Capítulo 4 #4
Su misión en Rothenburg había concluido y era hora de regresar a casa.
Añoraba muchísimo a Rosalind. Llevaba cinco días lejos de Vilbruck y no veía el momento de abrazarla y comérsela a besos.
Visualizó, por un instante, los deditos pegajosos de su hija tras desayunar mermelada y la risa chispeante con que le anunciaba sus pequeñas conquistas infantiles.
Un nudo de ternura se le formó en la garganta.
Dos toques en la puerta la alertaron de que la camarera probablemente estaba de vuelta para avisarle de que el coche de alquiler que la trasladaría a la estación la aguardaba fuera, y acudió presta a abrir.
Sin embargo, la persona con la que se encontró al otro lado era la última a la que esperaba ver.
—Señora Bramwell.
Su reacción automática fue volver a cerrar de inmediato y apartarse del umbral como si el intruso fuese a agredirla. Su respiración se volvió repentinamente ruidosa, y la joven se mareó.
—Váyase o llamaré a seguridad.
—Se lo ruego, no lo haga. Vengo en son de paz. No voy a hacerle daño. Le doy mi palabra.
—No confío en las promesas de hombres que ven en la violencia una manera lícita de interactuar con el prójimo —lo desafió ella—. Márchese.
Un suspiro extenso y melancólico se oyó detrás del tablón. Entonces, la profunda e hipnótica voz de Roderick Weber rompió el silencio.
—Le pido disculpas. Fui impulsivo y estúpido. He leído las cartas, señora. Solo quiero... hablar con usted.
Tras unos segundos de quietud absoluta, Katja giró el pomo y asomó medio rostro por la puerta entreabierta. Él, muy serio, le mostró el bolsito azul que creía que había perdido y añadió:
—Esto es suyo. No falta nada en su interior. Tome, no tema cogerlo. No muerdo.
—¿Cómo... ha sabido dónde encontrarme?
—El Elite Obelisk es el único hotel para turistas de Rothenburg.
—¿Y el resto de posadas y hospederías? Yo he visto al menos cinco.
—Por sus maneras y su ropa, y perdone que lo mencione, no parece de clase obrera. Las damas de su estatus suelen escoger lugares mucho más distinguidos para pernoctar.
Katja arrugó la frente. ¿Tan predecibles eran sus preferencias? ¿O aquel bruto solo pretendía tildarla de engreída y clasista?
—Yo me decantaría por la opción más lógica —rebatió ella, ufana—. Ha husmeado en mi bolso y encontrado el panfleto que me dieron en recepción al registrarme.
Los labios de Roderick se expandieron en una sonrisa radiante y distendida.
—Tocado y hundido —reconoció, llevándose una mano al pecho—. Pero déjeme esclarecer que no fui yo, sino mi compañero, el señor Kissinger, quien tuvo la idea.
—Él no está aquí para defenderse, y usted ha sido muy poco considerado al traicionarlo con semejante puñalada trapera.
—Su sagacidad y capacidad de réplica me tienen maravillado, señora Bramwell. Me rindo. Ha decidido pintarme como el villano de esta historia, y acato su elección. Me lo merezco.
Katja abrió la puerta del todo, se llevó las manos a la cintura en actitud desafiante y dijo:
—Comprenderá que tengo motivos de sobra para negarme a recibirlo sin darle oportunidad de refutarme.
—Correcto.
—Y sabe que lo que hizo es despreciable y propio más de un simio que de un hombre.
—Ignoro el comportamiento de los simios. No soy naturalista ni biólogo —sentenció él—. Pero estoy de acuerdo con lo primero. Por eso estoy aquí. Para reparar el estropicio e invitarla a merendar al mejor establecimiento de este pueblo de cuento.
—No voy a ir a ningún sitio con usted.
—¿Ni siquiera para discutir cierto asunto por el que se ha recorrido casi quinientos kilómetros? Porque a mí sí me interesa lo que tenga que contarme sobre Katja Rose.
La joven calló, reflexiva. Cogió el bolsito que Weber le tendió y preguntó:
—¿Vendrá el señor Kissinger?
—No.
—Estaremos a solas entonces.
—En absoluto. Zuckerhimmel, mi cafetería de cabecera, está siempre a rebosar de clientes.
Si me atrevo a propasarme con usted, se me echará la polizei encima en cuestión de minutos, y dormiré en un calabozo mugriento y acompañado por ratas.
Es una mujer de rasgos muy armoniosos y atractivos, señora Bramwell, pero no soy ningún idiota. Y prefiero descansar en mi cama.
Su chanza hizo que Katja se relajara y hasta dejara entrever un amago de sonrisa. La contrición de aquel desconocido parecía genuina, y si la reunión se producía en un espacio público, su integridad y reputación quedarían protegidas.
La camarera a la que había solicitado el carruaje se presentó antes de que pudiera aceptar el convite, y Roderick, cauto, se apartó unos metros para darles intimidad a las mujeres.
—Señora, su vehículo está preparado.
—Gracias.
La muchacha se retiró, y Katja salió al pasillo, cerrando la puerta y caminando hacia el caballero.
—¿Tiene medio de transporte? —inquirió ella.
—Vine andando.
—¿Está muy lejos esa cafetería?
—A dos manzanas del Marktplatz .
La chica se guardó la llave de su cuarto en un bolsillo lateral de su falda y manifestó:
—Espero que la repostería de Zuckerhimmel sea realmente buena, señor Weber. Tengo el paladar muy fino.
—Sirven el mejor strudel del país.
—Bien. Usaremos el coche de alquiler.