El lienzo de tus sueños Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

A ojos de Berlín, la codicia territorial de Francisco José comenzaba a ser motivo de inquietud.

Los viejos dominios de Bohemia, Moravia y Hungría no bastaban; ahora sus ambiciones se proyectaban hacia los Balcanes, región que despertaba recelos en Viena y alarma en las cancillerías de París y San Petersburgo.

La sombra de un conflicto a gran escala se alargaba sobre Europa como un presagio de hierro y fuego.

Katja exhaló, mostrando su desaliento; las guerras de los hombres rara vez traían algo bueno para quienes, como ella, solo aspiraban a mantener su hogar en calma.

Pasando las páginas con dedos enguantados para no mancharse, halló por fin la sección de anuncios domésticos.

Su aviso solicitando institutriz para Rosalind aparecía tal como lo había indicado al redactor: conciso, correcto, sin espacio para malas interpretaciones.

La futura preceptora de su hija debía poseer sólidos conocimientos de lectura, escritura y aritmética, pero también familiaridad con las normas de urbanidad, etiqueta y modales propios de una señorita de buena cuna.

No era suficiente con saber declinar versos latinos o bordar pañuelos; la imagen que proyectara la pequeña debía ser impecable, inatacable, ajena a cualquier reproche.

Porque en público, cada palabra, cada gesto contaban.

A puerta cerrada, Katja toleraba ciertas libertades, incluso pequeñas travesuras infantiles que le recordaban su propia niñez.

Pero en salones y bailes, bajo la mirada severa de esposas y viudas influyentes, no había margen para la desobediencia o la desmesura.

Una mala impresión en la edad temprana podía sellar el destino de una dama para siempre, relegándola al rincón sombrío de las olvidadas, allí donde la buena sociedad apartaba la vista.

Por unos segundos, sus pensamientos vagaron hacia el rostro de Rosie, alegre y curioso como un pájaro en primavera, aún ignorante de las rígidas cadenas invisibles que la vida le impondría más pronto que tarde.

Cerró el periódico con un chasquido, dispuesta a entrevistarse con las candidatas en cuanto la primera llamara a su puerta.

—¿Desea más leche, señora?

Katja alzó la vista hacia Mielke, la joven criada que había contratado en Sunny Hütte hacía unos días. Apenas contaba quince años y carecía de experiencia previa, pero Annette la había recomendado con insistencia, asegurando que era cumplida y responsable.

—Sí, por favor, solo un poco más. Mi esposo solía tomarlo con un chorrito y sin azúcar. Yo, en cambio, nunca logré acostumbrarme a beberlo así. Me parece demasiado...

—¿Insípido? —aventuró la muchacha. Katja rio.

—Pensaba en extraño, pero ese calificativo también encaja perfectamente.

—Disculpe, señora, es que la comida inglesa... no quiero ofender... he probado algunos platos y para mí son lo más soso del mundo. Siempre le echan mostaza o esa salsa marrón llamada gravy , pero de sal, poco o nada.

—¿Has estado allí?

—No. El marido de mi prima es inglés.

El sonido de la lluvia de verano tamborileaba sobre los cristales de la galería. Katja apretó la taza entre las manos y sintió un leve tirón en la muñeca derecha. Aquel pequeño peso aún despertaba molestias, a pesar de que habían transcurrido tres años desde la agresión.

Cerró los párpados y la imagen de Thomas, ebrio y furioso, se presentó nítida ante su persona.

Los gritos estruendosos de Bramwell porque había osado salir sin permiso.

El ardor en el cuero cabelludo cuando la tomó por el recogido y la arrastró escaleras arriba, hacia su habitación.

El ruido sordo de las bofetadas, la tela rasgada de su vestido, el empujón que la lanzó contra el lecho.

El terror que la paralizó mientras esa bestia, incapaz de entregar amor o respeto, la violentaba sin piedad.

Y luego, las náuseas que la invadieron al pensar que aquel tormento podía traer consigo otro embarazo indeseado.

Aquel recuerdo era un lastre intangible, una cadena que aún le oprimía el alma. Pero debía mantenerse fuerte. Rosalind dependía de ella, y no podía permitirse el lujo de quebrarse.

—¿Se encuentra bien? —preguntó Mielke con genuina preocupación. La chica esbozó una sonrisa endeble.

—Sí, solo son recuerdos que regresan cuando menos los espero. Pero ya no me vencerán.

La doncella asintió, comprendiendo, mientras Katja volvía a concentrarse en la tranquila escena que la rodeaba. Afuera, la tormenta amainaba, dejando un aire limpio con olor a hierbabuena y tierra mojada.

—¡Oh!

La exclamación de Mielke la hizo sobresaltarse, y entonces Katja advirtió que parte del té se había vertido sobre su vestido. Tomó una servilleta para intentar secar la mancha.

—Disculpa —murmuró avergonzada—. Me he dejado llevar por mis pensamientos.

—Es que no ha parado de moverse desde que llegó a Sunny Hütte —comentó la sirvienta con una sonrisa cómplice—. Limpia, ordena, revisa... Me agota con solo verla, y créame que yo también trabajo duro para ganarme el sustento. Debería tomarse un respiro y dejar que los criados hagamos el resto.

—Me temo que si sigo tan distraída, acabaré dándote más dolores de cabeza de los que puedas imaginar.

—La lavandera se va a hartar de quejarse, seguro.

La señora Bramwell asintió, resignada.

—Voy a mi cuarto a cambiarme; no puedo recibir a mi madre en este estado. ¿Sabes dónde está mi hija?

—En su dormitorio, entretenida con su caballo de madera.

Katja dejó la taza sobre la mesa y se levantó, tomando la mano de la chica.

—Gracias, Mielke. Al principio dudé en contratarte por tu juventud, pero cada día que pasa veo que fue la mejor decisión.

La aludida estrechó su mano con ternura y le dedicó una mirada abierta y sincera.

—Me gusta trabajar en Sunny Hütte —confesó—.

Mi madre siempre me advertía que controlara mi lengua y que no dijera lo que realmente pienso porque soy una charlatana nata.

Pero usted me escucha, me trata con respeto, igual que la señorita Müller.

Eso no se encuentra en todas partes. Es una buena patrona.

—Y tú, un verdadero regalo —respondió la dama—. Mejor me voy, antes de que sea mi madre quien me atrape nada más cruzar la puerta, con una retahíla de reprimendas listas para lanzarme.

Katja salió de la salita con el periódico en mano, haciendo una breve parada en la biblioteca para dejar allí la copia del Bremer Nachrichten .

Al arribar a la estancia contigua, se detuvo frente a la majestuosa puerta de caoba adornada con delicados relieves.

Giró el pomo de bronce, frío al tacto, y empujó el pesado tablero.

Una bocanada de aire fresco la envolvió, trayendo consigo la fragancia embriagadora que se colaba por la ventana abierta hacia el jardín.

Las estanterías, fabricadas en nogal pulido, albergaban cientos de volúmenes, tanto de ensayos como de ficción, y guías de viajes. Al fondo, destacaba una mesa de diseño clásico y robusto, cubierta por un mantel de puntilla.

—Tú serás mi próximo desafío en esta cruzada contra el caos —masculló—. Cuando acabe contigo, brillarás más que la joya más preciada del káiser.

Se acercó al buró, deslizando sus dedos sobre la superficie del mueble, notando la textura áspera del mantel bajo sus yemas.

Entonces, un destello metálico llamó su atención: la manija de un cajón, casi oculta entre el desorden de documentos.

Contuvo la respiración y tiró de ella. La gaveta se resistió, atascada por el desgaste del tiempo y el polvo acumulado.

Persistió, aplicando más fuerza, hasta que las bisagras emitieron un gemido lastimero y el cajón se abrió, revelando su contenido. En el fondo descansaba una llave antigua, con un diseño enrevesado grabado en su extremo.

—¿Qué haces aquí, oculta en la penumbra? —preguntó Katja, tomando la llave—. ¿A qué cerradura perteneces? Quizá sirvas para el candado de la caja del desván. Sería un golpe de suerte encontrar eso, pero no pierdo nada intentando.

Alzó el pequeño objeto con reverencia, sintiendo su peso sólido en la palma de su mano, mientras su mente vagaba entre los posibles escenarios, imaginando los secretos que podría desvelar esa pieza.

El canturreo de Mielke mientras se ocupaba de sus tareas abajo le recordó que el tiempo apremiaba; Ingrid llegaría en cualquier momento.

Tras una larga reflexión, Katja había decidido abandonar el negro riguroso que vestía desde la muerte de su esposo, optando por tonos más suaves, menos sombríos.

Temía el juicio de la sociedad, acostumbrada a que una viuda mostrara su dolor con una tristeza palpable, pero estaba lejos de Inglaterra, y los vecinos de Vilbruck manifestaban una mayor condescendencia.

Además, Thomas Jeremiah Bramwell no merecía lágrimas ni duelos ostentosos.

Con un latido acelerado, guardó la llave en el bolsillo de su vestido, sintiendo que aquel pequeño objeto podía ser la clave de un enigma que había esperado años para ser descubierto.

Cuando su madre regresara a su casa, se apresuraría a encerrarse en la buhardilla y, sin demora, comenzaría la exploración que su intuición le dictaba.

Sabía que más allá de los misterios de aquella llave, debía enfrentarse a su propio pasado, a las tinieblas que todavía se aferraban a su existencia. El camino sería arduo, pero Katja estaba lista para desenterrar las verdades escondidas, una a una, hasta que ninguna quedara en la oscuridad.

***

En efecto, aquella noche la suerte, con la que siempre había pensado no contar, se presentó inesperadamente a su favor.

Después de arropar a Rosie en su cama y apagar las lámparas de gas, se llevó a su alcoba la cajita del desván, decidida a probar la llave encontrada entre los papeles olvidados.

Con un leve temblor en las manos, insertó el objeto en el candado que aseguraba la arqueta, y para su gratificación, el mecanismo cedió con un clic que indicaba que la cerradura se había destrabado.

La tapa se abrió, exponiendo su contenido.