El lienzo de tus sueños Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—¿Tiene cita? Disculpe que le pregunte. Es que... últimamente anda muy ocupado.

—Yo... no. Pero... de veras que me urge verle. No he venido a hacer ningún encargo. He de regresar lo antes posible a mi casa. Vivo cerca de Bremen, al norte.

Kissinger asintió, impresionado. ¿Del norte de Alemania? El bribón de Weber se quejaba de vicio. Introdujo una llave en una vieja cerradura, y la puerta se abrió. Con gesto amable, le cedió el paso a la visitante.

—Por favor, si no es molestia, espere aquí, en el vestíbulo. Voy a avisarle.

—Muchas gracias.

Ernst abrió otra puerta de madera y cristal labrado, y los nervios se agolparon en el estómago de ella.

Estaba a punto de conocer en persona al autor de aquellas bellísimas letras dedicadas a su amada en su mocedad y de cerrar un ciclo en las vidas de ambos, entregándole las cartas que su tía no había tenido la posibilidad de enviar.

Dentro de la arqueta había un autorretrato de Roderick realizado en lápiz, posiblemente uno de los regalos que él le hizo cuando aún había esperanza para su relación.

A juzgar por aquella imagen, su porte era gallardo y elegante, y su rostro de una estética robusta y cautivadora.

No le extrañaba que Katja Rose hubiera caído rendida ante su encanto.

La madera chirrió, y vio de reojo que una figura alta y vigorosa salía a recibirla. Cuando habló, sintió que su voz acariciaba su espalda como si un chorro de miel recorriera sinuoso su columna vertebral.

—¿En qué puedo ayudarla, señorita? —inquirió el desconocido.

Katja se giró para mirarlo, y al hacerlo, casi se le cae el manojo de sobres al suelo. Sí, era él.

Cabellos castaños, ojos grises, mandíbula sólida y ancha, y una mirada hechizante.

No obstante, sus rasgos la descolocaron como si le hubieran propinado una bofetada. No podía ser. Era imposible.

Él, por su parte, también parecía sorprendido de verla, como si recordara sus facciones de algún encuentro anterior. Pero jamás se habían visto antes. De eso estaba segura.

—¿Nos... conocemos? —insistió él.

—Perdone. ¿Es usted... Roderick Weber?

—El mismo. Me ha dicho mi socio...

—Debo de haberme confundido —le interrumpió Katja—. Yo buscaba a alguien... usted... no me esperaba alguien tan... joven.

Roderick la escudriñó curioso y desubicado.

La tonalidad de azul oscuro del vestido de satén de la mujer le atrajo como un imán a una barra de hierro.

Conseguir esa mezcla de colores en un tinte no era fácil ni barato, y el tipo de tela...

seguramente sería una dama rica. Al hacer referencia a su edad, entendió el motivo del desconcierto de la rubia de iris aguamarina.

—Entonces no son mis servicios los que reclama —aclaró, afable—. Mi padre y yo compartimos tanto la ocupación, como el nombre y apellido.

—¿Su... padre?

—Soy Roderick Weber Junior. Este estudio lo fundó mi progenitor.

—¡Oh!

—Dígame... ¿para qué lo buscaba?

Katja necesitó unos segundos para recuperarse del sobresalto. Weber le tendió la mano, y ella cometió el error de tomarla. El calor que desprendía su piel la puso todavía más nerviosa. La soltó como si le ardiera.

—Es... un asunto personal. Traigo... un mensaje para... él.

A Roderick le estaba divirtiendo de lo lindo conversar con aquella individua de recalcada belleza y errático proceder. ¿Sería aquella boca simétrica y bien delineada capaz de pronunciar dos frases seguidas sin tartamudear?

—¿Quiere pasar?

—Yo... quería darle esto. —Le mostró el paquete de cartas—. Son para él.

—¿Escritas por usted?

—No. Por... mi tía. Desconocía su dirección, y...

—Y veo que hace una eternidad que no se hablan —indicó Roderick.

—¿Por qué lo dice?

—Porque en caso contrario, su pariente habría sabido que él falleció hace ocho años.

Katja recibió la noticia como quien cae a un lago helado en los días más fríos de invierno. Boqueó unas cuantas veces y un rubor intenso ascendió por sus mejillas. Weber entonces preguntó:

—¿Desea tomar asiento?

—Murió...

—Un infarto fulminante —declaró él—. Mientras trabajábamos juntos en una encomienda. Señorita..., creo que debería... ¿cómo se llama su tía? Al notificar el deceso de mi padre a sus amistades, traté de no excluir a nadie. Perdóneme si no les avisé. Mea culpa .

—Katja Rose. Bauer —musitó ella casi sin voz.

—¿Cómo? ¿Ha dicho... Bauer?

De pronto, el gesto gentil y bondadoso del pintor se transformó, y su ceño se replegó en un claro acto de hostilidad suprema. El pecho del hombre se agitó bajo su chaleco como si sus pulmones se hubieran quedado sin oxígeno, y gruñó, enardecido:

—Hay que tener arrestos para osar actuar como si el daño que le hizo no fuera suficiente.

—Señor Weber, supongo que estará al tanto de la historia que les une a su padre y a mi...

—¡Fuera!

Su aullido hizo que Ernst abriera la puerta del estudio y se asomara asustado. Katja retrocedió espantada hasta estrellarse de espaldas contra la pared contigua, y el paquete y el bolsito que portaba consigo se desparramaron en las baldosas que hollaban sus pies.

—¿Qué pasa, Rod?

Roderick ignoró a su amigo y volvió a chillar, elevando el brazo para señalar la salida:

—¡Largo de aquí!

Katja no esperó a exigir explicaciones por su explosión airada.

Al verlo con el brazo levantado, presto a golpearla, la invadió un terror renegrido y abrió la puerta, huyendo despavorida.

Roderick sintió la tentación de perseguirla calle abajo para gritarle todo tipo de improperios, pero se contuvo.

—¿Qué diablos...? ¿Tú has perdido la cabeza o qué? —lo increpó Ernst.

—Cállate y no te metas —lo reconvino el joven, dando un portazo en el vestíbulo y entrando de nuevo al estudio.

—¿Desde cuándo tratas a las mujeres así, Rod? No te reconozco.

—No sabes quién es ni lo que representa.

—Pues no me vendría mal una aclaración —exigió Kissinger, molesto—. Creo que ha pensado que ibas a pegarle. ¿No viste el pánico en sus ojos? ¡Por poco se le salen de las órbitas!

—Me importa un carajo.

De una patada, Roderick tiró un cuadro del mercado de Rothenburg ob der Tauber en el que también estaba trabajando. La paleta y los pinceles corrieron la misma suerte.

—Cálmate antes de que destroces el taller, hombre —medió Ernst, anonadado por la reacción de su socio.

En todos los años que llevaban colaborando, jamás lo había visto tan alterado.

Ni siquiera cuando Liesel lo dejó—. Voy a traerte una copa de coñac, ¿de acuerdo?

Y mientras bebemos, quiero que me lo cuentes todo.

Weber se sentó en un baúl que hacía las veces de banqueta y se frotó la cara con las manos. El suyo no era un carácter iracundo ni carente de control, pero solo con oír el apellido Bauer, había estallado en su lengua todo el odio del infierno en su conjunto.

Cerró los párpados y evocó el rostro de aquella extraña que ni siquiera le había dicho su nombre. Sí, se había percatado del pavor en sus ojos, pero no era culpa suya que su gesto hubiera sido malinterpretado. Además, seguro que así no se atrevería a volver. Mejor.

Entonces recordó que ella, al salir corriendo, se había dejado olvidados tanto la correspondencia de su tía como su bolso, que, con toda certeza, querría recuperar. Recogió el lienzo del suelo, comprobando que este se había partido en una de las esquinas.

—Maldición —masculló al ver que su estúpido arranque impetuoso se había cargado una semana de faena—. Ernst, date prisa con ese coñac. Presiento que voy a necesitar la botella entera.

***

—¿Es... la sobrina de la mujer que le rompió el corazón a tu padre? —preguntó Ernst, apoyando el codo sobre la mesa y entrelazando los dedos con interés.

—Mucho más que eso —completó Roderick, tomando otro trago del licor francés con expresión lúgubre—. Es una Bauer. Veneno para la salud mental de cualquier ser humano.

—Y ha traído sus cartas. ¿Vas a leerlas? —La voz de Ernst sonó suave, casi una invitación a reconsiderar.

—Ni muerto.

—Roderick, no pierdes nada por otorgarle el beneficio de la duda —opinó Ernst mientras limpiaba con meticulosidad unos pinceles sucios en un vaso con agua turbia—. Además, es tu obligación devolverle sus pertenencias.

—Ni sé cómo se llama ni dónde se hospeda —se excusó el retratista.

—Katja Bramwell. Alquiló una habitación en el Elite Obelisk .

—¿Te dedicas a la adivinación en tus ratos libres? —se burló Weber—. ¿De dónde sacaste esa información? ¿Has estado hurgando dentro de su bolso? ¡Ernst!

Kissinger guardó los utensilios de pintura en su estuche inmerso en un mutismo hermético, eludiendo la cuestión. Claro que había escarbado en la bolsita. ¿De otra forma, cómo iba a conseguir los datos necesarios para seguirle la pista? Era cuestión de supervivencia en ese juego de sombras.

—Al contrario que tú, yo sí soy un caballero civilizado —se defendió Ernst—.

Me presenté primero y obtuve el dato de la propia dama.

Y en cuanto al Elite... es el único hotel decente por aquí, Rod.

Por su atuendo, apostaría que proviene de una familia adinerada.

Los hostales y fondas para pobres mortales como nosotros estaban descartados de antemano.

Además, encontré un panfleto del hotel en su bolso, sí.

Pero ni se te ocurra juzgarme. No soy yo quien la ahuyentó tras berrear como un gallo de pelea.

Roderick se rindió ante la lógica aplastante de Ernst. Carecía de la talla moral adecuada para echarle en cara su comportamiento. Era de él de quien la joven había huido como si su integridad corriera peligro, y no le había facilitado la posibilidad de explicarse.

Bueno, ese incidente ya era agua pasada. Si la fortuna obraba en su favor, no volverían a verse, y el percance formaría parte de un simple mal recuerdo.

—Si viene por aquí, se lo das y ya está. Y las cartas también.

—Pero ha viajado desde el norte solo por...

—Me da igual que haya hecho un pacto con Satanás para que la dejara salir del inframundo —le espetó Roderick—. No voy a tocar esas hojas ni con el pensamiento.