El lienzo de tus sueños Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Se dio la vuelta para organizar sus herramientas y seguir a lo suyo, y Kissinger aprovechó para escoger una esquela al azar y desdoblarla. Entonces, teniendo a su amigo de espaldas a él, comenzó a leer en voz alta:

Amado mío,

Es con un corazón sangrante y una mente llena de lamentaciones que me siento a escribirte estas palabras.

A medida que transcurren los días y mi salud se debilita, siento el peso de los años sobre mis hombros y el dolor de los remordimientos en mi alma.

Me encuentro aquí, en mi lecho, contemplando el camino que he recorrido y afligiéndome profundamente por las decisiones que tomé en mi juventud.

Desearía poder retroceder en el tiempo y enfrentar con más valentía la oposición de mi familia a nuestro amor.

Fui cobarde y no combatí con el empeño necesario para defender lo que sentíamos, para desafiar las normas impuestas y seguir mi intuición.

En lugar de eso, me encontré cediendo ante las presiones sociales y las expectativas de otros, sacrificando nuestra felicidad en el altar de la conformidad.

Ahora, mientras batallo con la realidad de mi propia mortalidad, no puedo evitar sufrir una intensa e insoportable amargura.

Cuántas oportunidades desperdiciadas y palabras no dichas.

Si pudiera volver atrás, te aseguro que habría tomado un camino diferente, uno donde nuestro amor brillara con todo su esplendor, sin importar las consecuencias.

Qué más daba que me despojaran de todo. Como tú bien expusiste una vez: «El mundo es un lugar muy grande».

Lo habríamos logrado si no hubiera sido por mi bochornoso miedo al fracaso y a que mi padre y August cumplieran las amenazas lanzadas contra ti.

Mi querido Roderick, en este momento de claridad y reflexión, quiero pedirte perdón.

A pesar de todo, quiero que sepas que mis afectos nunca han menguado, ni siquiera en los momentos más oscuros.

Eres la luz que ha iluminado mi camino, la razón por la que mi corazón sigue latiendo, incluso en los instantes más difíciles.

Aunque nuestras existencias hayan tomado senderos divergentes, nuestro vínculo trasciende el tiempo y el espacio.

Si no nos encontramos en esta vida, confío en que nuestras almas se reunirán en la venidera, donde podremos amarnos sin barreras ni impedimentos.

Roderick, te adoro más de lo que las palabras pueden expresar. Que esta confesión llegue a ti como un susurro en el viento, como un eco de un corazón que siempre te pertenecerá.

Con todo mi amor,

Katja Rose

Al finalizar la lectura, Ernst miró a Roderick, que se había quedado inmóvil como una estatua, contemplándolo.

Sus ojos, antes centelleantes y henchidos de rabia, ahora brillaban con una mezcolanza de tristeza e impotencia.

Su cuerpo se hallaba allí presente, mas su mente nadaba perdida en los recuerdos y en las angustiosas palabras que acababa de escuchar.

Pese a la coraza de resentimiento que aún lo cubría, no podía ignorar la intensidad y sinceridad de aquel mensaje.

Era como si la confidencia de esa mujer hubiera sido un bisturí abriendo su propio pecho, revelando un corazón vulnerable y un sentimiento verdadero, aunque roto en pedazos.

Y la frase que le heló la sangre: «mientras batallo con la realidad de mi propia mortalidad».

¿Acaso estaba tan enferma? ¿Tan cerca del final?

—¿Por qué has hecho eso? —gimió, aproximándose a Ernst.

—¿El qué?

—Leer la endemoniada carta.

—Porque eres el ser más obstinado que he conocido en mi vida, y no habrías dado tu brazo a torcer —se defendió su amigo—. La mujer que pudo haber sido tu madre se está muriendo, Rod. ¿Ni siquiera eso te conmueve?

Weber se agachó sobre la mesita donde Ernst había colocado los demás sobres y asió uno.

Luego se lo ofreció a su interlocutor.

—Lee esta.

—¿No deseas hacerlo tú?

—No.

—¿Quieres que haga lo mismo con todas?

—Por favor.

Kissinger accedió a su petición, pero antes de continuar, dijo:

—Pues vamos a ponernos cómodos entonces, camarada. Presiento que estamos a punto de abrir una caja de Pandora que va a cambiarte la vida.

***

El Elite Obelisk exudaba una gracia que evocaba una elegancia rústica y sencilla, aunque no por ello menos sofisticada.

El aroma a flores frescas —lirios blancos, jazmines y unas ramitas de lavanda— acogía a los huéspedes en un abrazo reconfortante nada más acceder al hall , donde estaba ubicada la recepción, y los empleados uniformados y de conducta impecable ofrecían un servicio digno de los hoteles más lujosos de Berlín.

La habitación de Katja se situaba en la segunda planta, orientada hacia el sur y con vistas a los jardines de la finca.

Los muebles de estilo victoriano, finamente esculpidos en madera de caoba, añadían un toque de exquisitez al ambiente.

Una imponente cama con dosel cubierta por sábanas de encaje blanco ocupaba el centro del dormitorio, y unos mullidos almohadones y una colcha de terciopelo borgoña adornaban el lecho, haciendo juego con las cortinas del mismo color.

Sobre la cómoda, una caja de música abierta emitía una dulce melodía que acompañaba el silencio del mediodía.

Katja terminó de abotonarse el vestido, una prenda en tonos crema y verde oliva con bordados discretos en el corpiño, y revisó la maleta abierta sobre el colchón, cerciorándose de que ya había guardado todas sus cosas.

Frente a un espejo rectangular, añadió dos horquillas al tocado escogido para ese día, afirmándolo en lo alto de su cabeza, y repasó su aspecto general.

El corte de su traje, esbelto pero funcional, seguía la moda de la silueta en S, realzada por un corsé que le arqueaba levemente la espalda y proyectaba el busto hacia adelante.