Capítulo 3
E n el estudio de August Bauer se respiraba una solemnidad serena, realzada por la presencia de muebles de maderas nobles, laboriosamente bruñidos hasta adquirir un lustre impecable.
Dominando las dependencias, había un escritorio de roble macizo —pieza central y testigo de tantas horas de trabajo— cubierto de papeles, carpetas y libros de contabilidad, al lado de una pluma estilográfica y un tintero de plata finamente cincelada, recuerdo de uno de los viajes de negocios del director de Sohlenkunst a tierras helvéticas.
La elegancia del mobiliario se veía realzada por una alfombra turca de primoroso diseño, mientras que gruesas cortinas de brocado, caídas con pesada suntuosidad a ambos lados de los ventanales, velaban la luz del día y conferían al ambiente un aire de intimidad y opulencia.
En las paredes, retratos de ilustres antepasados compartían espacio con bucólicas escenas campestres, todos enmarcados con molduras de estuco que hablaban silenciosamente de la respetable estirpe y el legado familiar de los Bauer.
Ingrid, desde su asiento tapizado en terciopelo, no perdía detalle de la expresión sombría de su esposo.
Observaba, con creciente ansiedad, sus ademanes nerviosos y su mirada ensimismada.
Desde que Katja se había mudado, August no era el mismo: se mostraba distraído, dejaba pasar los días sin poner un pie en la fábrica como solía hacerlo con rigurosa puntualidad, e incluso había descuidado sus hábitos a la mesa, saltándose comidas con una desconcertante frecuencia.
Alzándose del mullido sillón, se acercó a él junto al mueble-bar, aceptando la copa de oporto que su marido le extendía, como si ese sencillo gesto pudiese devolver algo de la normalidad perdida.
Sobre la mesa, entre informes y memorandos de la empresa, asomaba un periódico cuyas páginas August había hojeado antes de sumirse en sus pensamientos.
En él se daba noticia de unos artículos recientes firmados por un joven físico llamado Albert Einstein, publicados en la revista Annalen der Physik .
Las teorías de aquel desconocido desafiaban los principios establecidos, proponiendo ideas osadas sobre la naturaleza de la luz, el movimiento de las partículas y la relación entre la masa y la energía.
Aunque sus formulaciones matemáticas resultaban incomprensibles para el profano, el tono de la reseña insinuaba que aquel nombre, hasta entonces relegado a los círculos académicos, podía abrir un capítulo insospechado en la ciencia moderna alemana.
August había leído con asombro la mención a la revolucionaria hipótesis y la inquietante posibilidad de que el tiempo y el espacio no fuesen absolutos, sino relativos al observador —una noción que, aunque ajena a los asuntos prácticos de la industria, había logrado turbar momentáneamente su espíritu reflexivo—.
—Te noto agitado, August —señaló Ingrid, llevándose la copa de oporto a los labios y saboreando el dulzor del vino—.
Sabes bien que siempre he apoyado tus decisiones, incluso las más arriesgadas, pero en esta ocasión...
no deseo seguir enfrentándome a tu hermana.
Mucho menos ahora que reposa en su tumba.
—No puedo evitarlo —repuso él, apretando los puños con fuerza—. No dejo de pensar en lo que implicará esta mudanza para nosotros. ¿De verdad crees que es sensato que Katja se instale en Sunny Hütte? Después de todo lo que sucedió allí...
—Después de todo lo que nosotros provocamos, querrás decir.
August calló, dolido por la acusación.
—¿Y qué esperabas que hiciera, Ingrid? ¿Qué otra opción crees que tenía? No podemos borrar lo que ocurrió, pero al menos intento preservar lo poco que nos queda.
—¿Preservarlo? ¿De quién, exactamente?
—¡De Roderick Weber! —exclamó con aspereza—. ¿O acaso ya has olvidado lo que representa ese hombre?
—No, cielo. Lo recuerdo perfectamente —confirmó ella, con una sonrisa amarga—. Fuiste tú quien prohibió que se mencionara su nombre bajo este techo, y sin embargo eres el primero en quebrantar tu propia orden.
El señor Bauer soltó un hondo suspiro, derrotado, mientras aflojaba la corbata que oprimía su garganta. No era la prenda la que le asfixiaba, sino el peso invisible de las culpas largamente guardadas.
—No puedo permitir que nuestra hija se inmiscuya en cuestiones que no le incumben.
—Te equivocas, August. Este sí es un asunto que la afecta —lo corrigió Ingrid, alzando levemente la voz—.
Tú y Hans tramasteis una red de engaños para destruir a Weber, y con ello destrozasteis la vida de Katja Rose.
Yo callé, por lealtad a ti y por respeto a tu padre, pero ella jamás nos perdonó.
Si nuestra hija descubre la verdad de vuestra vileza, el odio de tu hermana crecerá en su alma como una raíz ponzoñosa.
Y esa carga no estoy dispuesta a heredarla.
—Sohlenkunst es lo que nos ha dado sustento toda la vida —se defendió él.
—El negocio familiar habría bastado para darnos pan, techo y tranquilidad —lo cortó Ingrid con dureza—, pero vuestra ambición pesó más que la razón, más que la prudencia. Y ahora pagaremos las consecuencias.
August descargó su puño sobre el mueble-bar con un golpe sordo que hizo vibrar las botellas de licor.
La furia que lo devoraba por dentro encontró así un desahogo breve, pero la herida en su conciencia siguió abierta, desgarrada por las palabras de su esposa, tan punzantes como mil cuchillas afiladas.
El silencio descendió sobre él, impregnándolo todo de temor y presentimientos oscuros.
Los dos permanecieron inmóviles, atrapados en sus pensamientos, mientras la sombra de viejos reproches se alzaba tan real y amenazante como una tormenta que se preparaba para desatarse en un océano embravecido, presta a aniquilar cuanto habían edificado con tanto esfuerzo.
—Era mi deber —musitó él al fin, en tono quebrado—. Proteger los intereses de los míos.
—¿Y a qué precio? —respondió Ingrid, con tristeza—.
A costa de traicionar a los demás. Lo sabes tan bien como yo: tarde o temprano la verdad saldrá a la superficie.
Y cuando lo haga... será inútil lamentarse.
El daño ya estará hecho, y ni Sohlenkunst, ni el nombre de los Bauer ni siquiera nuestra hija quedarán a salvo de las consecuencias.
Le dirigió una mirada grave, cargada de advertencia, y August sintió un escalofrío. Por primera vez en años, vislumbró el alcance abismal de todo cuanto podrían perder.
Los dedos del patriarca se cerraron con tal ímpetu en torno a la copa de oporto que por un instante temió astillarla.
Sus nudillos, blancos por la tensión, contrastaban con el rojo oscuro del líquido que se columpiaba en el recipiente de cristal.
Sus ojos, encendidos de ira apenas contenida, brillaban bajo el resplandor mortecino de la lámpara, mientras la atmósfera se empapaba del sabor ácido de las últimas palabras de Ingrid.
Ella se retiró sin despedirse, dejando tras de sí una estela de recriminaciones y desasosiego, y ahora él se quedaba solo, rodeado por la diabólica persistencia de un peligro latente que se negaba a desaparecer.
Con un suspiro que le vació el pecho, el hombre se desplomó en su sillón de respaldo alto, cayendo pesadamente como un faisán abatido en la linde del bosque, víctima de un disparo certero.
Su mirada se perdió en un punto indefinido del muro, más allá de los límites de la fábrica.
En su mente, como un vendaval de hojas secas, se agolpaban imágenes de escenas pasadas: la expresión helada de Katja Rose la última vez que la vio, la amenaza velada de Weber, la conspiración tejida años atrás en los pasillos de Sohlenkunst... todo volvía a él con total nitidez.
Y de entre esa maraña de memorias emergió la figura de Roderick Weber, alzándose cual espectro obstinado, incapaz de desvanecerse pese al tiempo transcurrido.
August se llevó una mano temblorosa al rostro, frotándose la frente perlada, y sintió, como una losa invisible, la carga aplastante de la crueldad dirigida a su hermana y al infeliz de su amante.
La reprimenda de su esposa repercutió en su cerebro como un eco persistente en una cripta cerrada: «Tarde o temprano la verdad saldrá a la superficie». Y tenía razón. Tarde o temprano la verdad se abriría paso, igual que el agua que horadaba la roca. Implacable, hasta hacerla estallar.
—Debo hallar una salida —gimió, apretando la mandíbula—. Te vencí una vez, Weber..., en una lucha sin cuartel que nos costó más de lo que admitimos. No ganarás la guerra final. Todo ese esfuerzo... todos esos sacrificios... no pueden haber sido en vano.
Sin demorarse más, se incorporó y tomó la pluma de plata que descansaba junto al tintero suizo, sumergiéndola en la tinta negra. Debía escribir a Hoffmann sin dilación, trazar nuevas estrategias, preparar cada movimiento con la precisión de un ajedrecista veterano.
No podía permitirse flaquezas. Un solo paso en falso... y todo el tablero ardería con él.
***
Katja apuraba con deleite una taza de té Darjeeling mientras hojeaba el Bremer Nachrichten , el rotativo local que desde hacía medio siglo saciaba la sed de información de la burguesía de Bremen y sus comarcas.
Aquel ejemplar, impreso en caracteres negros sobre papel ligeramente amarillento, dedicaba su columna principal a los últimos roces diplomáticos entre Su Majestad Wilhelm II y su homólogo austrohúngaro, el emperador Francisco José I.
Los editorialistas no escatimaban palabras al analizar las recientes maniobras expansionistas de la Casa de Habsburgo y su posible repercusión en el frágil equilibrio continental.