Capítulo 3 #5
Detrás de ella, la figura de su madre quedó sola en el patio, su silueta recortada contra el paisaje industrial y efervescente que las rodeaba.
Sus gestos eran de impotencia y pesar, y su voz debilitada se perdió en el vacío cuando intentó detener a su hija y rogarle que la escuchara.
Pero la joven había tomado una decisión, y nada la detendría en su búsqueda de reivindicación y consuelo para la memoria de Katja Rose.
Abandonó la fábrica con aplomo, sin volver la vista atrás.
Al franquear la verja principal, divisó el automóvil de Annette Müller esperándola al otro lado de la calle.
Su amiga asomó la cabeza por la ventanilla apenas la vio acercarse, agitando la mano.
Subió sin decir palabra y se dejó caer en el asiento, notando cómo el nudo en su garganta seguía apretando, mientras el vehículo se ponía en marcha.
Ya sentadas en dos confortables sillones orejeros, Katja y Annette compartían un tentempié de galletas y té de limón en la salita de la villa de los Müller.
El vapor se elevaba en espesas espirales aromáticas mientras la invitada, con una expresión de disgusto en sus facciones, relataba la acalorada discusión que había protagonizado con su madre.
—¡Estoy... atónita! ¡Ni siquiera se molestó en negarlo o...!
—Disimular.
—¡En absoluto!
—Ahora entiendo por qué Katja Rose compró Sunny Hütte, se recluyó allí y expulsó a tus padres de su círculo —concluyó Annette—. ¿Le preguntaste sobre ese «as bajo la manga» del que te habló? ¿Qué significa eso?
—Estaba tan perturbada que no lo mencioné —explicó su compañera—. Pero pienso desenterrar esa vergonzosa controversia que sobrevoló las cabezas de los miembros de mi clan por décadas.
—Arderá Troya, Kat.
—No me importa.
Annette escuchaba atentamente, su rostro proyectaba una combinación de sorpresa y preocupación por la situación de su amiga. Cuando esta terminó de desahogarse, tomó aire antes de preguntar:
—¿Qué vas a hacer con las cartas de tu tía?
Katja bajó la mirada y se concentró en el líquido dulce y amarillento de su vaso. Luego elevó el mentón con firmeza y dijo:
—Dárselas en mano a Roderick Weber.
—¿Qué?
—Ya me has oído.
—¡Señor del cielo!
—Sé que piensas que estoy loca, y...
Annette saltó de la poltrona, haciendo que su interlocutora diera un respingo.
—¡No! Creo que es una idea brillante. ¡Y muy romántica! Katja Rose debe de estar sonriendo desde el cielo ahora mismo.
Los ojos de Katja se anegaron, y una gruesa lágrima resbaló por uno de sus pómulos.
—Perdóname, no quería entristecerte...
—No lo has hecho. Me he emocionado, eso es todo —replicó la aludida—. Amaba a mi tía como a una segunda madre. Y a ambas nos une este hilo invisible tejido con la crueldad de las personas que debían querernos y proteger nuestros intereses. Es lo mínimo que puedo hacer para compensarla.
—¿Y cómo localizarás a ese hombre? Sabemos cómo se apellida y a qué se dedica, pero sería como buscar una aguja en un pajar por toda Alemania.
Katja se mostró de acuerdo con sus conclusiones.
No obstante, las letras de su tía establecían ciertas pistas sobre el posible paradero del señor Weber, y no iban a ciegas del todo.
Él era natural de Dachau, una aldea a veinte kilómetros de Múnich que, a principios del siglo anterior, comenzó a atraer a pintores de paisajes de renombre, como Carl Spitzweg o Wilhelm von Diez.
Dachau era conocida como una colonia de artistas de distintas ramas, y por casualidad, su propio tío abuelo Jürgen, el hermano mayor de Hans, la había visitado en su mocedad, cuando era estudiante en la universidad.
—Podría comenzar por Dachau, la villa en la que nació —propuso, meditabunda—. O Rothenburg ob der Tauber, el emplazamiento al que iba a mudarse tras desposarse con Katja Rose.
—¿Irás personalmente?
—Imposible. Tengo que cuidar de mi hija, y las entrevistas para conseguir una institutriz... primero contrataré a un detective. Luego, le pediré al señor Weber que venga a Vilbruck, y nos citaremos...
—Dudo que Roderick quiera aproximarse a menos de cien millas de este sitio o del mismo Bremen —señaló la anfitriona—. Y espero que hayas pensado en cómo vas a decirle que tu tía...
—No me lo recuerdes —se lamentó la señora Bramwell—. Cada vez que trato de preparar un discurso decente, me embarga una agonía que no me deja respirar.
—No te preocupes por Rosalind; tiene a sus abuelos. Y me tiene a mí, por supuesto —declaró la señorita Müller, mordiendo una galleta de crema—. No te demorarás tanto en esos dos villorrios como para que la niña te eche de menos.
—Pero... mis responsabilidades...
—No la estás abandonando. Deja de sentir esa culpa diabólica siempre que quieres hacer algo que no esté relacionado con tu pequeña.
Sé que todavía no comprendo la profundidad de los sentimientos de una madre, puesto que yo aún no tengo hijos, pero a veces parece que olvidas que eres una mujer y tienes tus propios sueños.
Ella estará bien. Y puedes posponer la búsqueda de una educadora un mes o dos.
Rosie no se va a perder gran cosa, y tú tendrás una grandiosa historia que contarle cuando regreses.
Vete. Por favor. Hazlo por ti. Y por Katja Rose.
Katja se terminó su té y se limpió los labios con una servilleta, rumiando las palabras de Annette.
Temía lo que podría hallar en su viaje, tanto en términos de la reacción del destinatario de las cartas como de lo que descubriera acerca de su propia familia.
Pero la persistencia de su confidente le indicaba claramente que sería una necedad ignorar esa oportunidad de encontrar algo de paz y cierre para ese episodio de su vida.
Debía engullir su aprensión y enfrentarse a Roderick Weber cara a cara. Honrar la memoria de la hermana de su padre ahora era una prioridad.