la mayoría en su afán de separarlos y mantener a salvo un secreto relativo a su padre, el cual sospecho que fue la verdadera razón por la que mis parientes provocaron el fatídico desenlace de su idilio.

Vine hasta Rothenburg con la esperanza de que él me lo explicara.

Roderick sintió cómo su pulso se aceleraba.

Unos meses antes de su súbito fallecimiento, el viejo compartió con él el fragmento de su pasado responsable de esculpir el destino por el que transitó el resto de su vida.

Si tanto August como Hans Bauer hubieran reaccionado con la rectitud que su código de honor exigía, su porvenir habría sido tan distinto...

, pero sin las evidencias que lo atestiguaban, era su palabra contra la de ellos.

Y, aunque Katja Bramwell parecía más honesta que el resto de su parentela, aún era demasiado pronto como para decidir si no era arriesgado confiar en ella, así que optó por desviar el rumbo de aquella peligrosa charla.

—Dice que heredó la vivienda de su tía —señaló, descansando los codos sobre la mesa—. ¿Acaso ella también...?

—Una gripe se la llevó de este mundo hará un bienio este próximo invierno.

—Lo siento, señora Bramwell. Lo siento mucho.

La mirada analítica de Katja resbaló como una cascada por las facciones de Roderick, escrutándolas detenidamente.

Cada rasgo de su rostro estaba meticulosamente definido, desde las líneas suaves de su frente hasta la curva de su prominente mandíbula.

Los ojos argénteos del hombre parecían ser el reflejo de un cielo encapotado, donde la luz se colaba a través de las nubes, creando una paleta de matices que iban desde el plateado más pálido hasta el gris más profundo.

En ellos, la joven percibía una mezcla de serenidad y misterio, como si fueran ventanales hacia un paisaje interior vasto e inexplorado.

—¿Por qué me mira así? —inquirió él, inclinándose sobre la vajilla depositada en la mesa—. Hará que me ruborice como un colegial imberbe, señora.

Katja hurgó dentro de su bolsito y extrajo un papel doblado. Se lo entregó y dijo:

—Son tan idénticos como dos gotas de agua.

Weber examinó el dibujo realizado por su padre años atrás, y sonrió.

—Es cierto. Podría pasar por un retrato mío. Iba a realizar la misma apreciación respecto a usted y a Katja Rose.

—¿Cómo lo sabe?

—¿Se va a terminar su bizcocho?

—Creo que voy a solicitar que me lo envuelvan para llevar. ¿Por qué?

Roderick elevó una mano, llamando al camarero que los había atendido al principio. Luego sentenció:

—Acompáñeme a mi estudio y se lo mostraré.

***

Katja se detuvo en el umbral del taller de Roderick con una mezcla de asombro y reverencia.

El caos ordenado del estudio, con sus pinceles escrupulosamente alineados, los lienzos en diversas etapas de progreso y las manchas secas de pintura que salpicaban el suelo de madera, hablaba de la entrega con la que el joven pintor perseguía su arte.

Una combinación de trementina, aceite de linaza y pigmentos palpitaba en la atmósfera, envolviendo el lugar con un perfume acre y evocador que le resultó extrañamente reconfortante.

Quedó embelesada por las paletas de colores —donde cada matiz parecía tener vida propia— y los bocetos a medio hacer esparcidos por la estancia, capturando la esencia de la imaginación en su estado más crudo y auténtico.

Había dibujos anatómicos, paisajes embrionarios, rostros melancólicos y algunos fragmentos que sugerían escenas inacabadas.