Capítulo 3 #4
Sus ojos recorrieron la primera hoja, datada en 1875, apenas unos meses después del último mensaje del pintor.
Las demás correspondencias estaban fechadas en distintos años posteriores, como fragmentos dispersos de una memoria que se negaba a quedar sepultada.
El reloj de pared de su habitación marcaba las once y media de la noche, pero la joven rehusaba entregarse al sueño.
Por más que lo deseara, su mente estaba demasiado agitada, y le era imposible encontrar reposo.
Los veranos en la Baja Sajonia eran suaves, pero al anochecer el aire adquiría una frescura que recordaba la brisa otoñal de las costas británicas.
Cubriéndose con un chal de algodón, Katja se dirigió hacia la cocina a prepararse algo caliente.
Necesitaba la vigilia como aliada para atravesar la noche que se avecinaba, larga y llena de interrogantes.
Sabía que tendría que usar cada fragmento de voluntad si quería mantenerse despierta, pues la maraña de secretos y conspiraciones que había empezado a desentrañar era solo el inicio de un camino incierto y difícil.
En la soledad del hogar, y rodeada del aroma amargo del café, se preparó para enfrentar las horas más oscuras, dispuesta a no rendirse hasta exhumar la verdad que su corazón reclamaba.
***
Erigido en la periferia de Bremen , Sohlenkunst, el negocio propiedad de tres generaciones de Bauers, dominaba el paisaje industrial con su presencia majestuosa.
Al detenerse el carruaje, Katja cruzó las rejas de hierro y se adentró en el corazón de la fábrica, avanzando por un laberinto de pasillos amplios y bulliciosos, donde el zumbido constante de las máquinas de coser y el chirrido de las suelas que se prensaban llenaban el aire.
La luz se filtraba vibrante a través de las ventanas altas, creando un juego de sombras y reflejos en los interminables estantes de herramientas y materiales de producción.
A medida que iba recorriendo los corredores, pudo observar la meticulosa labor de los artesanos que trabajaban en sus estaciones, cortando, cosiendo y ensamblando cada pieza con destreza y precisión.
El olor a cuero recién seccionado invadió su olfato, mezclado con el inconfundible aroma a cera y aceite de las máquinas.
En las salas de montaje, las mesas estaban cubiertas de filas ordenadas de zapatos a medio terminar, esperando ser adornados con detalles finales y lustrados con esmero.
Los trabajadores, concentrados en su labor, movían sus manos con rapidez y habilidad, dando vida a cada par de calzados con un cuidado artesanal.
Vio que un niño de unos doce años cargaba con unas diez cajas para guardarlas en el almacén desde donde se despacharían los pedidos, mientras un cuarteto de mujeres discutía sobre el acabado de uno de los modelos.
—Nunca dejan de parlotear como cotorras, y luego se preguntan cómo es posible que las confecciones se retrasen —dijo Ingrid, situándose junto a ella—. ¿Qué haces aquí, querida?
Katja se giró hacia su madre. Su gesto áspero y poco amable la sobresaltó.
—Fui a tu casa y me dijeron que estabas en la fábrica —contestó escuetamente—. ¿Vienes cada día? Pensé que eran solo padre y sus subalternos quienes tomaban las decisiones en el gobierno de nuestra empresa.
—Vine a traerle el almuerzo, que con las prisas se le olvidó —explicó la señora Bauer—. Te noto atribulada, hija. ¿Estás teniendo problemas con las reformas de Sunny Hütte? Si quieres, August puede hablar con un conocido y...
El chirrido de un enorme artefacto con el que los obreros limaban las suelas cortó la conversación. Un hombre lanzó un grito a su compañero seguido de un juramento, e Ingrid propuso:
—Vamos a sus oficinas. Allí apenas se oye el ruido de...
—No he venido a visitaros. Solo a que me digas qué sabes acerca de Roderick Weller.
Ingrid palideció de pronto. Katja creyó que intentaría eludir la pregunta con alguna excusa absurda, o una de sus famosas migrañas, pero no fue el caso. La tomó por el codo y la guio al exterior, al área de descanso de los trabajadores, y, asegurándose de que nadie las interrumpiría, susurró:
—¿Dónde has oído ese nombre?
—Entonces lo conoces.
—¿Quién te contó...?
Katja abrió su bolsito de tela y sacó una hoja doblada. A continuación recitó:
—«Te imploro, mi dulce Katja Rose, que no pierdas la paciencia ni la fe. Eres como un faro luminoso que guía cada uno de mis pasos. No descansaré hasta que la justicia se imponga y podamos, al fin, ser libres del odio y la ambición de Hans Bauer».
—Basta. No es necesario que sigas. Veo que mi cuñada logró conservar algunas de sus cartas.
—¿A qué justicia se refiere? ¿Quién era ese hombre, madre?
Ingrid inició una caminata en dirección opuesta a la entrada trasera, y la chica la siguió. Se sentó en un banco próximo a una fuente y confesó:
—August me avisó de que esto sucedería. Y no puedo decir que no me alegre. Su apellido no era Weller, sino Weber. Y fue el motivo por el que tu tía nunca se casó.
Katja se acomodó a su lado, muda como una tumba. Ingrid parecía presta a colaborar, así que la dejaría desahogarse sin interrumpirla.
—Yo ya estaba casada con tu padre cuando todo ocurrió, aunque tú aún no habías nacido —relató la mujer—.
Acababa de entrar a formar parte de la familia.
Hans, tu abuelo, apoyó mi compromiso con August desde el comienzo, y me recibió con los brazos abiertos.
Sentía que estaba en deuda con él. Y por eso...
por eso me puse de su parte cuando el escándalo estalló.
—¿Qué escándalo?
—Roderick fue contratado para realizar un retrato de Katja Rose, y se enamoraron.
Pero lo que hizo que August y Hans se opusieran rotundamente a su relación fue lo que ambos averiguaron al indagar sobre aquel atractivo y enigmático artista.
Sus verdaderas razones para presentarse a la oferta de empleo.
Ocultaba un as bajo la manga que podría habernos destruido.
Siempre he sentido remordimientos por lo que le hicimos a tu tía; sin embargo, carecíamos de más opciones.
Katja escrutó enfadada su expresión pesarosa.
¿Se estaba... justificando? Pensó en la desdicha de su propio matrimonio, una unión que los Bauer habían consentido activamente.
Weber había sido el amor de la vida de Katja Rose, y lo había perdido gracias a su intervención.
A ella le sucedió al contrario: se le había negado la oportunidad incluso de hallarlo.
Sintió cómo la bilis ascendía por su garganta y se alojaba en su lengua, preparada para ser lanzada por esta como el tósigo de una cobra.
—Tu cuñada le escribió cartas cada año desde su separación. Imprimió sobre el papel todo el sufrimiento que le causasteis —gruñó, furiosa—. Fueron veinte esquelas, madre. Veinte ocasiones en las que se sentó frente a su escritorio para gritar al viento su dolor. No sé cómo podéis vivir con eso.
Ingrid se llevó una mano al talle encorsetado, como si de repente le costara respirar.
—Era apenas una cría. Creí... creí que lo iba a superar —sollozó—. Que conocería más tarde a un caballero que le daría el hogar y los hijos que tanto deseaba. Tu nombre... lo escogimos como un homenaje a ella.
—Para intentar calmar vuestra conciencia, querrás decir.
—¡Katja!
La dama se levantó del banco como si el asiento quemara. Los bajos de su falda gris ondearon al viento igual que la bandera de un barco de guerra.
—Iban a fugarse y a vivir en Rothenburg ob der Tauber —informó, mirando a la señora Bauer—.
El pueblo en el que Roderick planeaba adquirir una casa, asentarse y ejercer su profesión.
¿Sabes cómo lo descubrí, madre? Porque era lo que Katja Rose seguía deseando décadas más tarde.
En sus últimas letras, que redactó unos días antes de morir, se despedía de él porque presentía que no le quedaba mucho tiempo, y describía al detalle la decoración de ese nido compartido que nunca llegó a materializarse.
—Por favor, no sigas.
—Arrancasteis a Weber de sus brazos, y a mí me lanzasteis a los de un demonio —continuó Katja, ignorándola—.
Porque Thomas me dio más bofetones que besos en el rostro.
Y después de tener a Rosalind, perdí un bebé como resultado de una golpiza propinada por mi adorado esposo.
Por no hablar de las veces que me vejó y estupró hasta cansarse.
Ingrid abrió los ojos como platos y lanzó una exclamación de angustia, y Katja se percató de que había hablado demasiado.
—Me he pasado toda la noche sin dormir, desnudando el alma de mi tía a través de sus íntimas confesiones —gimió, al borde del llanto—.
Escribía a Roderick como una especie de catarsis, aún sabiendo que nunca podría enviar esas misivas, porque él había desaparecido sin dejar rastro. Vosotros hicisteis que desapareciera.
—Dios mío, hija...
Ingrid rompió a llorar, y Katja desvió la mirada hacia un corro de obreros a lo lejos, que depositaban un pedido de calzado en un carro con destino a una tienda del centro de Bremen.
—Si nos hubieras alertado del trato que Thomas te daba, nosotros...
—No habríais hecho absolutamente nada —la cortó la chica—.
Tanto mi persona como todas mis posesiones eran propiedad de mi marido.
Me vendisteis a un carnicero, y ahora sé que no fui la única en padecer las consecuencias de vuestras pésimas resoluciones.
Que Dios os perdone, porque yo no sé si podré.
Con las mejillas enrojecidas por la agitación y el enojo, Katja procedió a alejarse de la matriarca sin ni siquiera decir adiós.
El taconeo de sus pasos repercutiendo en los adoquines se mezclaba con el rumor del viento, creando una tétrica sinfonía discordante que reflejaba el torbellino de emociones que sacudía su interior.
Cada paso que daba era una muestra de independencia, una afirmación de su derecho a conocer la verdad y a desafiar las injusticias del pasado.