Capítulo 4
M ás que un lugar de trabajo, aquella vasta sala era un santuario de inspiración y creatividad.
Allí, rodeado de sus herramientas, materiales y obras en progreso, el alquimista del pincel se sumergía en su mundo interior para dar vida a sus visiones.
La atmósfera del estudio, con sus colores y texturas, contribuía a alimentar la imaginación y facilitar la expresión artística.
Los caballetes eran indispensables para sostener los lienzos mientras se trabajaba en ellos.
Los pinceles, tablillas y cuchillos de paleta se colocaban en mesas junto con los pigmentos y los aceites para mezclar.
En ese estudio en particular, se podían encontrar otros elementos como modelos vivos, maniquíes o incluso animales, como el gato de Ernst, que lo seguía a todas partes como una amante despechada.
El dibujo con el que Roderick llevaba semanas atascado seguía sin satisfacerle.
Prefería la pintura al aire libre, con sus paisajes cambiantes, sus escenas urbanas llenas de movimiento; pero no podía rechazar el encargo del conde von Sachsen, quien insistía en que solo él —y no su colega— debía pintar a Afrodita recostada sobre un lecho de mirtos, rodeada de manzanas, granadas y limas.
Lena, la modelo elegida, había desaparecido con la obra a medio hacer, dejándolo plantado sin una explicación convincente.
Hastiado por no ser capaz de concentrarse, arrugó el boceto y lo tiró a la papelera, soltando un bufido.
Liesel habría sido absolutamente perfecta para aquel pedido.
Un cuerpo exuberante y hermoso, piel tersa y cremosa, curvas abundantes...
justo lo que aquel noble borracho andaba buscando.
Pero ella también se había largado. Y sin avisar.
—Habla con Isaak, Roderick. Si le expones el asunto, tal vez ceda y permita que Lena vuelva a posar para ti.
La voz de Ernst Kissinger llegó desde el otro extremo del estudio, mientras acariciaba distraído el lomo de Herzog, que ronroneaba con la satisfacción de quien domina su pequeño reino. Roderick alzó la vista de su cartapacio para mirarlo con cansancio.
—Le exigió que se retirara. Y ella ha obedecido —respondió.
—¡Pero si le pagaste el doble de la tarifa habitual!
—El conde fue generoso con el adelanto, así que pude permitírmelo. Algunas mujeres, al casarse, empiezan a ver esta profesión con otros ojos. Y el que tú te hayas acostado con ella tampoco tranquiliza al flamante marido —añadió Roderick, con una mueca amarga.
—¡Eso fue antes de que se conocieran! —protestó Ernst, herido en su vanidad—. En todo caso, el agraviado debería ser yo: Isaak me la arrebató sin miramientos, sin una sola palabra de disculpa.
—Le ofreciste juegos de almohada, unas risas y un puñado de promesas vacías. Él, un hogar, un apellido y un futuro sin incertidumbres. Habría dudado de la sensatez de Lena si hubiera rechazado semejante oferta para quedarse contigo —zanjó Roderick, irritado.
—A veces me pregunto por qué continúo soportando tu ingrata compañía. Debería abandonar este taller y buscar otro agujero donde pintar en paz, dejando que las deudas te asfixien.
—Gracias por tus conmovedores buenos deseos. Y ahora, déjame terminar esto o no podré pagar el alquiler del mes que viene.
Ambos volvieron a sus quehaceres y no hablaron durante la siguiente hora. Herzog se escapó por la ventana y se marchó a recorrer el pueblo, mientras los ojos argentados de Weber se perdían en las vistas del bucólico Rothenburg ob der Tauber.
En algún momento, Kissinger desapareció del estudio y retornó con unos bollos krapfen todavía tibios en una bolsa de papel.
Le ofreció uno, pero Roderick lo rehusó.
No comería hasta haber dado con la solución al problema que se le presentaba.
Von Sachsen empezaba a impacientarse y no sería prudente decepcionar a un miembro de la nobleza alemana.
Si su cuadro se exhibía en los salones de la residencia de verano del aristócrata, tendría trabajo asegurado para ese año y el entrante, pues los nobles tenían la extraña manía de copiarse unos a otros y competir entre ellos.
Si uno descubría a un talento, los demás no perderían la oportunidad de rifárselo y obtener alguna obra suya para restregársela por la cara a amistades y parientes.
La imagen recurrente de Liesel regresó a su mente para atormentarlo, y Roderick sintió vergüenza, además de una inquina corrosiva.
Hacía un rato le había recriminado a Ernst que se hubiera involucrado con Lena, cuando él había hecho lo mismo con ella.
Aunque claro, su historia había sido bien distinta.
Y maldita la hora en la que se le ocurrió llevársela a la cama.
—Rod.
—Te he dicho que estoy ocupado, Ernst. Y no tengo hambre.
—Tienes visita.
—He anulado todas las citas de hoy —replicó Roderick, crispado, sin apartar la vista del bosquejo que tenía ante sí—. Si no termino este condenado encargo, el conde me exigirá el adelanto de vuelta y le encomendará el cuadro a otro fulano.
Kissinger, impasible ante el tono de su compañero, se acercó con una lentitud deliberada y, sin previo aviso, le arrebató el carboncillo de la mano. Roderick se incorporó de un salto, fulminándolo con la mirada.
—Devuélveme eso —gruñó.
—Dame diez segundos de tu valioso tiempo y lo haré —repuso Ernst, llevándose tranquilamente un trozo de bollo a la boca.
—¿Qué demonios quieres ahora?
Ernst masticó con calma, haciendo gala de una templanza exasperante. Luego tragó, carraspeó y habló con fingida solemnidad:
—Detrás de esa puerta está la solución a tu encrucijada.
Roderick enarcó una ceja, impaciente.
—¿Y eso qué significa?
—Una joven. Vestida como una dama. Viene preguntando por ti —informó Kissinger con una sonrisa torcida—.
Y es... extraordinaria. Cabello rubio como un lingote de oro, liso y brillante.
Y los ojos... Dios. ¿Recuerdas aquella cala en Madagascar donde fondeamos el verano pasado?
El agua tenía ese color imposible, entre verde y azul, que no sabías definir.
Así son los suyos. No he logrado decidir de qué tono exacto.
Roderick frunció el ceño, desconfiado.
—No tiene por qué ser modelo.
—Tal vez no lo sea —admitió Ernst—. Pero si no, invéntate algo, sobórnala, ruégale.
Págale el triple de lo que le dabas a Lena, si hace falta.
Pero no dejes que cruce esa puerta sin antes probar suerte.
Von Sachsen te haría una reverencia si la convencieras de posar en tu cuadro de Afrodita, créeme.
—¿Qué droga le has puesto a esos krapfen esta mañana? Se suponía que te recetaron los extractos de cáñamo solo para tratar el insomnio.
—¡Ve, insensato!, antes de que cambie de idea.
La intriga terminó por vencer el mal humor.
Roderick se sacudió el polvillo de las manos, apartó el taburete con el pie y se dirigió hacia la puerta con fingida desgana.
Al salir al corredor, la vio de espaldas, de pie junto al ventanal, perfilada contra el vidrio que dejaba pasar una luz pálida y temblorosa.
—¿Puedo ayudarla en algo, señorita? —preguntó, aguardando su respuesta.
Ella se volvió con suavidad, y Roderick contuvo el aliento de forma involuntaria. La belleza de la joven era evidente, pero no fue eso lo que lo turbó: era la inquietante familiaridad de aquel rostro lo que lo detuvo en seco, como si lo hubiera contemplado antes en otro tiempo o en otro lugar.
—¿Nos... conocemos? —murmuró, incapaz de ocultar su desconcierto.
***
En las ondulantes colinas de la región de Baviera, donde el río Tauber serpenteaba como una cinta plateada, se alzaba la urbe medieval de Rothenburg ob der Tauber, como un tesoro preservado para la posteridad.
Las murallas centenarias abrazaban con firmeza la localidad, erguidas como centinelas mudos ante el paso de los siglos.
Sus imponentes torres de piedra se elevaban hacia el cielo como dedos señalando hacia el infinito, recordando a los intrépidos viajeros que se aventuraban dentro de sus muros que allí el pasado y el presente se entrelazaban en un baile fascinante y cautivador.
Al adentrarse por sus calles, Katja se vio atrapada por un magnético manto de historia y leyenda.
Las casas, con sus fachadas inclinadas y sus tejados de pizarra, parecían susurrar antiguos misterios al viento que soplaba entre sus anchas vigas.
Las ventanas adornadas con enredaderas florecidas y los balcones engalanados con macetas rebosantes de geranios daban vida a cada esquina, como si la ciudad misma fuera un jardín sacado de un paisaje digno de un romance de Goethe.
Cruzó el Marktplatz a pie, dejando a su izquierda la iglesia gótica de San Jacobo, en busca del estudio de Roderick Weber.
Dos días atrás había partido de Dachau al no dar con ninguna pista sobre el paradero del caballero, y después de probar suerte preguntando entre el personal del hotel en el que se hospedaba, uno de los camareros del restaurante le indicó la dirección del pintor, que era un miembro bastante conocido en la pequeña población de tres mil habitantes.
Al llegar al edificio, ascendió por unos estrechos escalones hacia lo que semejaba un espacioso apartamento. Iba a usar la aldaba para llamar a la puerta, cuando un hombre joven, de cabellos rubios, ojos marrones y muy bien parecido se dirigió a ella con una educación ejemplar.
—Buenos días —saludó él, subiendo la escalera—. ¿Viene a recoger algún pedido?
Katja se dio la vuelta. Al mirarlo a los ojos, notó en los de él un destello de aprobación.
No era que se tuviera en alta estima a sí misma en cuanto a su aspecto físico, pero era consciente de que el tono claro y singular de sus iris grandes y expresivos gustaba bastante a los integrantes del gremio masculino.
—Buenos días —cumplimentó, solícita—. Vengo a ver al señor Roderick Weber. ¿Es aquí su taller?
—Y su casa —completó el hombre—. Y yo, su socio. Ernst Kissinger, para servirla.
Katja estrechó su mano y le sonrió.
—Katja Bramwell. ¿Podría... hablar con él?