El lienzo de tus sueños Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Ni bien había terminado de hablar, la niña salió disparada hacia la parcela de flores, su risa cristalina sobresaliendo por encima del barullo de los obreros, mientras la abuela Ingrid resoplaba con el rostro arrebolado por el esfuerzo de seguir su ritmo.

—¡Menudo huracán está hecha la señorita Bramwell! —dijo Annette entre carcajadas—. Igual que tú cuando tenías su edad.

—No exageres —protestó Katja, entre divertida e incrédula—. Yo no era tan inquieta.

—Claro que sí. De hecho, eras peor —añadió su amiga con picardía.

Katja soltó un resoplido fingido y le dio un suave manotazo en el hombro.

—Por favor... yo no llenaba de harina el costurero de la institutriz ni cazaba sapos para soltárselos en la bañera. Y ni hablar de la piña en la silla del comedor..., seguro que aún le duele el trasero por el pinchazo.

La risotada de la señorita Müller reverberó por toda la sala, franca y sonora.

—Te recuerdo que la idea de la piña fue tuya —replicó, sin perder la sonrisa.

—Embustera —bromeó Katja—. Fuiste tú.

—No vayas por ahí, que nos conocemos —insistió su compañera, arqueando una ceja.

Katja puso los ojos en blanco y dio media vuelta, encaminándose hacia unas cajas apiladas cerca de la pared.

—Anda, ayúdame con esto. Son cosas de mi tía... aún no sé qué utilidad les daré. De momento, las subiré a la buhardilla hasta nuevo aviso.

—Vamos allá —asintió Annette, acercándose para echarle una mano.

El desván de Sunny Hütte aguardaba en el último piso, casi como un guardián polvoriento al que nadie había osado perturbar en años.

Al abrir la pesada puerta de madera, que crujió con un lamento prolongado, una bocanada densa de aire viciado y polvo suspendido salió a su encuentro, haciéndoles arrugar la nariz y alzar instintivamente las mangas de sus vestidos para cubrirse el rostro.

El panorama se desplegó ante ellas como un océano inmóvil de objetos olvidados y saturado de cachivaches antiguos.

Las telarañas colgaban de las vigas como delicadas cortinas de encaje, bordadas con esmero durante décadas por huéspedes invisibles.

El suelo, cubierto de astillas y motas de serrín, protestaba bajo el peso de cada paso, emitiendo quejidos que vibraban en el silencio estancado.

Annette, deteniéndose con precaución, lanzó una mirada de desconfianza a las tablas resquebrajadas bajo sus botas.

—No deberíamos haber subido aquí sin protección —susurró, a medio camino entre la chanza y el miedo real—. Las alturas y las arañas... una combinación perfecta para provocarme un infarto. Si alguna vez decides deshacerte de mí, ya sabes dónde encerrarme.

—Prometo recordarlo —repuso Katja con una mueca torcida, mientras se agachaba para depositar las cajas en una esquina llena de trastos heterogéneos: muñecas de ojos vidriosos, trozos de encaje parduzcos, piezas de ajedrez perdidas y retazos de sábanas y manteles.

En medio de aquel caos atemporal, algo captó la atención de ambas: un rollo de pergamino atado con un lazo de seda añil, oculto entre volúmenes encuadernados y viejos atlas descoloridos. La anfitriona deshizo el nudo y desenrolló el documento.

—Abre la claraboya, necesito más claridad —pidió.

Annette obedeció, empujando el tragaluz.

Las bisagras oxidadas chirriaron con un sonido agudo, semejante al maullido de un gato asustado.

Un haz de luz descendió sobre el pergamino, revelando un mapa cuidadosamente trazado: veredas ocultas, claros, pequeños arroyos serpenteando entre los árboles del bosque junto al lago.

Katja no recordaba haber visto nunca semejante representación.

—Esto es asombroso... —murmuró, sin apartar los ojos de la ilustración.

—¿Katja Rose dibujaba? —preguntó Annette, intrigada.

—Tenía talento para muchas cosas, pero no para esto. Y esta letra... no la reconozco. Mira allá —indicó, señalando un mueble deslucido—. Esos felpudos... junto a la cómoda.

Las dos se acercaron con cautela y descubrieron una caja de madera fina, delicadamente labrada, con incrustaciones de nácar que brillaban bajo la débil iluminación de la claraboya.

Los intrincados motivos florales parecían moverse sutilmente con cada reflejo.

La cerradura, pequeña pero resistente, protegía obstinada su contenido. No había rastro de ninguna llave.

—Esto se pone interesante —declaró Annette, acariciando el relieve tallado—. ¿Qué ocultará? ¿Joyas? ¿Cartas de amor? ¿Un secreto de familia?

Katja ladeó la cabeza, fascinada, mientras mil posibilidades tomaban forma en su mente: amuletos misteriosos, reliquias ancestrales, viejas confesiones, quizá incluso documentos que nadie debía hallar jamás.

—Si algo lleva un candado en esta casa —reflexionó— es porque encierra algo demasiado valioso... o demasiado peligroso como para ser dejado a simple vista.

Una mezcla de expectación y recelo se apoderó de su ánimo.

—¿Y si la pista para abrirla está en el mapa? —aventuró Annette, emocionada—. Como una caza del tesoro... ¡Igual que en Las minas del rey Salomón !

Katja rio.

—Ojalá nuestras vidas fueran tan apasionantes como una novela de Haggard —contestó mientras inspeccionaba la cerradura—. Pero te doy mi palabra, Annie: no descansaré hasta encontrar la manera de abrir esta caja. Cueste lo que cueste.